Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXVII (1965)
- Issue
- 8 (Agosto, 1965)
- Date
- 1965-08-01
- Page
- Seite 6 (sequence 6)
- Language
- German
- Belongs to
- journal issue
- OCR quality
- 76% known words query
- IRI
…/8553624-8559342-9194662--4578-8559518- Visual Library
- page viewer of the UB Frankfurt
OCR text
6 BOLETIN INFORMATIVO AGOSTO 1965 LA CARTA MAGNA DE LA DIGNIDAD HUMANA Esos primeros versos de la “Torah” mosaica, de nuestra común Biblia, no pretenden ser una descripción científica del origen del cosmos. Por eso ella no teme ningún descubrimiento que la ciencia haga para explicarlo, antes bien alienta toda investigación que nos lleve a" conocer mejor la manera cómo el Se¬ ñor creó todas las cosas, las leyes misteriosas con que hizo presidir su desarrollo y la propagación de la vida,- será entonces más justificada la alabanza que sus páginas hacen de la sabiduría y comprenderemos mejor también, cómo ‘los cielos cantan la gloria de Dios y elfirmamento anuncia la obra de sus manos". A la religión en cambio, interesa establecer sólida y claramente estos principios fundamentales: Que ,todo fue creado de la nada, por las manos omnipotentes de “Elohim” nuestro Dios y ¡>eñor; que esta creación fue sabia y ordenada, sometida a leyes admirables, inherentes a la materia y a la vida y que on este mundo coronó su acción creadora, con una obra maestra, el hombre, compuesto de la materia, antes formada y animado no sólo por una vida vegetativa, ■ ni simplemente por una vida animal, sino por un alma, un espíritu inmortal e inteligente, chispa divina creada por una acción especialísima, después de la cual, el que no puede cansarse, descansó, esto es, dejó de crear, para enseñar al hombre, que a su vez, debía volverse por entero a su Dios, dirigir los afanes de todos sus días de trabajo al “Shabat” al descanso en Dios al estudio y contemplación de las cosas divinas, a la alabanza del Altísimo, a la única ciencia necesaria,- conocer y amar al Señor, servirlo y adorarlo. El relato bíblico logra admirablemente esta finalidad. Por eso realza la obra cumbre del Señor,- la dignidad de la criatura humana. Dios ha inspirado a la materia cu propio aliento, “néfesh”; un principio de vida superior que la anima “neshamá”, algo que imita la inteligencia y la espiritualidad de Dios, “rúaj”. La creación del hombre es fruto de un consejo divino; él será una imagen viva de Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y esta imagen es tanto más noble y esclarecida cuanto más alto y sublime es el modelo que reproduce, y no hay ningún otro libro humano que nos dé una idea más alta, una noción más pura de Dios, de su grandeza, de sus atributos, como la Santa Biblia. Para conocer los atributo* divinos, no necesitamos estudiar a los filósofos: nos basta rezar los Salmos de David. El pueblo de Israel fue, pues, privilegiado en este conocimiento de Dios y de las cosas divinas. Y la historia y la experiencia enseñan que cuanto más alta es la idea de un pueblo sobre la dignidad, grandeza y atributos de Dios, tanto más alta es la idea que tiene también de la dignidad y grandeza de la persona humana, la obra por excelencia de la bondad y sabiduría divinas. Dios creó a los ángeles, ministros suyos, y ejecutores de sus órdenes en el gobierno del mundo. Continuamente se habla de ellos en la Biblia, pertenecen a un misterioso reino supramundano, son espíritus puros, i superiores a nosotros,- pero en este mundo en que vivimos, es el hombre la criatura predilecta tle Dios. Los mismos ángeles cuidarán de él, según aquello del Salmo 91: “Encargará a sus ángeles tu guarda, para que te custodien en todos tus caminos”. Y aún, en atrevida frase, el salmista dirá: “Lo hicisto poco menos que un dios”, “de honor y majestad le coronaste; le diste el señorío, sobre todas las obras de tus manos”. ¿Por qué tanto honor y tanta gloria, para una criatura en sí débil? Por su alto destino: en su infinita condescendencia Dios quiso que el hombre no sólo fuera el rey de la creación, sino que fuera su hijo predilecto: “Yo lo dije, dioses sois e hijos todos del Altísimo”. Asi cantó Asaf de los jueces de su pueblo; y por boca de Moisés, Dios mandó decir al Faraón: “Israel es mi hijo, mi primogénito. Yo te mando que dejes a mi hijo en libertad de ir a servirme... —O— Diálogo entre Dios y el hombre. Con Adán, su hijo amado,- con los patriarcas: Abel, Seth, Enosh, Noé; con Abraham, fsaac, Jacob (Israel en persona), mantuvo el Señor un diálogo paternal, que renovó solemnemente con su pueblo por medio de Moisés al pie del Sinai, y a través de los siglos, continuó esa conversación por los profetas, portavoces de Dios ante sus hermanos. La importancia primordial de este ‘hecho debe ser subrayada. “Un filósofo judío contemporáneo, escribe Louis Bouyer, nos ayuda particularmente a comprenderlo. Es Martín Buber, cuyo pensamiento está alimentado por la tradición espiritual de los Hassidim”. Este gran teólogo y filósofo israelita “observa, efectivamente, que una persona no llega a ser realmente para nosotros una persona, sino en la palabra, en el diálogo. Alguien a quien no se ha hablado jamás, alguien sobre todo, que jamás os ha hablado, no os representará jamás en toda verdad una persona. Un “el”, de quien se habla, pero que no nos habla y a quien no hablamos; de hecho no es para nosotros alguien, sino solamente algo aunque nos esforcemos en pensar de otra manera, aunque sepamos, a b s t r actamente, que “él’ existe como nosotros personalmente. Tan sólo el “tú” a quien he hablado, es para mi alguien, y agregaríamos, es el “tú” que me ha hablado, quien llega a serlo efectivamente”. “Dios, el Dios de Israel, el Dios de la Biblia, el Dios de Jesucristo, es precisamente este Dios, el único, el que puede ser para nosotros no un “él”, que permanece en ei fondo impersonal, sino un “tú”, es decir, alguien simplemente. Y es este “tú” ante todo, porque él mismo se ha manifestado a nosotros, como el “yo” por excelencia: el que no ha esperado que nosotros nos anticipáramos para encontrarnos, sino que ha tomado la iniciativa del diálogo entre él y nosotros. De esta manera se ha impuesto a nosotros como la personalidad por excelencia, al mismo tiempo que ha despertado en nosotros la conciencia de una personalidad no simplemente embrionaria, sino de una personalidad verdamente consciente, verdaderamente dueña de sí misma. Y no somos tales y no podemos serlo, encerrándonos con egoísmo en nosotros mismos Por el contrario, no lo somos sino en este diálogo en que el “yo” divine nos eleva a la categoría de interlocutores como el “tú”, que sólo llegará a ser verdaderamente “yo”, a su vez, cuando tome conciencia de ese llamado para responderlo”. Hasta aquí Bouyer, calcando las bellas ideas del filósofo judío. El pueblo de la Alianza y de la Promesa conservó el tesoro precioso de la conversación de Dios con ios hombres de la primera edad, en sus libros sa.ntos, que son también un tesoro para nosotros' los cristianos. Las vicisitudes de la historia de Israel, sus instituciones, sus leyes, sus triunfos, sus' humillaciones, sus debilidades y sus expiaciones, sus héroes y sus heroínas, son otros tantos capítulos de la historia de la salvación humana, otros tantos momentos de la divina revelación y, en consecuencia, otras tantas afirmaciones de la grandeza de la vocación del hombre, de sus deberes ante su Padre del cielo y de sus derechos y responsabilidades ante sus hermanos. —O— Consecuencias del diálogo con Dios. Acabamos de enunciarlas en sus grandes líneas. Pero vayamos a algunas determinaciones concretas. Y, ante todo, debemos lijar nuestra atención en;1 Decálogo. Constituye el Decálogo la carta fundamental de los derechos y obligaciones de la persona humana. No hay compendio de moral comparable a estas diez breves sentencias dadas a Moisés en el Sinaí, por Dios mismo. Siete preceptos de esos' diez, constituyen Ib base del respeto al hombre en el mundo entero. Los doctores de Israel resumían el Decálogo en dos puntos: “Amarás a tu Dius Amarás a tú prójimo”. Allí se establecen los derechos básicos de Dios, creador y padre de los hombres y fuente de todo derecho, pues sólo de la afirmación del soberano derecho divino, pueden dimanar los derechos personales y sociales del hombre, miembro de la familia divina, hermano de los demás hijos del mismo Padre de los cielos. De allí el derecho de los Padres al respeto y obediencia de los hijos, ya que re-, presentan en la tierra la autoridad del único Padre soberano; de allí las obligaciones de éstos frente a los que engendraron, dándoles una vida que Dios les encargó de transmitir. De ahí el respeto a los demás hombres, verdaderos hermanos, cualquiera sea su color o raza y de todos los hombres entre sí, en sus inalienables derechos a la vida, a la libertad, a la integridad física y bien moral, a )a sinceridad del trato mutuo en sus relaciones externas y hasta en sus íntimos pensamientos y sentimientos. Este Decálogo que codifica y sintetiza la ley natural, io recibió, como ya recordáramos, Israel en lápidas' inmortales, que no pudieran ser olvidadas, por medio del hombre que bajó de la montaña, con cuernos de luz, se¬ ñal de su coloquio con °1 Al tísimo, que antes había grabado sus mandatos en el corazón vivo del hombre salido de sus manos'. He aquí la carta magna de los derechos de la persona humana, del respeto a la personalidad inviolable de ios hijos de Dios. Las instituciones del pueblo de Dios a través de toda la duración histórica del Antiguo Testamento, por lo mismo que se afirman en sus recomendaciones y enseñanzas, muestran con gran ventaja sobre muchos otros pueblos, una superior condición moral y humana: así en la era feliz que llamamos patriarcal, como en la de sus jueces y hasta en la de sus reyes. Y con razón, porque ¡cuán sabias y cuán -humanas, en medio de la dura condición de la humanidad y de los pueblos de aquellos tiempos, eran las leyes que el Señor dictaba o recomendaba a su pueblo! Sería imposible aun siquiera enumerar su minucioso y amplísimo contenido: leyes que reglamentaban el culto del Señor; leyes que protegían la institución del matrimonio y la dignidad de la mujer; leyes que bendecían y defendían la fecundidad de la vida; leyes que defendían el derecho inviolable de la vida y de la integridad corporal leyes que defendían y protegían a los pobres, al extranjero, al inválido; leyes que humanizaban la situación universalmente dura de los esclavos. En efecto: una serie de prescripciones suavizaban la esclavitud o libraban de ella; ningún pueblo todavía como el israelita abría paso a la civilización, prescribiendo la libertad del esclavo al término de seis años en el séptimo. ¿Y cómo no oir estas palabras del Levítico: "Alzate ante una cabeza blanca y honra a tu Dios. Yo Yahvé Si viene un extranjero para habitar en vuestra tierra, no le oprimáis; tratad al extranjero que habita en medio de vostros; como al nativo de entre vosotros; ámale como a tí mismo, porque extrani jeros fuistéls vosotros en la tierra de Egipto. Yo, Yahvé, vuestro Dios”. En esa tierra valía más la modestia y la piedad de la mujer que su belleza, la sabiduría más que el oro, el amor de Dios más que todos los tesoros del mundo y el temor de Dios era el fundamento de la sapiencia. Hoy se habla mucho del derecho de propiedad como necesario e inherente al desarrollo de la persona humana y de la justicia social, como imprescindible para el progreso y la paz de los pueblos. Tendríamos que citar todos y cada uno de los libros santos del Antiguo Testamento y escribir un verdadero tratado Sobre la materia, si quisiéramos exponer su humana y admirable legislación y doctrina, relacionada con tal tema: Allí se defienden los derechos de los pobres, la justicia de los contratos, la ecuanimidad de los precios y medidas, el derecho familiar a la tierra y Sus frutos; se condena la avaricia y el egoísmo; se asegura al pobre urgido ppr deudas el perdón de ellas y la recuperación de lo que por miseria debió vender; se condena el latifundio y la prepotencia. ¡Qué oportunas resuenan en todas las épocas de la historia humana estas palabras de Is'aías: “Ay de los que añaden casas a casas, de los que juntan campos y campos hasta acabar al término siendo los únicos propietarios en medio de la tierra”. —enseñorea: el que lee y medita las páginas’ divinas del Libro de los Libros se acercará a otro hombre y verá en él, aunque oculto bajo harapos, aunque inmaduro como el niño, aunque encorvado como una anciana viuda, a un hermano suyo, a un heredero de la casa del Padre de los cielos, a un ser dotado de alma inmortal, a una imagen y semejanza de Dios, a quien debe respetar y amar como a sí mismo: ¿Hay algo más grande? En los inexcrutables1 designios de Dios, sobre Israel vosotros continuáis dándole un testimonio de sacrificio, de martirio, de amor a la libertad, de defensa de los derechos de la persona humana y de la dignidad del hombre. Los tiempos son y han sido difíciles y trágicos. Pero Yahvé no se ha olvidado de su Pueblo y una aurora de esperanza, de paz y libertad, de fraternidad y amor, ha de brillar también con todo su esplendor para Israel. Lo deseamos de todo corazón”. NUEVA DIRECCION de la Administración de AVISOS BOLETIN del INFORMATIVO NUEVA DIRECCION LOS SERENOS 476 Oficinas 22-23 Fono 87785