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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1963-04-01 · 4 (Abril, 1963) · p. Seite 16

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXV (1963)
Issue
4 (Abril, 1963)
Date
1963-04-01
Page
Seite 16 (sequence 16)
Language
German
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ABRIL 1963 16 BOLETIN INFORMATIVO LIBERTAD DE EXPRESION □ INCITACION A LA VIOLENCIA EL DILEMA BRITANICO Por WILLIAM KOREY Era una tarde calurosa, la del primero de julio de 1962. La plaza de Traíalgar, situada en el corazón mismo de Londres, estaba llena de público. Unas cinco mil personas aproximadamente habían acudido al mitin convo-' cado por el Movimiento Nacional-Socialista Británico de formación reciente. Ahora, estaban absortos, contemplando el slogan, pintado con grandes caracteres blancos sobre un fondo azul, en un lienzo colocado al pie del monumento a Nelson, en medio ae la plaza. “Liberaremos a Inglaterra del yugo judío” — decía allí. Muchos de los presentes eran méros curiosos en busca de ¡entretenimiento en una tediosa tarde de verano. Más, no faltaban tampoco los adherentes' al movimiento nazista, dispuestos a aplaudir a su líder y también habían —como bien pronto se supo— numerosos representantes de aquéllos, que esta ban preparados a evitar que se abusase de la libertad de palabra. La provocación esperada no tardó. John Tyndall, Secretario Nacional del Movimiento Nazista Británico, exclamó de pronto: “...en medio de nuestra sociedad democrática, el judío es como un gusano maligno, nutriéndose de un cuerpo en estado avanzado de descomposición. ¿Quién de ustedes no ha peidido a uno o dos seres queridos por culpa de la raza elegida?... Los judíos están envileciendo nuestra cultura y envenenando a nuestro pueblo...”. Colín Jordán, el “Fuehrer” de los nazista británicos iba aún más lejos. Fulminó: “...Aunque supuestamente nos gobiernan desde Whitehall y Westminster, vivimos en realidad bajo un régimen títere, manejado por los judíos... Los’ judíos son la comunidad más ávida de sangre de todo el mundo...- Mientras los oradores continuaban profiriendo insulto tras insulto, la multitud se caldeaba cada vez más, hasta que a las 5.15 de la tarde, el comentario final de Jordán hizo estallar la ira, largo tiempo contenida. Dijo Jordán: “Con todos sus millones’ y con sus artimañas, los judíos trataron de destruir a una gran idea (el nazismo) pero fracasaron. Hicieron lo que pudieron, pero hoy estamos aquí... y la doctrina que Hitler dio al mundo ha cruzado las fronteras y gana terreno en Gran Bretaña. Cada día son más los que llegan a decir con nosotros: Hitler tenía razón”. Entonces comenzó la “ba talla de Traíalgar”. La multitud enfurecida, en un intento de volcar el camión radiofónico, que transmitía los discursos, avanzó sobre la tribuna. Se iniciaron fieros combates mano a .mano y tuvo que intervenir la policía para restablecer el orden. Las fuerzas policiales establecieron un cordón protector alrededor de los nazistas, escoltándolos hacia un lugar seguro. Veinte pers’onas fueron detenidas, acusadas de “promover desórdenes en la vía pública”. Al ser interrogado posteriormente por los magistrados, los detenidos testimoniaron sobre la diatriba demagógica. Un joven judío, de unos veintiséis años', que había perdido parte de su familia durante la segunda guerra mundial, expresó; “Yo perdí por completo la cabeza, cuando oí en pleno corazón de Londres a los que aclamaron al movimiento nazi y a las infamias del Tercer Reich”. Otro expresó: “Como judio y como inglés no pude tolerar más estos viles ataques contra mi religión y mi patria”. Un tercero, de dieciocho años, manifestó que, al escuchar a “esta clase de gente proferir calumnias tan vergonzosas, perdí los estribos y reaccioné”. Agregó que, “como judío consideraba que algo tenía que hacer, para pararlos”. Tres semanas después que Colín Jordán y sus cómplices habían recibido esta acogida tan poco grata en la plaza Traíalgar, otro remanente de un pasado poco glorioso, Oswald Mosley, intentó repetir la hazaña. Pero Mosley, otrora cabeza de la Unión de Fascistas Británicos y ahora dirigente del Movimiento de Unión Nazista, ni siquiera alcanzó a llegar a la columna de Nelson, ni mucho menos ÉlliS PLAZA TRAFALGAR — LA COLUMNA DE NELSON un sitio histórico enlodado por los nazis dirigirse a los auditores. Un grupo numeroso, aún enardecido por los sucesos recién pasados, estaba determinado a impedir que el sitio histórico se viese enlodado nuevamente por los predicadores del odio. Aunque Mosley había llevado a efecto siete mítines’ desde 1959, éste no iba a tener lugar. Se lo impedirían. La barricada levantada por la policía no pudo contener a la multitud y los partidarios de Mosley que intentaron seguir adelante con la reunión se vieron impotentes ante la furia de lo asistentes. Uno de los cincuenta y cinco arrestados' expresó orgullosamente: “Me declaro culpable de haber insultado al fascismo”. Pero Mosley no iba a darse por vencido tan - rápidamente. Al contrario, parecía que buscaba camorra. Una semana después que sus partidarios fueron ahuyentados de la plaza Traíalgar, organizó un nuevo mitin, esta vez en un barrio predominantemente judío y de gente de color— Ridley Road— en el East End de Londres, Para que a nadie quedaran dudas sobre el objeto de la reunión, sus secuaces invitaron al mitin recorriendo las calles al grito de “Fuera los judíos”. Nuevamente, la reunión fue violenta. Gritando y agitando los puños, unas seiscientas a mil personas se congregaron alrededor del camión ¡que servía de plataforma improvisada a los oradores. En la conmoción subsiguiente, Mosley, fue golpeado y cinco minutos después de haberse iniciado, el mitin había llegado a su fin interviniendo la policía, que arrestó a cincuenta y cuatro de los asistentes. Dos veces más fue Londres, y una vez Manchester, escenario de intentos similares: Difamación de grupos llevada al lugar de residencia de éstos, acción física para impedirla, acción policiaca protectiva, detención de los defensores más enardecidos. ¿Qué estaba tramando Mosley? Sea cual fuere su intento, la reacción popular le fue adversa. El Reverendo William Sargent, párroco de la Iglesia de la Santísima Trinidad, situada en plena zona de violencia en Londres, resumió así la opinión general: “Los fascistas vienen a nuestro barrio no como gente racional con intenciones políticas comprensibles sino con el exclusivo fin de propagar el odio, la envidia y la violencia, lo cual, en esencia, es la propagación del nazismo”. Mas, Mosley iba a ver colmado su sueño. El 8 de septiembre habló. Una guardia policial, fuertemente refor- ¡ zada, hizo posible que el “Lt~ ¡ der” pronunciara durante 30 minutos' su arenga frente a una multitud que constantemente le interrumpía con gritos de “Cerdo fascista”. Se produjeron doce arrestos’. Ahora, he aquí el dilema. ¿Tienen acaso Oswald Mosley y Colín Jordán el derecho de pronunciar discursos antisemitas y de provocar con ellos deliberadamente la violencia? ¿Tienen ellos, si a raíz de su proceder la situación se torna incómoda, derecho de pedir protección policial frente a los que provocaron? Esta interrogante agita actualmente el ambiente en Gran Bretaña. El Secretario de Estado Henry Brooks, expuso corectamente ante la Cámara de los Comunes, el dos de agosto, que lo que estaba en juego era algo, que toca muy de cerca a las libertades democráticas. ¿Cómo conservar la libertad de palabra, impidiendo al mismo tiempo la incitación deliberada al odio racial? No es' que haya que temer, que el movimiento neo-nazi de Colín Jordán recibiera mucho apoyo popular en Gran Bretaña. Este tiene en la actualidad menos de cien miembros —conforme a las estadísticas policiales— y el número de activistas posiblemente no alcance a cincuenta. Colín Jordán entró a la vida pública en 1960, cuando su “Liga por la defensa de la superioridad blanca” se fusionó con el “Partido Laborista Nacional”, para formar el “Partido Nacional Británico”. Jordán era organizador de esta agrupación hasta 1962, cuando fue destituido por haber abogado por “tácticas erradas”, muy especialmente “preconizando la identificación del partido con las ideas de la Alemania nacional-socialista”. Jordán vive obsesionado con el nazismo, lo cual, por de pronto, le resta atractivo en Gran Bretaña. Su manifiesto de 4.000 palabras expresa que “Hitler mostró el camino al crear un estado popular nacional-socialista”. Un corresponsal expresó el sentir general al calificar las opiniones de Jordán sobre el problema racial como “totalmente insanas”. Graduado de la Universidad de Cambridge, Jordán ocupó hasta hace poco una plaza de profesor en un colegio municipal de Coventry, del cual fue destituido a raíz de la protesta de los padres de los educandos'. Los residentes de la calle donde él tiene su cuartel general, se han quejado por su parte ante las autoridades, porque les resulta intolerable ver sus guardias pretorianas con uniformes nazis. Han pedido al Ministerio del Interior, que “prohíba una organización que ofende a todos los que ducharon contra este credo enfermizo". Tampoco Mosley presenta hoy en día una amenaza seria a la seguridad del judaismo británico. Actualmente ha menguado en forma notable su antisemitismo y ha dado mayor énfasis a otro proyecto suyo, el de una “Union Europea”, que actuarla como “tercera fuerza entre los Estados Unidos y la Unión Soviética”, a fin de eliminar tanto las' “influencias malignas de Wall Street”, como Ja “violencia comunista”. Otra preocupación de Mosley es la —hasta hace poco— creciente inmigración de negros y mulatos a Inglaterra y los problemas de empleo y de vivienda que a raíz de ella se han producido. Afirma que no es antisemita e insiste al respecto: “...Mis desaveniencias' con los judíos resultan del hecho de que trataron de arrastrar ■ nos a una guerra con Alemania. Después de la guerra, nunca he atacado a los judíos, salvo cuando Israel intentaba envolvernos en su conflicto con Egipto”. En general, Mosley ha tra - tado últimamente de cubrirse con un manto de respetabilidad, evitando ataques abiertos de carácter antisemita. Mas, este intento no le ha dado resultado en una Inglaterra, q.ue aún recuerda bastante bien su pasado nazista. La gente por lo general no se preocupa tanto por eventuales avances que pudiera hacer esta doctrina hoy en día, sino se muestra indignada que los que abogan per ella pueden hacerlo impunemente en lugares públicos. Lo más tragicómico es que las doscientas perspnas detenidas por haber respondido en forma normal a las provocaciones extremas', lo fueron en virtud de una íey creada exprofes'o para impedir desmanes nazistas, mientras que los provocadores nazis no han sufrido castigo alguno. Pero ni las detenciones, ni tampoco los consejos' de “elementos bien ‘ intencionados” en el sentido de no responder a la provocación con la violencia, han surtido efecto entre la juventud judía de Inglaterra, que ha aprendido bien la lección del pasado. Así, un destacado personero de la B’ne B’rith inglesa expresó recientemente: “¿Acaso se nos pide que (aceptemos en estos días y en pleno siglo XX, una situación de ciudadanos de segunda categoría, de individuos que debemos evitar de transitar por el centro de Londres los domingos en la tarde, todo porque un pequeño grupo de rufianes se dedica a proferir ideas que son un insulto a la inteligencia de los que viven y una ofensa a la memoria de los que murieron?”. La Ley de Resguardo del Orden Público, redactada en 1936 para impedir desmanes de Sir Oswald Mosley y de sus Camisas Negras dice en su parte pertinente: “Comete delito aquél, que públicamente use palabras amenazantes, abusivas e injuriosas, ó proceda con el intento de provocar una alteración del orden público o una situación de la cual pudiera resultar una alteración del orden”. Esta ley, por lo general, no ha sido interpretada como una medida para impedir la realización de mítines' públicos, aún cuando hay antecedentes que permiten suponer que en ellas, conforme al texto de la ley, se cometiera cielito. El punto delicado en la discusión es, sobre todo, cuándo puede la policía poner término legalmente a una reunión de esta índole. Según las autoridades, esto procede solamente cuando se produce un brote de violencia. El mero uso de frases —por hirientes e inflamatorias que eiias sean— no es de por si motivo suficiente para clausurar una ¡reunión. Y aún en el caso de haberse producido una alteración del orden público, no hay consenso sobre lo que es un lenguaje que incita a la violencia. En una sentencia reciente, fue declarado reo un (Pasa a la Pág, 18)

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