Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXI (1959)
- Issue
- 9 (Septiembre, 1959)
- Date
- 1959-09-01
- Page
- Seite 34 (sequence 36)
- Language
- German
- Belongs to
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34 BOLETIN INFORMATIVO Septiembre 1959 VOZ INFANTIL 3B LAS TRES CARCAJADAS ANECDOTA LEGENDARIA DEL BAAL SCHEM TOV (El Rabí de la Buena Fama) Por Martín Buber Un viernes a la noche, estando el Baalschem sentado a la mesa con algunos de sus discípulos, y habiendo pronunciado la bendición del vino, su rostro severo iluminóse de pronto como de un claro y suave reflejo, y soltó una carcajada. Los discípulos miraron a su alrededor, mas no vieron ninguna cosa risible. Después de una breve pausa, el Baalschem rióse por segunda vez con la alegría repentina y límpida de un niño. Hubo una nueva pausa, y volvió a estallar en carcajadas. Los circunstantes permanecían taciturnos alrededor de la mesa. La risa del maestro parecíales extraña e inconcebible. Sabían que su alma no se abandonaba con facilidad a tales arrebatos, y sentían que su alegría debía de tener algún motivo profundo e ignoto, cuyo verdadero sentido se les escapaba. Pero nadie se atrevió a interrogarle. Todos los rostros volviéronse al Rabí Wolf sentado en medio de ellos, como rogándole que preguntase al maestro sobre la razón de su risa. Era costumbre que, acabado el sábado, cuando el Baalschem reposaba a solas en su habitación, Rabí Wolf fuese a verlo, para conversar con él sobre lo que había sucedido durante la fiesta. Su discípulo predilecto no dejó esta vez de visitarlo, y le dijo: —Hacednos saber, os lo ruego, por qué os habéis reído ayer. El Baalschem repuso: -—Está bien; os haré saber de dónde provino mi alegría: Preparaos a venir conmigo. Ordenó al criado que unciera los caballos, pues salía todo fin de sábado a la campiña a hacer un breve paseo, y subió con sus discípulos a la carroza; pero no regresaron a la ciudad, como era habitual, sino que viajaron en silencio toda la noche. A la madrugada llegaron a un pueblo. El Baalschem hizo detener la carroza junto a la casa del jefe de la comunidad. La noticia de su llegada difundióse rápidamente entre los judíos, quienes acudieron presurosos a verlo. Sin hacer caso de sus admiradores, el rabí pidió que mandaran a llamar a Sabatay, el encuadernador de libros. —Maestro —contestáronle con un dejo de insatisfacción—, ¿qué queréis de ese hombrecito insignificante? Cierto, sabemos que está lejos de distinguirse por sus conocimientos de la ley. ■—-No importa ■—repuso el Baalschem— quiero que lo hagáis venir. Lo llamaron, y acudió un modesto anciano de cabellos blancos. El rabí le dijo: —Quiero que venga también tu mujer. Ella se hizo presente de inmediato. —¿Podrías contarme —pidió el maestro— qué has hecho la última noche del sábado? Pero dínos la pura verdad, sin avergonzarte ni esconder nada. —Señor —repuso el ancianono esconderé cosa alguna, y si he pecado, dispuesto estoy a recibir el castigo de vuestras manos, como si viniese de Dios mismo. Todos los días que me ha dado Dios me he ganado el pan con el sudor de mi frente. Un tiempo ayudóme el cielo y pude acumular algunos ahorros. Era mi costumbre que mi mujer comprase los jueves a mediodía lo necesario para festejar el sábado: harina, carne, pescados y candelas. A las diez horas del viernes, yo suspendía mi trabajo y me trasladaba a la sinagoga, donde permanecía hasta el rezo vespertino. Así había yo hecho desde que era joven. Al envejecer, dióse vuelta la rueda de mi fortuna; perdí lo que poseía,y pocas fuerzas me quedan ya para obtener fruto de mi trabajo. Vivo una vida llena de amargas preocupaciones, y a menudo fáltame el jueves lo que necesito para el sábado. Mi único consuelo es que, suceda lo que sucediere, nunca dejo de trasladarme el viernes a las diez a la sinagoga, para cumplir con mi deber. Ahora bien, maestro; anteayer eran ya las diez y no tenía un solo centavo para hacer frente a los gastos del sábado. En todos los días de mi vida no he tenido jamás necesidad de nadie; quise no pedir limosna también esta vez y no atravesar un umbral ajeno con la mano extendida. Había decidido en mi corazón ayunar antes que solicitar un óbolo a una criatura de carne y hueso; pero temía que al corazón de mi mujer le fuera demasiado doloroso no ver el sábado las luces prendidas sobre la mesa y aceptase una candela, un pan sabático o un poco de pescado, si una vecina se lo ofrecía con gesto amable. Por eso le hablé y rogué no recibir ayuda ni aún cuando la obligasen; pues debéis de saber, maestro, que los judíos de este lugar tienen alma buena, y les hubiera sido doloroso saber que nuestra mesa estaba vacía. Mi mujer asintió. Antes de ir a la sinagoga, le dije: —Hoy vendré más tarde que de costumbre: me quedaré a rezar hasta que el día decline, porque si saliese de la sinagoga con los demás y no viesen luz en mi ventana, me preguntarán la razón y no sabré qué decirles. Cuando vuelva, acogeremos con amor lo que el cielo nos haya deparado. Ella se quedó en casa, barrió y puso en orden las habitaciones, y como las hornallas estaban frías y no tenía comida que preparar, quedóle mucho tiempo libre, que empleó abriendo un viejo ropero y sacando afuera los vestidos ya amarillentos de nuestra juventud, para cepillarlos. Entre la ropa vieja encontró una manga que se nos extraviara hacía años. Sobre aquel resto de traje había algunos botones en forma de torrecillas, hechos de hilos de oro y plata, como se ven adornadas a menudo las ropas de antaño. Mi mujer los arrancó y llevó al joyero, quien le dio por ellos algunas monedas, con lo que pudo comprar lo que necesitaba para la comida sabática, amén de un par de candelas. A la noche, cuando todo el mundo hubo abandonado ya la sinagoga, encaminéme lentamente a lo largo del callejón que conduce a nuestra casa. Desde lejos vi arder una luz y noté el reflejo festivo y familiar de los cirios. No pude dejar de pensar: “He aquí, mi mujer ha hecho como hacen las mujeres; ha aceptado una limosna”. Entré y encontré la mesa bien puesta, aparejada con el pan sabático y el pescado; hasta había vino con qué recitar las bendiciones. No quise inquietarme, para no violar el sábado. Me contuve, pues, dije la bendición y comí un poco de pescado. Después reproché a mi mujer (lo hice con palabras suaves, pues me apenaba su pobre alma sufrida): —Se ve que tu corazón no es lo bastante fuerte para soportar la adversidad. Pero ella no me dejó seguir, y exclamó con voz clara: —Marido mío, ¿te acuerdas de la vieja manga de botones de oro y plata que perdiéramos hace años? Al poner hoy en orden el ropero grande, la he encontrado. Vendí los botones al joyero, y con el dinero he preparado la cena. Maestro, los ojos se me nublaron de lágrimas; tan grande era la alegría que me subía del corazón. Me arrodillé y agradecí al Señor que se hubiese acordado de mi sábado. Miré a mi mujer y vi en su rostro bueno reflejada mi felicidad. Olvidé los muchos días de angustias pasados, y abrazándola, di con ella un paso de danza. Después comí y me sentí y me sentí más ligero y reconocido; bailé otra vez, riéndome de gozo, y una tercera vez después de los postres. Mi Una vez un repórter fue a una ciudad, y vio a un hombre de unos 78 años sentado llorando. El repórter le preguntó porqué lloraba, a lo cual éste le respondió: me pegó mi papá de 108 años. El repórter fue donde el padre para preguntarle porqué había pegado a su hijo. Este le respondió: él le faltó el respeto a su abuelito que tiene 145 años. El repórter muy extrañado se fue al pueblo y se encontró con un cura al que de inmediato le relató lo que le había sucedido. El cura contestó: — ¡ ¡Ah, sí a esa familia la conozco muy bien, yo los bauticé a los tres. Enviado por Daniel Schmoller. MEMO.— Sí, el doctor me dijo que antes de dos semanas ya me tendría andando. CARLOS.— ¿Y lo cumplió? MEMO.—■ Sí, ¿no ves que he tenido que vender el auto para pagarle? Enviado por Winston Teitler. Yo fui humorista desde niño, por consiguiente fui siempre pésimo alumno. Mi primera profesora era exfelicidad era grande, porque aquel bendito don me había venido de Dios y no de los hombres, y no pude cerrar el corazón a tan inmensa alegría. Pero si fue un acto de indigna locura ante el Altísimo haber bailado con mi mujer, sed clemente, rabí, al castigarme, y yo me someteré gustoso a la pena. Aquí calló Sabatay, el encuadernador de libros, y el Baalschem dijo a sus discípulos: —Todos los ejércitos del cielo se han regocijado con él y lo han acompañado en la danza, un áurea alegría resplandecía en el Paraíso al reflejo de la alegría de esos dos viejos corazones. Y yo, que todo lo veía, me he reído con ellos tres veces. traordinaria, donde ponía la pluma ponía un huevo. Aquella severa maestra sólo era generosa en sus cumpleaños: entonces ponía el huevo color rojo. En aquellos tiempos existía la misma incógnita de ahora: ¿faltan escuelas o sobran niños?... Pasé por todas las de un estudiante: hasta me preguntaron de qué color era el caballo blanco de Napoleón. Enviado por Jorge Stein. En un árbol del manicomio se van tirando los locos de a uno en uno. Uno de ellos se queda arriba y el otro que ya está abajo le pregunta: ¿Y tú porqué no te tiras? Porque todavía no estoy maduro le contesta el de arriba. Enviado por Simón Roñes. UN CABALLERO.— Y tú, niño ¿por qué no me saludas? ¿No te enseñaron en el colegio a decir buenos días? EL NIÑO.— No señor, yo estudié en una escuela nocturna. (Al niño que envió este chiste le ruego enviar su nombre). Silil ÍM ínr-fut'ítn-JUtLnj %8S0xíifÍÍÜܡ͡: i&fíifítji llttlBSügptt VK&SmlVmm iMlp —Zíiit-u i,'-" * ii0i¡8¡i mmm Los niños de Israel son tan robustos y erguidos como los árboles que ellos plantan. riiüjifiüiiiii i-?: DICE SHOLEM ALEIJEM El poeta es el menos capacitado para describir a su época, dice Belinski, y yo digo que es menos poeta si no es capaz de describir a su época. Yo aprendí mucho de mis maestros, más de mis amigos y más todavía de mis alumnos, dice un sabio del Talmud. Yo digo que aprendí mucho de mis maestros, más de mis amigos, más todavía de mis alumnos, pero más que todo de la vida. Emerson dice que el mejor signo de lo sabiduría es ver lo extraordinario dentro de lo ordinario. Yo digo, todo lo contrario, el mejor signo de la sabiduría es ver lo ordinario dentro de lo extraordinario. Los seres humanos están constituidos de tal modo que lanzan lodo a sus superiores, dice Cervantes. Yo digo, el mundo está constituido de tal forma que los que ocupan posiciones superiores gustan de lanzar lodo a los inferiores. El día es largo para el hombre que puede vivir cómodamente, dice Arthur Schnitzler. Yo digo, el día es corto para el hombre que vive incómodamente, porque los que viven cómodamente están conspirando para acortar sus años. BUSM HUMOR