Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XVIII (1956)
- Issue
- 11 (Noviembre, 1956)
- Date
- 1956-11-01
- Page
- Seite 16 (sequence 16)
- Language
- German
- Belongs to
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Ib BOLETIN INFORMATIVO Noviembre 1956 CONCURSOS 6 a 11 aios 1. — Envía una lista de frases que sé puedan formar con Janucá. 2. — ¿Cuáles son los ríos de Israel? 12 i 15 años 1. — ¿Cuál es el monte más atto en Israel? 2. — Haz una lista de artistas chilenos que tengan renombre mundial; por lo menos cinco. EL MILAGRO DE JANUCA? (Conclusión de la página anterior) RESULTADO DE LOS CONCURSOS 6 a 11 años 1. — Israelita; isla, letra, lata, ala, era, salta, tira, risa, rata, etc. 2. — La altura más grande alcanzada por el hombre, por tierra, son los Himalayas. 12 a 15 años 1. — La composición sobre Janucá... 2. — Tres compositores de ópera: Otelo, de Verdi; Carmen, de Bizet; Bodas de Fígaro, de Mozart. PUNTAJE HASTA EL MOMENTO 6 a 11 años |.—Daniel Bab. Sí puntos. 2. — Stephen Holland. 60 puntos. 3. -— Simón Roñes . .. 30 puntos. 4. — Frank Rúbeos. 25 puntos. 5. — Franki Meinhardt. 20 puntos. 12 a 15 años 1. — Tomás Reich.120 puntos. 2. —- Winston Teitler. 85 puntos. 3. — Qaby Nalhan. 35 puntos. 4. — Mariana Benger.; 25 puntos. 5. — Nili Roñes. 10 puntos. Aqno/ conventionale/ i fl o a estancia ITT3 polígono m oasa 0 hospital * t ruinas oJ fábrloa ooo ohimeaea rrq cementarlo of* de correo o-h ««pill«,laical« x of, de telefone r posto lndloador O torra i árbol V v alo» lugar de eosfoate 04 aollao n fortín / <5? of, telegráfica i tersos Æ J horno de ladrillos ENSERALO A TUS AMIGOS es Jamieá, y por lo tanto debemos encender las veías y I tener una mesa digna de esta iiesta. No, quizá convendría más que jo mismo encendiera las velas cuando todos estuvieran en el patio. De pronto verían luz en ia casa: una luz hermosa, luz de alegría. Entonces, mamá y papá correrían a cambiarse de ropa, a vestirse para la Fiesta cíe las Luminarias y entenderían sobre las mesa un mantel blanco. Preferí esto último a todo lo anterior: durante toda la tarde me quedé jugando junto a la casa y esperé a que no hubiera nadie en ella. El atardecer llegó, y con él el crepúsculo. Mis padres estaban ocupados en él patio, Pensé: —Ha llegado la hora de prender las velas. Di un salto y entré silenciosamente a la casa. Coloque el candelabro sobre la mesa y con los fósforos encendidos comencé a derretir el extremo de las velas para adherirlas luego al interior de las chapitas. No fué éste un trabajo fá-- cil. Los fósforos no querían prenderse y las velas se negaban a adherirse. Traté de terminar rápido, pero no lo logré, pues ya me ardían los dedos. Continuamente espiaba por la ventana, temiendo que mi madre llegara antes que yo terminara mi obra. Por fin conseguí suspender las velas en la janukiá, ,001-10 velas! Azules, rojas, blancas y amarillas. Encendí cuidadosamente el shamash y luego las restantes, una tras otra; las luces que de ella emanaban eran pequeñas pero atractivas. Sen tí inmensa alegría y mi corazón palpitaba con mucha fuerza... Realmente parecía una maravilla. Las hubiera oprimido contra mi pecho, a no ser por las llamas que desprendían. No pude abstenerme y esperar a que mis padres entraran en la casa. Mi deseo era que vieran la sorpresa desde afuera. Tomé cuidadosamente mi candelabro y lo acerqué a la ventana. ¡Oh! Dentro de pocos instantes verían, desde afuera, las luces de la janukiá. — ¡Mamá! ¡Mamá! De pronto, ¡horror! ¡Núes tros hermosos cortinados ardían entre las llamas, y el fuego se extendía y se elevaba alto, alto! ¡Incendio! Y de pronto me sentí transportado en el aire hacia un costado. Dos manos fuertes arrebataron las cortinas que ardían, levantándolas y haciéndolas caer al suelo. Levanté la vista y he aquí a mi. madre que pisaba rápidamente las cortinas y el fuego. Se desprendía humo y pequeñas chispas revoloteaban en el aire.!Ah! El fuego ya disminuía poco a poco y sobre el suelo aparecieron pequeños trozos de género negro. Mi madre apretujaba bajo sus pies las cortinas consumidas por las llamas. ¡Se terminó! Ya no hay fuego, ni chispas. Sólo quedaban restos del pobre cortinado, que revoloteaban en el piso. Mi madre se quedó inmóvil y sólo atinó a suspirar fuertemente. Su rostro estaba pálido y sus ojos se agrandaron como dos monedas. Yo posé mi vista sobre las velas y vi que to das, todas estaban encendidas y mi janukiá,!oh! ¡qué hermosa se veía aún, como si nada hubiera pasado...! —¿Qué ocurrencia es esa?— me reprendió mi madre. Dijo estas palabras respirando con dificultad. Señalé el candelabro; intenté decirle que mi intención fué preparar una sorpresa, pero las palabras se me ahogaron en la garganta. Temía el enojo de mi madre y no supe qué hacer. De improviso, se dibujó una sonrisa en sus labios. -—Encen diste velas en honor a Janucá, ¿no? — me dijo. Yo asentí con la cabeza. — ¡Qué imprudente has sido! ¿No sabes que no se ponen las velas en la ventana, junto a las cortinas? Fué un verdadero milagro que yo haya llegado justo en este momento. Pudo haberse incendiado toda la casa. —Yo. . . quise que fuera una sorpresa. . . quería que Uds. vieran las luces desde afuera —dije, cuando por fin pude hablar. —Prender las velas, asi. ¡en un soplo! ¿Cuántas veces te dije ue no quiero que juegues con fuego? Casi lloro de vergüenza y de humillación, pero hice sin chistar lo que me ordenara mi madre. Me dolía comprobar que ella me consideraoa ua chiquilín al que se le prohíbe jugar con fuego. A cualquiera puede sucederle un accidenté. Aunque. . . en verdad. . . cuafido las cortinas comenzaron á arder me paré, sin hacer nada y grité como un tonto. A íid ser por mi madre, realmente la casa se hubiera incendiado. —Retira todas las velas del candelabro. También esto lo hice sin replicar. —¿De dónde sacaste las velas? Conté a mi madre toda la verdad, es decir, que las había comprado con mi propio dinero. —Está bien, deja sólo dos velas prendidas, una por ser el primer día de Janucá y la otra como shamash. ¿Acaso no sabes que el primer día de Janucá se enciende sólo una vela? — ¡Oh, me olvidé — dije, completamente confuso. Me avergoncé de lo tonto que había sido. Mi madre tomó los restos de los cortinados y los ocultó en en el ropero. Luego exclamó: —Cuando venga papá, encenderemos una vela y también cantaremos canciones de Janucá, y lo mismo haremos durante los ocho días de la fiesta. .. hasta el final. Usaremos tus velas, las que aún han quedado enteras y. .. si no alcanzan tomaremos las que yo he comprado. , —Qué, ¿tú también compraste? —Sí, quise prepararte una sorpresa. Tu intención fué buena, pero hiciste cosas que no deben hacerse y eso té ha servido de lección. . . Papá, seguramente no se apercibirá que las cortinas han desaparecido ,y mañana yo haré otras en lugar dé las que se han quemado. Abracé a mi madre y ellá pasó suavemente su mano por mis cabellos. Supe entonces que ya no estaba enojada conmigo. En ese instante comprendí que fué para mi bien que mi madre me ordenara apagar las velas y las hiciera desaparecer de la vista. Esta vez sí que tuve Suerte, ¡Este es el verdadero milagro de Janucá! NUESTRO CUENTO: EL MÁRTIR DE MARRUECOS (Continuación del número 9) Piensa un número.— Multiplícalo por 5.— Suma 6 al resultado.— Multiplícalo por 4.— Suma 9.— Multiplícalo por 5.— Diga el resultado. a) No se toman en cuenta los dos últimos números y se resta al resultado de un número o de la cantidad de números que sea de los que queden. Di a tu amigo que piense un número y sigues luego dicléndole lo que escribí arriba, y cuando te diga et resultado tú Haces lo que dice en a y podrás adivinar así el número que tu amiguito pensó. El se quedará pasmado y pasarás por adivinador. Colaboración de VERITA TOCKUS Pasó el segundo día del sitio y llegó el sábado. Don Iehudá Abardanel, el judío más respetable de la ciudad en ilustración y en riqueza, volvió a su casa de la sinagoga con el ánimo deprimido. Era entonces un anciano de setenta y cinco años. Su estatura, la nobleza de su rostro, la barba blanca que descendía hasta la cintura, sus blancos rizos y sus ojos brillantes, todo hablaba de dignidad y de gracia. Era un vástago del ministro famoso, Don Isaac Abarbanel, que durante la expulsión de los judíos de Espa¬ ña, rehusó los privilegios que se le otorgaron en palacio y prefirió salir a la cabeza de los exilados y sufrir como todos. Rabí Iehudá era un descendiente digno de sus abuelos, pues también él era orgullo de su comunidad por su riqueza y su ciencia, su rectitud y su generosidad. Todo oprimido y angustiado hallaba en él consuelo y ayuda, y para el que buscara consejo era un guía maravilloso, en cuya inteligencia y entendimiento se podía confiar. Se enorgullecía, por cierto, de su abolengo, de pertenecer al linaje de Abarbanel, de la dinastía de David, pero ese orgullo lo incfticía a la bondad, a ser misericordioso y digno, por sus acciones, del honor de sus grandes antecesores. Rabí Iehudá tenía cuatro hijos y dos hijas, que juntos adornaban su vejez. Su esposa había muerto hacía varios años. Los hijos casaron con mujeres de su propia comunidad; su hija mayor casó con un judío pudiente de Argelia, y la menor se había comprometido hacía una semana con un rico mancebo marroquí. Cuando hubo llegado Rabí Iehudá a su hogar, se le acercaron sus hijos, sus nueras y su hija; besaron sus manos e inclinaron sus cabezas ante él, y el anciano posó en ellos su mano y bendijo a cada uno como correspondía. Entonces se aproximó el joven yerno, que hasta entonces se había mantenido distante, y le dijo: —"Don Iehudá, ¿pondrán tam bién en mí tu pensamiento para adoptarme como hijo y pára darme tu bendición”? —“ ¡Con todo mi corazón he de bendecirte, Benjamín querido! —respondió el anciano—. Ciertamente, es ésta la primera vez, y quizá también la última, que recibes mi bendición”. —“¡Qué dices, padre querido! ¿Por qué está afligido t« rostro?” (Continuará)