Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XVII (1955)
- Issue
- 5 (Mayo, 1955)
- Date
- 1955-05-01
- Page
- Seite 13 (sequence 13)
- Language
- German
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Mayo, 1955 boletin informativo La Ciudad de Plata Por ELISCHEVA SENESZ Si en un día de sol la mirada del hombre se dirige hacia Talpiot, percibirá un solar argentino, semejante a una ciudad en la que la plata brota y se alza de la tierra. Verá una ciudad completa, toda de Plata. Si se hiciera realidad la leyenda del príncipe disfrazado, quien, después de muchos años de errabundaje, vió con eme rwri tino «í«« 1 ' ’ en la puerta, no se sacian de ver el trabajo. La mayoría de la juventud se ocupa de distintos trabajos en la ciudad y únicamente al anochecer regresan a la maabará, de modo que en las horas del díase ven allí solamente a los ancianos y a los niños y no hay mujeres jóvenes dirigiendo los quehaceres domésticos. Algunas de illas -.-,v, ,,u vuü i uumesucos. Algunas de illas sus propios ojos la ciudad de se hallan inclinadas sobre sus plata, ¿sería éste el sueño que1 isquiso realizar? No, las casas de plata men- , .____ ^»UIVM clonadas no son sólo fantasía y lenyenda. Ellas forman una parte ’real, inseparable, del panorama de Jerusalem. Estaes la maabará de Talpiot número contado de kurdistanos y yemenitas. Frente a ellos, la cantidad de europeos es reducida. La zona más bulliciosa del lugar es el mercado —centro comercial. Montones de verduras y frutas se entremezclan; los comerciantes regatean con sus clientes. He ahí un anciano vendedor pregonando sus mercancías (peines, alfileres, etc.). Próximo a él hay un pequeño negocio, arreglado maravillosamente Botellas . de licores, ccn sus carteleras, cubren los limpios estantes y, junto a una mesa lisa, a un costado del negocio, está sentado un judío de 13 JASHA HEIFETZ DA CLASE A SU HIJO .. ,-"“''“““i cío, está sentado un judío d tinas, en la puerta de la babarbas blancas, oriundo de rraca, layando, otras, en cam. persia vestido con un saco de bio, se hallan ¡unto ni “Pn l - - - bio, se hallan junto al “Pri mus”. Penetré en el jardín de infantes, donde se congregan ñiños de los cuatro puntos dei globo; uno de ellos se ba sino barracas, alumbradas por una luz que enceguece de lejos. De cerca el cuadro no es tan resplandeciente. El brillo de las barrascas es más opaco y un aire triste envuelve el lugar. Pero la maabará es sólo un punto de transición y se reconoce en cada rincón que no es el hogar estable de sus habitantes. Sólo contada« casas están r^ 3“, diñes. ¡Qué distinta seria la fisonomía del lugar si la tierra estuviera cubierta de verdor, y cuánto más agradable sería su atmósfera si el ojo encontrara en sus campos pasto y flores! En una casa se ven dos jóvenes. de ascendencia espa¬ ñola, ocupados en el aiyegyj de la misma. Limpian el te rreno que rodea a la barraca de las piedras que lo cu bren y las desplazan; los ojos Se te dueña de casa, parada I cos; -— to lo mira extasiaao. En el interior se esparcen pequeñas mesas rodeauas de sihas. Ni¬ ñas de pocos años giran aire, dedor de las mesas preparándolas. En ese momento pasó por mi imaginación que siete seda negra, y, sobre 1a cabeza, un gorro, también de seda negra. Todo es majestuoso en él. Conserva las modalidades del próspero comerciante oriental, que tiene lazos comerciales con individuos de todo el mundo. Sentado mira a su frente con aire de suficiencia. En otro lugar del mercado hay un anciano yemenita, junto a su cerrajería, y a su 1' * »S£ nú. lAUitKiiiüCiuii oue siete 01?u ^CAAa'J*JiAa'> y aenanitos saldrían del cuento y friJ°Veri y ulD§£e poco después, aparecería Blan hav otro*, en el cual canieves y jugaría—co»*uOiiyi| rneu-^u - canieves y jugaría—coj&uozüJ» jardines de infantes. Este cuadro feliz vivirá quizás eternamente en mi memoria Los jardines de infantes de Israel son sumamente agradables y la mayoría de los niños acuden a ellos gustosos, porque allí pueden jugar a satisfacción, con juguetes que no están al alcance de sus La mayor parte de ios habitantes de maabará fueron reclutados entre los inmigrantes del Irak y de Marrue- -i, pero hay entre ellos un U1U1PUUU vw; —- veremos túnicas viejas, zapa tos gastados, gorros rotos. Junto a la mercadería se halla un joven marroquí, cuyo sombrero le cae hasta los ojos y que pregona alegremente su mercancía. Hasta un café encontramos en la maahará. Cuando lo visité, el dueño se hallaba sentado en 1a terraza, y en el dos jóvenes desocupados, júgando al dominó. Una “señora” sefaradí me recibió amablemente y me introdujo en su casa limpia y ordenada, en la que había instalado una peluquería pequeña y agradable. Así es la ciudad de plata rfj.a._mnn.hará de Talnint, Pro- I suc. mm? nistro de Trabajo declaró que ] instalarán hasta el mes de julio próximo deberá evacuarse. Los habitantes de las barracas pasarán, de grupos, a los barrios. La maabará será evacuada, pues, aún antqs de que el color de “plata” palidezca por completo sobre los techos de fincj oacoc ' SSijq* vnr»ríírlftT*ftS S© instalarán en sus hogares permanentes. El “príncipe vagabundo” del cuento encontrará finalmente un hogar. m En este dibujo, se esconde un lobo. ¡Encuéntralo! i l/ PROVERBIO-JEROGLIFICO, por Ôïatè. X-2* M « EL CUARTO DIA El primer día Dios creó los cielos, la tierra y la luz. El segundo día separó los cielos de las aguas, y el* tercer día dividió al mundo en mares y continentes e hizo que los vegetales brotaran sobre la tierra firme. Entoríces empezó el cuarto día. Ya había luz, pero había que condensarla en una fuente que la repartiese sobre el mundo, y así resolvió el Santo, bendito sea, crear al Sol para qu® éste distribuyese sus rayos durante el día. Pero lúe go pensó Adonai: “No estaría bien que durante la noche reinara sólo la obscuridad. Haré también pequeñas luminarias nocturnas, que llamaré Estrellas”. E hizo el Se¬ ñor tal como había iicbo. Pero he aquí que en ese mo-1 mentó vinieron los ángeles y1 así hablaron; ‘Señor del Mundo, escúchanos! No es posible que quieras reservarte para Tí solo el gozo de reinar algo material. Tú tienes a la Tierra. Concédenos por lo menos una parte de ese cuerpo que hasta creado’ ■ otmr La Medida de su Talla Permítaseme repetir algo que he oído de labios de un profesor que dictaba clase sobre temas que nada tienen que ver con la tierra. Hablaba de psicología y se dirigió a su auditorio con la siguiente pregunta; “¿Qué cantidad de terreno necesita un hombre para sentir la tierra firme bajo sus pies?”. A lo que le contestaron: “Basta con qué tenga lo necesario para apoyar las plantas de los pies”; pero el profesor objetó: “Esto sería exacto si el hombre tuviera una gran extensión de tierra a su alrededor; pero si el individuo estuviera en la cima de una montaña: ¿Cuánto terreno necesitaría para que sus rodillas no flaquearan ante el peligro de una caída? Y él mismo respondió: Necesaria un terreno equivalente a la medida de su talla; en estas condiciones se sentiría seguro, pues sabría que en caso de tropezar y caer, habría suficiente terreno para recibir su cuerpo, sin que ninguna parte del mismo quedara susnendida en el espacio”. He estudiado las estadísticas de las cuales tanto se enorgullece el Keren Hayemet Leisrael y me he preguntado: ¿Es el área redimida equivalente a la talla del pueblo judío? ¿Es suficiente para darle la sensación de estar a salvo en caso de una caída? Y debo confesar que para un pueblo que cuenta con 17 millones de almas, para un pueblo que cuenta cuatro milenios de existencia, el área de la tierra redimida no alcanza ni para colocar las plantas de los pies. J. N. BIALIR Esta clave hay que solucionarla llegando a un proverbio. Durante un momento el Soberano del Mundo meditó sobre el pedido de los ángeles. Y luego contestó: “Sería muy difícil acceder a vuestra demanda. Mi Voluntad ha resuelto dar vida a un ser que que se llamará Hombre y al que daré la Tierra para que . la habite. ¿Dónde habrá en 'ella lugar para vosotros? No quiero porque os mezcléis con los hijos del Hombres; tampoco deseo establecer una división en la Tierra y daros una parte y a los hijos del! Hombre la otra”. “Oh”, respondieron los ángeles, “nosotros somos incorpóreos, y nos conformaríamos con un trozo muy pequeño. Toma un pedacito de la tierra y colócalo en el Cielo; eso es todo lo que te suplicamos”. Miró el Creador del Mundo la proposición de los ángeles y ella encontró favor en Sus ojos. Tomando entonces un poco de Tierra la depositó en el Cielo. Pero, para que r.o faltase una parte de 1a super. ficie del Planeta, puso allí un trozo del Firmamento. Y fue la tarde y fue la mañana, y así terminó el cuarto día de la Creación. Si quieres ver, hijo del Hombre, un trozo de ia Tierra engastado en medio del Cielo, levanta 1a mirada en las noches claras, y verás a la Luna. Pero si quieres ver, hijo der Hombre, un trozo de Cielo engastado en medio de la Tierra, dirigen tus pasos hacia la Galilea, y verás al Lago Kinéret. SHRAGA M. MALAMUD.