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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1955-04-01 · 4 (Abril, 1955) · p. Seite 14

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XVII (1955)
Issue
4 (Abril, 1955)
Date
1955-04-01
Page
Seite 14 (sequence 14)
Language
German
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14 BOLETIN INFORMATIVO Abril, 195S La tierra Tierra Preñada Por DAVID ZARITZKY Era un gran camión de seis ruedas. Pesadamente trepó por la serpenteante carretera, que se ocultaba entre abandonados campos árabes. De tanto en tanto se veía una desamparada casa árabe; a veces, toda una serie de ranchos de adobe amontonados, algunos con anchas brechas, otros completamente destruidos, con las visceras volcadas. —¿Ves? — indicó el chofer al muchachito sentado junto a él—. Esos árboles puntiagudos en fila se llaman cipreses. Ahí construirán mañana ustedes su aldea. Mañana ya estará en pie. —¿Mañana? — el muchachito alzó sus flacos hombros, en gesto de duda —. Supongamos que no. Pero, sea. El chofer apretó el acelerador y el coche rugió. Los árboles llegaron corriendo hasta el camión, miraron curiosos adentro y, con gracioso mohín, se ubicaron a ambos lados. Bajaron. Encogidos, enredados, los ojos llenos de curiosidad y temer; se agruparon apretados y acurrucados, unos junto a otros, sin saber qué hacer. La tierra se ondeaba. Ninguno de los recién llegados comprendía cómo habían llegado los árboles a ese lugar. Pero todos se inclinaron para sentarse a su sombra. ¿Tierra? Pero si no era más que un trozo de piedra. A trechos, estaba abierta en bocas, de donde salían, sin tregua, millones de hormigas. Hasta donde llegaba la vista, el desierto es inconmensurable. En lontananza, casi imperceptible, se dibujaba una torre de agua. El camino serpentaba y, más allá, amarilleaban los arenales: El Neguev. Natán se irguió primero. Era el secretario de la nueva kvutzá. —Y bien, descarguemos —dijo en voz alta. El grupo se levantó perezomente. Cual bola de fuego colgaba el sol por encima de sus cabezas y ríos de sudor corrían por los. rostros. Agua fría no había. La noca agua tibia daba náuseas. Natán se apartó, penetró entre los árboles y al rato volvió vistiendo pantakmeitos cortos, semidesnudo. Su piel blanquecina no concordaba con el sol ardiente. —¡Te vas a asari —le previnieron. Pero él ya estaba arriba, sobre el camión. —¡Raus!, ¡banda de piojos! — chilló con un chasquido de la lengua, como los S. S. en los campamentos nazis. Algunos estallaron en risa: “Los imita bien...’’, y echaron una mirada al número tatuado en su brazo. —No del todo mal —murmuró para sí una muchacha rechoncha, de bastas piernas y rostro de luna llena. Natán estaba agitano. Sólo él había oído. Sabía que la muchacha terminaría por irse. Así era siempre. Una vez hecho, quedaba en los que se iban una silenciosa pena mezclada de ansias incumplidas y recuerdos entristeeedores. Pero no volvían. Descubrió sus blancos dientes, enjugó el sudor con el dorso de la mano y chilló la única palabra que sabía en árabe: —¡Iál-la! ¡Va-mos! Las lonas de las carpas se mecían con el viento escapándose de las manos. De l-.jos llegaba humo directamente a los ojos. El pasto viejo, duro, estaballaba al arder. La tierra los miró con ojos amarillos, asombrados, negándose a responder. Dolorida y rebelde, crujía a cada estaca que se introducía en ella. —¡Tiene razón! musitó Natán. — Por dos mil años la dejaron, pobrecita, abandonada, sin cuidado. Ahora está enojada. ¡Bueno...! La muchacha corpulenta arrastró los pies entre el montón de enseres y repuestos. Entre dos rojas y brillantes máquinas de coser. La muchacha se echó a tierra, hizo la prueba de tirar, pero en vano. —Mi máquina se va a romper así —pegó un alarido en dirección al grupo. ¡Sáquenla! —¿Tu máquina? —se enardeció el cuerpeclto de Natán. ¿Qué quiere decir “mi máquina”? Los arados, ¿son tuyos también? ¿Y las carpas, y los barcos que te trajeron aquí, y toda la comida que tragaste durante estos años, y la ropa de los comités de socorro, y la tierra, la tierra? Calló. La muchacha gimoteó acongojada. El sol abrasaba; la tierra yacía rebelde, árida. * Partió el camión, y de pronto todos comprendieron que habían quedado solos en el desierto, que ya nadie vendría El mar se rindió Los visitantes se repliegan a un rincón de la cubierta y se tapan los oídos, abriendo la boca, a título de defensa contra la presión de la atmósra. Nos sentimos felices cuando nuestros artilleros dan en el blanco. Nuestra nave pasa junto al blanco y vuelvo a entablar una conversación con el marinero yemenita. —Dime la verdad. ¿Te sientes ligado a esta nave? —Si, mucho —contesta el joven yemenita. —¿Cómo son las relaciones con los compañeros? —Muy buenas. —¿Y con el comandante? —También buenas. Usted debe comprender que el oarco es una superficie limitada. Vivimos todo el tiempo jun. tos y debemos, por tanto, ser buenos camaradas. Hay entre nosotros algunos qua sa quedan a bordo muy a gusto aún durante sus vacaciones. El barco es como una casa, que une a los hombres. Diariamente aparece a bordo un diario, escrito a maquina e ilustrado por dibujantes caseros. Contiene noticias breves, información profesional y una sección humorística. Los chistes son a veces un tanto salados, como es corriente entre hombres de mar. Y vuelven a retumbar los disparos. Esta vez se dispara centra aviones. Resuenan las órdenes, breves y tajantes y el fuego atraviesa las extensiones del mar. Sí, los hijos y los nietos de los judíos de Mohilev, junto al Dniéper, y de Frankfurt, junto al Mein, salieron a conquistar el mar para el Estado de Israel. Y el mar se rindió. ' ’i Slüi mm WWW wêsëëÊê mmmßßWM WM Äi iÉ!Iͧ!ÉP mm lili Wmá ÜÜ wmm Wmmi c ' v mm mm mmM lillilillü w?MH lililí! Wm i* mm i W#\ mm mm WM ■ lllIÉi mm £#;!<• w ÿ pgilfilt / % I IIPÄ! .....w mm m%¿ MívK-J mm mm a ellos, Rivca, que fue designada ecónoma, preparó comida. Pero nadie se acercó. —Yo sufrí mucho —argüyó la muchacha. Demasiado, y ahora quiero trabajar en paz y ganarme la vida. Vienen y me mandan a poblar la tierra, aunque mis padres y los padres de mis padres nunca fueron labradores. Siempre fuimos artesanos. Vete, entonces. —¿A dónde puedo irme? No tengo nada ni dinero, ni casa, si siquiera un amigo o conocido. A la fuerza he llegado aquí. ¿De esto saldrá algo? Como en el campamento, trabajo, nada más que trabajo. —Los kibutzim que existen desde hace tiempo — le respondió alguien — también se fundaron sobre esta tierra. Ellos también pasaron las suyas al principio. —Esos vinieron de hogares felices. Eran idealistas. Y yo vengo de un campamento, y nunca he sido idealista. Quiero trabajar y vivir. Sí, sí... Dime ¿qué vida nos espera aquí, sin agua, sin casa, y este incendio ardiendo sotare nuestras cabezas? Tal vez dentro de diez años asome aquí el pasto. —¡N... no! Y de pronto todo tornóse profundo, pesaroso, y los números incrustados en los brazos callaron desesperados. Natán era el único que estaba en el país hacía algunos años. Había venido en el año 1940, de Lituania; trabajó en distintos kibutzim, se enamoró de la vida colectiva, y ahora viajaba de un nuevo punto a otro, a fin de ayudar a los inmigrantes en sus primeros meses. Había oído un sin fin de quejas y argumentos, en particular últimamente, al crecer la ola inmigratoria, cuando, de la noche a la mañana, surgían puntos nuevos en los más alejados rincones edl mapa. A cada Me contaron Erase una vez en una aldea un pebre cargador judío que vivía en una miserable cnoza con su mujer y sus hijos. Caía la noche de Pesaj. El pobre hombre no tenía nada de dinero para comprar alimentes y velas y para hacer Matzot. Llegó abatido a casa y empezó a orar para que Dios le ayudara. De pronto se apareció un hombre en la puerta y dijo: serás recompensado por tu bondad, pero recuerda que aquella sólo durará siete años. Y la casa se transformó en un gran palacio, dinero por montones y las más lujosas vestimentas y aquel hombre pudo hacer el tradicional seder de Pesaj. Pasó un año y el hombre enriqueció notablemente, pero en su alma había un remordimiento. Una noche ya cansado de la riqueza imploró a Dios que le uno de esos les decía las mismas palabras, sabiendo de antemano que no ayudarían. —De acuerdo —dijo. Ma¬ ñana regresamos a ia Casa de Inmigrantes, Trataré de que los vuelvan a recibir a ustedes. Se quedarán ahí hasta que consigan trabajo privado. ¿Está bien? —¡Excelente! Volvamos —respondió la muchacha y se fué a comer. —¿Por qué hablas en plural? — argüyó alguien. —Yo, por ejemplo, no tengo intención de regresar a la Casa de Inmigrantes. Yo quiero quedarme aquí, suceda lo que suceda. Ella, si quiere irse, que se vaya... Al atardecer estaban las carpas listas. La muchacha deslió sus cosas y, extendiéndolas en algún rincón, colocó los paquetes en torno y se durmió de inmediato. (Cont. en el próximo número! Los Bosques del K. K. L. 1— Bosque de los defensores (alef). 2— Bosque Biria. 3— Bosque en Kfar Hajoresh. 4— Bosque Balfour. 5— Bosque Meiiasché. 6— Bosque Wingate. 7— Bosque Herzl (alef). 8— Bosque Herzl (bet). 9— Bosque Kiriát Anavim y Maalé Hajamischá. 10— Bosque de los Defensores (bet). 11— Bosque del Presidente. 12— Bosque de los Héroes. 13— Bosque de los Mártires. 14— Bosque de los defensores en el Neguev. en el Seder devolviera su antigua casita y que quería volver a la vida que había llevado. Nuevamente apareció el hombre en la puerta y dijo: tendrás tu deseo e inmediatamente volvió a tener la antigua casita y las antiguas vestimentas. De inmediato apareció su esposa regañándole por lo que había hecho. Días después apareció el hombrecito diciendo: Tu esposa será castigada por su vanidad. La esposa de aquel cargador estuvo durante diez años convertida en paloma y cuando pasó aquel tiempo y volvió a su figura normal pasó a ser la mujer más bondadosa que se haya conocido. B. I. V/nvr» ISRAEL X# T«i AVIV

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