Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XVI (1954)
- Issue
- 3 (Marzo, 1954)
- Date
- 1954-03-01
- Page
- Seite 12 (sequence 17)
- Language
- German
- Belongs to
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12 BOLETIN INFORMATIVO Marzo, 1954 UN ENCUENTRO QUE NO RESULTO Damos a continuación un pequeño trozo sobre la vida de Baruch Spinoza, según los escritos de Israel Zangwil. En realidad me gustaría decir unas palabras acerca de Spinoza, no es mucho lo que sé sobre él, desgraciadamente.!A tal efecto decidí el otro día visitarlo y conversar con él, en caso que recibiera a un simple hombre mediocre. Así que me dirigí a su habitación, allá perdida al fondo de un viejo caserón. Al tocar la campanilla, me recibió una señora amable y con cava de queso holandés. Pregunté por Baruch. No conocía a ningún Baruch. Ah, sí! quería ver a Benedict (su nombre de filósofo); ya, ya. No, no estaba. —¿Dónde está? —Fué al Sao Paulo a tomar un café. Usted sabe, no tiene hora fija para volver... ¿Es usted amigo suyo? —Si, soy un amigo más. —¿Cómo se llama? —León Arba. —No lo conozco. —Claro que no. Es la primera vez que me ve. —¿El, lo conoce? —Vaya. De ninguna manera. Pero de todas maneras soy un amigo. La buena señora me mira con cara extrañada, pero se guarda su opinión, más que seguro que no debe ser nada de buena. Me mira de arriba abajo y de abajo arriba otra vez, y me dice con desconfianza: —Si quiere esperarlo en su pieza, aquí tiene la llave, segundo piso la puerta del fondo. Por más que me esfuerzo, la llave no abre, furioso le doy un empujón de los fuertes, la puerta se abre, lógico, estaba abierta. Vaya la covacha, peor que la mía. Sólo faltan las telarañas, a lo mejor las limpiaron recién en la ma¬ ñana. La cama atestada de libros. Al medio una musita con una lámpara que debe dar luz ya por inercia. Sobre la mesita dos o tres libracos, y por demás cubierta ds hojas manuscritas. No veo ninguna máquina de escribir. Todo está en penumbras a pesar nue Ia ventanuea está abierta. Me siento bien en ella; igual como en mi pieza, quizá mejor. Al revisar una de las hojas del manuscrito, no entiendo nada, está en latín; en un título descifro: Tractus Theologico-Politicus, deduzco lo que puede significar. También descifro Ethica, se me van abriendo los ojos, y sigo sin poder leerlo. Como se pasa el tiempo, debo ir a una conferencia del doctor Konitzer sob-e A. Schweitzer. Qué mala suerte que no haya podido conversar con Baruch. Cuánto lo habría deseado! Otro será. Se está haciendo tarde. Lamento no haber podido entrevistarme con el; estas líneas habrían sido más interesantes. Por ello, les damos un fragmento sobre Spinoza según Zangwil, creo que lo conocía mejor que yo. Que mala suerte la mía, no saber latín (ya lo aprenderé); así que: Hasta otro día. LEON ARBA EL PULIDOR DE LENTES Mientras Klaartje hablaba de su libro, con los ojos ¡brillantes, algo elemental primitivo, corrió por las venas del filósofo, algo que le ufgia a refundirse en la vida universal más tangible que ■por el Intelecto. Sus dudas y sus vacilaciones huyeron. Deibía hablar ahora'o el mc-mer.lto no volvería jamás. Si tan sólo pudiera desviar la conversación de los temas filosóficos. Llegó poco a poco al terreno personal. Su padre no quería llevarla consigo a París, hablaba de posibles peligros, e insinuaba que era tiempo de que se independizara de él. En el claro reflejo de su mirada se advertía una especie de confesión. Esto le animó a tomarle las manos y a ¡balbucearle un pedido de que fuese con él a Heideiberg. El resplandor desaparéele de los ojos de ella, su rostro palideció. El corazón comenzó a palpitarj le fuertemente y después de un silencio exclamó: —¡Pero tú eres judío! Spinoza qu-dó desconcertado, y le soltó las manos. —¡Pero tú no eres cristiana!— dijo. Lo sé... Pero, sin embargo... Nunca me imaginé nada de este contigo... era tan sólo el cerebro. .. el alma... —El alma y el cuerpo no son más que un hecho. —Las mujeres no son filósofos. Yo... Se Interrumpió. Sus dedos Jugaban nerviosamente con un collar de perlas que se agitaba Junto, con. su'pecho. Mientras lo miraba, Eolnoza se asombraba de que ella .tuviera ahora esos gustos extravagantes. Luego, consciente de su angustia, preguntóle tranquilamente; —¡Esconces, ¿no hay esperanza para mi? Guard.¡ ella un silencio doloroso. —¿Nunca? ¿No podrías nunca?... Un acceso de tos lo sacudió. Sí no hubiera habido otro, I —murmuró Klaartje, y sus ojos j se volvieron, como disculpándose, j hacia el collar. I El alma del filósofo se llenó de ¡ mortal amargura. Tuvo un re-; pentino e irónico sentimiento de j que había una falla en su filo-! soíía matemática. Había escu- ¡ deifiado el secreto del Sar; había! analizado y urfficado todas las cosas. Sin embargo, aquí se levantaba una fuerza aislada, una voluntad de mujer, que se interponía resueltamente entre él y la felicidad. Le parecía verla, por detrás del rostro serio de la Joven, burlándose perversamente de él. La puerta se abrió y entró un joven. Vertía a la última meda, una capa de s°da de Venecla, cuello de encaje de Flandes. jubón de raso, zapatos con hebillas de oro. —¡Diedrich! — exclamó ella, con acento de alivio —, aquí está Heer Spinoza, por fin. Este es Heer Kerkkrinck... —¡Espinoza! Lo contempló con veneracl-ífn, la veneración de los que se saben Inferiores a los grandes cerebros de la tierra. No estrechó la mano que Spinoza le tendía, sino que se la llevó a los labios. El solitario pensador y el amante afortunado permanecieron un Instante así, envidiándose y admirándose uno al otro. Luego Spinoza dijo cordialmente : —¡Ahora que he tenido el pía- ¡ cer de conocer b Heer Kerkkrinck, j debo emprender el regraeo a ¡la i ciudad a rites de que se ptonga obscuro el camino. —Pero mí padre te Invitó a cenar don nosotras — munmuíó Klatrtje, —Es una noche sin luna, y los asaltantes me pueden tomar por •un Judío, — dijo sonriendo el filósofo — despedidme del doctor. Era una noche sin luna, en realidad. Pero ny> salió al camino Instintivamente se dirigió a la olaya. Una vaga neblina envolvía todas las cosas. Veíanse las forma' ’oníusas ¡de las barcas y las relés. Se apoyó contra el flanco de '.na barca, aspirando los aromateres del alquitrán y la sal, miando las luces de un buque que -■3 alejaba. Extendíase el mar a la distanola, silencioso, ir|m:vil y sombrío alvo donde rompía en blanca es cuma, a sus pies, Junto al horizonte, un negro muro de nub“" varéela alzarse de las mismas aguas, }' unirse al cielo plomizo -rué cubría con su bóveda las grandes superficies planas. En ausenc'a de las estrellas, la tierra misma parecía ganar en vastedad y en misterio, sola y obscura entre los planetas. Y de la noche silenciosa, y del mar, y del cielo, y de las solemnes y austeras estepas de arena y de los ¡bosques, donde los colores y las formas se perdían en una unidad meditabunda, vino' a Sol noza un sentimiento nuevo y elevado de la Substancia infinita y slrj término, cuyo amor y adora- ’ión era exaltac'ón y éxtasis. El solitario pensador comulgaba con el Ser solitario. Aunque me dé la muerte —murmuró su corazón—, creeré en El... SI, aunque las ruedas de las cosas hablan pasado sobre su cuerpo, aún podía regociarse en el movimiento eterno que llevaba ¡a felicidad a otros. ¡Otros! ¡¡Cuán lleno estaba est; mundo de existencias, cada unt perfecta a su modo: las leyes d a naturaleza de Dios produce1ibremente cada concepción de t. nfinito intelecto! En el ¡hombr c-lo, cuántos géneros diversos, es pedes. Individuos, desde santc pasta criminales, desde viejos íi ' í;sofos hasta jóvenes vividores cdos para ser comprendidos, nin juno para ser odiado. Y el homire, una fracciónl apenas en la existencia de un pequeño globo fue giraba, que giraba, no ¡sobre ’1 eje del hombre, que se movía, no para los fines del hombre soamen-te. Este mar que ante él se extendía, quieto, no estaba sublimemente muerto, sino penetrado de trémula sensibilidad: Los peces vivaces, estremecidos di vida, saltando y deslizándose, persiguiendo y perseguidos, devorando con avidez o rápidamente devorados; en el espacio, el éxtasis del vuelo; en la tierra, el movimiento venturoso de los animales, el ¡mismo suelo palpitante con las poblaciones que se arrastraban invisibles; cada diminuta criatura, una perfecta expresión ¡de la Idea de su esencia, individualizada por su tentativa, su esfuerzo en existir a su manera. Sólo en' el hombre la potencialidad de penetrar por medio de la Razón en el éxtasis intelectual del amor conque Dios se ama a SI mismo, para regocijarse de la fuerza del león y de la gracia de la gacela y la hermosura de la mujer que pertenece a otro. ¡Benditos los amantes venturosos, bendita toda la maravillosa creación, bendito el Eterno Ser que creaba el desfile Imperecedero! Millares de siglos antes de su nac'miento, ello había sido, el gran! desfile a cuya esencia pertenecía el Ser; millares de siglos después de su tránsito efímetro, continuarla palpitando, ofreciendo al alma humana vencida, la suprema elevación. Disponía de un instante para (sontemplarlo; más, ¡comprender Su esencia, penetrar Su3 grandes leyes, verlo subeepecle aetern'ltatis, era participar de su eternidad. No habla necesidad de viajar a través del tiempo ni del espacio 1 para descubrir Su movimiento, i Igual en todas partes, tan per-! fecto en el más remoto pasado co_ j mo en el más lejano futuro; y en ¡ modo alguno tendiente —como el i vuleo Imaginaba— hacia una po- ¡ sible perfección: por doquier surj gido de las -mismas necesidades de | ESPIRITU ISRAEL ¡N\ /J\ ■ 32? Quien es propenso a la ira y en seguida se calma, compensa el mal con el bien. Quien tarde se enoja y tarde se calma, pierde el bien n >r el mal. Quien tarde se enoja y luego se calma es un hombre honesto. Quien es propicio a la ira y tarda en calmarse, es malo. S A L U A cuatro cosas se asemejan los que siguen las lecciones del maestro: a la esponja, al embudo, al colador o al cedazo; La esponja recoje todo; el-embudo lo que entra de una parte sale por la otra; el colador deja pasar el vino y recoge el poso: y el cedazo deja pasar la harina y recoge la flor. “EL TALMUD”. CANCIONES DE PURIM fiääda wcLcw «u ouw «o/ v üc «¿un* CicatLa-lu k, tu ácw etf&Lü Ü&a í&um lukLa LtuIULÁu -UH—U&’ i* tic «tust íx wLo um Wqu ‘qosBj'qasw'qosw'qsqos - j-¡reu qvM-sqdjosvJ'ipsejHpsví Tnip-UVUHMAOJ *1« - js mni-eqós-u toqa-M-svta ‘uqp -nqf - f)q . — m iop-«3 ‘uqj-nd Seqo ‘wji -nd opma>¡t ‘oajd la divina libertad. ¡Progreso! Tan Ilusorio como el movimiento de ese barquillo que, firmemente anclado, parecía zarpar siempre hacia el horizonte. Y así, en ese éxtasis de adoración, en esa sagrada Gloria, en esa conciencia de que había librado su última batalla con los afectos esclavizadores, formáronse en su alma, resplandeciente de luz, las últimas partes de su obra máxima: “Vemos entonces cuál es la fuerza del que sabe, y por cuánto sobrepasa al ignorante que es arrastrado tan sólo por el afán material. Porque el no sólo es agitado por causas exteriores en muchos medios, y nunca goza de verdadera tranquilidad de alma, sino también vive en ignorancia de Dios y de las cosas, y en cuanto cesa de sufrir cesa también de ser. ‘ Por el contrario, el sabio, considerado en esta, cualidad, no conoce la, turbación irlierlor, -sino q-ue teniendo, por cierta la necesidad eterna, conciencia de si mismo, de Dios y de las coras, no cesa Jamás de ser y posee el verdadero contento. SI el camino que he demostrado que conduce aquí, j parece extremadamente arduo, no por eso debemos dejar de entrar en él. Ciertamente tiene que ser arduo lo que se encuentra con tan poca frecuencia. ¿Sería posible, si ía salvación estuviese en nuestras manos y se pudiera conseguir sin gran esfuerzo, que fuese desde¬ ñada por casi todcs? Pero todo lo que es hermoso es tan difícil como raro". Así decían las palabras que no debían morir. Súbitamente un resplandor en las nubes obscuras anunció que la luna Iba a aparecer: surgió primero un cuarto, rojo entre la niebla, luego la órbita completa, dorada casi como el sol. SpiiOza despertó de su ensue¬ ño.; m ropas estaban húmedas ñor el rocío, sentía ¡a niebla en ñi garganta. Tosió y parecióle que la sal del aire habíase infiltrado en su boca; y al ver que esrrrnfa sangre, comprendí?; que no perman-ceria mucho tiempo separado de la Eterna Unidad. Pero no hay. nada en que un hombre líbre medite menos que enl la muerte. Deseoso de escribir lo. que había en su pensamiento, Spinoza volvió la espalda al mar y emprendió el camino de su casa.