Mannheim
Compact Memory

Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1954-01-01 · 1 (Enero, 1954) · p. Seite 10

Scan of the page
Image: UB Frankfurt, Visual Library (IIIF)
Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XVI (1954)
Issue
1 (Enero, 1954)
Date
1954-01-01
Page
Seite 10 (sequence 10)
Language
German
Belongs to
journal issue
OCR quality
72% known words query
IRI
…/8553624-8556560-9194028--1279-8556570
Visual Library
page viewer of the UB Frankfurt

No entity mentions on this page.

OCR text

10 BOLETIN INFORMATIVO Enero, 1954 EL DESINFECTANTE «Mu l.o Una terrible enfermedad afecta los toma, tes. Zwi, sin em. bargo, no deses. pera y trabaja confiada men te con el tractor porque... 2.0 Moishe saluda a Zwi desde la altura y éste le contesta, sabe que Moishe ha partido en el avión para echar polvo de. sinfectante. 3.o El avión pa. sa y Zwi co. mienza a sentir algo raro. 4.0 Zwi no puede parar de estor. nudar y por ello Moishe se da cuenta... de que se equivocó y echó polvos pa. ra estornudar, en vez del desinfectante. La conversación se interrumpe. El autobús se para y recibe nuevos pasajeros. Entre ellos, un joven soldado, un “jalal”, como se dice en Israel. Sube el milico furioso y excitado y se pone de inmediato a desahogar su cólera ante el chofer, en voz alta, para que todos escuchen: ¿Habrase visto? ¡Tamaño tupé! —¿Qué cosa? —le pregunta el chofer. —Estoy parado en el camino y hago señas a los coches para que me lleven, y ni caso que me hacen; pasan todos de largo y me dejan con tres palmos de narices... Sigo esperando, y he aquí que cuando ya logro parar un auto, justo tiene que ser un coche militar, y el que lo maneja ni más ni menos que mi jefe. ¿Qué les parece ese encontrón? El asunto me dejó un poco aturdido, porque de casualidad salí sin permiso y con miedo a que me pesquen en la falta. ¡Bonito lío! Y... ¿qué creen ustedes que me pregunta de entradav: —¿Tenéis la licencia? —No —le contesto—. Y ya me palpito una temporada a la sombra. —Si es así, no puedo llevarte —me dice lo más seco—. Y de un portazo me deja bien plantado y desaparece con su coche. ¡Tamaña insolencia! Los pasajeros, junto con el chofer, miran con asombro y risa contenida al enojado soldado. —¿Y todavía se enoja? —Ya no puede contener la risa el chofer. Y con él ríen todos los pasajeros—. Tiene que decir muchas gracias que no lo ha arrestado. Y ni siquiera le tomó el nombré. —Eso es otra cosa —no quiere apaciguarse el soldado—. Si me corresponde un arresto, que sea un arresto, Dero ¿por que tiene que negarse a llevarme en el coche? Eso de dejarme plantado en mitad del camino es una desfachatez de parte de un oficial. El se pasea donde quiere con su máquina y a mí un portonazo en las narices y me deja en la calle!... En Jedera baja gran parte de ios viajeros. También nuestro soldado y la mujer con el niño, pero sube en cambio una cantidad más grande de pasajeros y la estrechez se hace maycr adentro. Entonces logré ocupar un asiento, al lado de una ventanilla, no lejos del chofer. Entre los recién llegados al coche llaman la atención un judío ortodoxo y su mujer. Se trajeron no mencs de ocho fardo?, algunos atados con so gas, otros envueltos en colchas. Acampan con sus paquetes contra la llamada puerta de auxilio, cubriendo la misma encima de la ventana. La mujer —que lleva peluca— se encarama poderosamente sobre los ¡bultos, como una buena guardiana, y parece no afectarle en lo más mínimo el obstaculizar el camino a medio ómnibus. El. parado a un lado, saca un libro y se enfrasca tranquilamente en su lectura. Puede verse que vienen de algún campamento. A ninguno se le ocurre observarles por qué sitiaron la salida, simplemente, pues no se ve otro lugar donde pudieran meter esos ocho tremendos bultos. Al chofer, en cambio, le preocupada que la puerta de auxilio esté así obstruida, pero no quiere interpelar a la pobre pareja, para no apenarlos. Sólo atina a decir, quizá por apaciguar a su conciencia: —No está bien, señora, de atascar la puerta con tantos paquetes. —¿ qué quiere que haga con ellos? ¿Qué los entierre? —le contesta la mujer desde lo alto de su bulterío. —Pero eso es peligroso —tercia un pasajero. —¿Peligroso? —dice la mujer entre labios, pero con voz resuelta—•. ¿Desde cuándo te. nemos los judíos miedo al peligre? Y bien, dadme una carreta para mis trapos, para llevarlos del campamento. ¡Dádmela! El marido levanta por un minuto la vista de su libro, fecha una rápida y significati, va mirada a su mujer y de nuevo se sumerge en su lectura. Su silencio, su ensimismamiento en el libro, inspiran résoeto a los pasajeros y ya nadie vuelve a hablar del asunto. De pronto se oye la voz des. contenta de una mujer, desde otro rincón. Casi contra la puerta de acceso, apretujada entre los pasajeros, de pie, una mujer joven, bien vestida, f'on anillos en sus dedos y un lindo sombrerito, empezó a dar rienda suelta a sus exigencias y enojo: —Es muy descortés que a una mujer no le den asiento; es muy feo. Y usted —se dirige al chofer—, usted podría prestar mayor atención para que sus pasajeros sean más educados. —¿Qué le hace pensar aue no lo son? —pregunta el chofer. —En Eurona no dejarían a una dama viajar así, de pie. en un tranvía. —¿Está hablando de usted misma, no es cierto? —intervienen varios a un tiempo—. Es decir, aue Europa le gusta a usted más? Pues bien, tiene usted la alternativa... Alguien, sentado justo al lado de la exigente dama, se levanta, no obstante, y le cede el asiento. Ella se sienta muy oronda, pero ya no vuel. ve a callarse. Sigue en tono colérico: —¿Así oue tenvo la alternativa? ¿De dónrie sabe que tengo la alternativa? —vor sunuesto oue sí —-»spondió otro, un i oven vestido con camisa corta, delgad" y esbelto v con una expresión aleo triste en su interesante rostro—. Si yo no hubiera auerido v°nir a Israel, hace nuince años, no lo hubiera hecho. Ahí está la desgracia, oue la mayoría de los que vienen hov. lo hacen a la fuerza, noroue no tienen otra alterativa. Y cuando llegan, no hay forma de comoensarles la molestia oue se tomaron ... Como si nos hicieran un favor a nosotros, no a sí mismos. Ri no, una muier como usted no estaría haciendo bamllo avmra para que le den un asiento. —Es usted muy vivo, según parece —se enoja más aún nuestra dama—. ¿Qué se hace tanto el grande frente a nosotros, recién llegados? Y si hace quince años que está aquí, ¿hay que pagarle por eso? No importa, yo arriesgué algo más que usted. Yo aban, doné una casa, una fortuna en Hungría y me vine aquí. —¿Usted ha abandonado? ¿O se lo han hecho abandonar? —se indigna ya el joven. —¿Y si me la sacaron, qué hay? ¿Por ello tengo que seguir sufriendo ahora? —Usted no parece una peí sona que sufre. Está bastante bien vestida y también luce lindos anillos en sus dedos. —¿Y qué, me envidia poi eso? A nadie se los he robado y a usted menos todavía. —Por mí puede usted usar t.odcs los anillos que le vengan en ganas. Mi mujer no lleva joyas en sus manos. —No será por culpa mía si no tiene. —Si no tiene es porque no las necesita —acentúa el joven ccn agudeza—. Nosotros no precisamos joyas, y menos aún nos hacen falta dedos delicados, con anillitos... Mi mujer trabaja como yo todos estos años en una colcnia y no andamos en quejas contra nadie. —No todos tienen que ser como usted y su señora —no quiere rendirse la aludida—. Y, además, yo sufro bastante ya. Y sufrí antes también; ya puede usted saberlo y otros como usted y no echarme en cara que llevo un sombrerito o unos anillos. Y la cara de la enojada se¬ ñora empieza a alargarse como si fuera a llorar. —Nada le echo en cara, se¬ ñora —agrega el joven—, pero es bueno que sepa que nos. otros padecimos más que usted cuando llegamos a este país; mucho más hemos errado de un lugar a otro; mucho más sufrimos la malaria y otras pestes... ¿Todavía no tiene usted casa? Cinco años seguidos he vivido en una carpa de lona, masticando pan con arena y con espinas. .. ¿No está usted bien? Seguramente es cierto que no le van tan bien: usted está nerviosa y caprichosa y llena de quejas y de enojos. Usted exige que se levanten an_ te usted y le cedan el asiento? Pues bien, ya ve que le han cedido el asiento. Pero quiere usted ser la gran dama y mirarnos q todos de arriba a abajo. ¡.También! ¿Les parece poco? ¡Ha renunciado usted a Hungría! ¡Perdió a Hungría! ¡Es lástima, Hungría no puedo ya devolverle! ¡Tendrá que resignarse, pobrecita, a vivir sin Hungría! ¡Es lástima, Hungría no puedo ya devolverle! ¡Tendrá que resignarse, pobrecita, a vivir sin Hungría! ¡Qué vamos a hacerle! Pero una cosa está clara, señora: usted no va a construir a Israel. No. no. Ni usted ni otros como usted construirán Israel. Me duele decírselo, pero me obliga a ello. Y perdone que le Insisto en ello: No por medio de gente como usted se construirá nuestro país. ¡Adiós, señora! Con una seña al chofer, para que pare, bajó el joven de un salto del vehículo. El ómnibus siguió su camino. Las palabras de ese joven parecían pender sobre los pasajeros en todo su punzante e inciso vigor... La dama de Hungría permanecía como ausente, con el rostro entre las manos,, apoyada en la ventanilla, y un ligero movimiento de sus hombros parecía indicar un llanto intermitente y silencioso. .. Yo seguí con mi vista al chofer, que cada rato se volvía hacia ella; quería decirle algo —se notaba—, pero no encontró la palabra adecuada... ¿QUIENES SON?

Text as recognised by OCR (ABBYY FineReader), without corrections. Entity mentions: TagMe (2021); their positions were matched to this text again.