Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XV (1953)
- Issue
- 12 (Diciembre, 1953)
- Date
- 1953-12-01
- Page
- Seite 12 (sequence 12)
- Language
- German
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12 I BOLETIN INFORMATIVO Diciembre, 1253 gote Stalin. “Se vé que él no estuvo entre nosotros”. “Miren quién habla”, le contesta una chica-soldado de expresión atrevida que está junto al pelirrojo. “Don Juan, rompe corazones. ¿Tal vez quieres ser Besador oficial del regimiento? El pelirrojo se encoge los hombres y se va a pasear al costado opuesto del salón. La tapa del cajón sobre el que estoy parado es de 30 x 30. Estoy muy cansado para estar de pie en el lugar. Me pongo a pasearme por el cajón como si estuviera pisando uva en un lagar. El sargento que está en el escenario le explica a Uri (Nombre del protagonista de la obra) el plan de acción del regimiento. Mientras tanto el sargento que está a mi lado descubre por ahí un rostro que parece resultarle conocido. “¡Ahalán! ¡Yánkele! ¿Por dónde anduviste?” —“Halo, Shrulik! ¡Qué pregunta! Anduve haciendo buena vida por Tel Aviv. Te digo, una papa... ”. El sargento abandona su precioso lugar y se va conversando... Todo esto no quiere decir que el público no preste atención a la obra. Al contrario, escucha con los cinco sentidos. Sólo que es demasiado dinámico para conformarse con una sola cosa. Y así actúan Janá y Emanuel en el escenario, y Yosef, Dani y Eitán, en el salón, y nadie molesta a nadie. Armonía perfecta —una pieza sobre la vida del Palmaj... Se encienden las luces. Intervalo. Pero la función en el salón prosigue sin pausa. Los Tarzanes ^descienden de sus sogas del cielorraso. En un rincón se amontona el público alrededor de Ruti, morena vestida de blusa y pantalón blanco, que exhibe unas piernas que bien merecen ser exhibidas. Está de pie sobre un cajón, y los muchachos con las gorras australianas extranjeras, se paran frente a ella uno después de otro recordando el conocido encuentro entre Romeo y Julieta. Nuevamente se apagan las luces. Sobre el escenario se prepara un gran ataque. Se necesita un voluntario para ana misión peligrosa. Una bicoca; cada uno de los que se mueven en este salón iría con gusto... Gran alboroto al lado de una ventana. Uno de los “Colados” se cayó afuera y arrastró consigo el vidrio de 'a ventana. Por un instante;e asusta Uri sobre el escenario. Después prosigue con 5U ataque. La obra toca a su fin. Se- -ía difícil decir que en el sa- ’ón reina el silencio. Alguien trepa las paredes o se arrastra por cima del cielorraso o cuenta algún chiste o se ocupa de una chica. ¿Qué hay con eso? El público todo está penetrado por toda la buena voluntad del mundo; aprecia a los actores que están sobre el escenario y a su manera sigue sus acciones, y al asunto le interesa. Y desoués de todo no pueden exigir de soldados combatientes pie estén sentados en silencio como un público de “acomodados” vestidos de uniforme en la sala de Mugravi Tugar céntrico de Tel Aviv Icnde se encuentra la Sala leí Teatro de Cámara)... Basta. Uri muere. Nosotros alimos. Ya es la una de la coche. Por aquí y por allá se orman parejas. Yo me paeo a lo largo de la hermosa ivenida hacia el lugar de íuestro encuentro. El cami- 10 está silencioso, las estrelas brillan y estoy solo. Derás de mí conversan las voes de los palmaj enses que luscan aventuras después de res horas de “descanso”. Un jeep viene hacia mí. En T está sentado Shaul, nuesro chofer coronado con su gorra australiana y sus collaes árabe. Me están buscano. Se cambió el orden de los horarios y tenemos que saa natrullar en seguida. ESPIRITU WHIKÚiAWl 11 ISRAEL BEN-SOMA SOLIA DECIR: ¿Quién es sabio? El que aprende de los demás ¿Quién es héroe? El que domina sus impulsos ¿Quién es rico? El que se contenta con lo que posee ¿Quién es honrado? El que honra a su prójimo El brillante I. L. PERETZ Cuando hablamos de las ceremonias religiosas y discutimos, acaso tienen valor alguno, Reb Schloime nos relato la historia del brillante... Había una vez —contó— un agricultor. Era un extranjero en la colonia y nadie se daba con él. Hablaba otro idioma y nadie le entendía ni quería entenderle. Una vez encontró un brillante. Mucho no entendía de piedras preciosas, pero tampo co era un gallo para confundirlo con un grano de maíz. “Brilla y resplandece. Es un pequeño sol —pensó. — ¡Debe valer una fortuna!”. Pero con una piedra preciosa entre gente desconocida, la vida corre peligro. Si se enteran del hallazgo, son capaces de asaltarlo esa misma noche, romper las ventanas y llevarse la piedra junto con su vida. ¡Hay que guardar la piedra! No le dijo siquiera a su mujer lo del brillante. La quiere mucho, pero es una mujer —cabellos largos e ingenio corto— no sabrá guardar el secreto. Volvió a la colonia y enterró el brillante en el jardín, frente a la casa. Para poder encontrarlo luego, puso una piedra encima, pensando que cuando vinieran tiempos mejore«, sin odios, iba a saber dónde estaba el tesoro, que entonces podría brillar a la luz del día. La joven esposa notó una vez la piedra. Era una pena el espacio que ocupaba: en su lugar podía crecer una cebollita, un pepino... ¡una pena! Como no nodía sacar sola la piedra, pidió ayuda a su marido. El se asustó: —¡Dios libre! — exclamó — ¡No toques la piedra! —¿Por qué? —Es una piedra milagrosa que nos trae suerte. —¡Ri es una niedra común! —:Ya lo ves! Ella dudaba, sin estar segura de si el marido lo decía en serio o en broma. Lo miró a los ojos y los vió serios, casi duros, sin una chispa de alegría. Bueno, ella auería al marido, lo consideraba inteligente y honrado, ¡y además era una muler! Una mujer es feliz si nuede creer en algo, un milagro, una señal do arriba... Como no podía perder tiempo, puesto que había nue sembrar en la quinta, obedeció y siguió trabajando. Al segundo día notó el hombre dos piedras en lugar de una. —¿Qué es eso? ¿Y la segunda piedra? — preguntó. La mujer sonrió. Durante la noche durmió mal... La luna pentraba tan maravillosamente en la habitación... Y se sintió mal. extraña, tenía miedo... No quiso despertar a su marido y entonces bajó de la cama, fué al jardín y agregó otra piedra. El la tranquilizó. ¿Qué iba a hacer el marido? Vaya uno a enojarse con una mujer cuando ella sonríe tan dulce e infantilmente y pone su mano blanca y pequeña sobre el hombro y acerca a la boca su frente de alabastro... El besó con gusto la frente, buscó en los ojos azules la respuesta a su inquietud de anoche... y calló. La joven mujercita consideró el beso como un premio a su bondad y devoción. Y cuando quería un beso en la frente, colocaba otra piedra en el HONRAN A DOS SABIOS llilÉÉ mm mWm: * i F, A. LIPMANN Y H. A. KREBS, pertenecieron en los años anteriores al nacismo, a un grupo de los jóvenes investigadores en un instituto bioquímico alemán. En el año 1933 ambos tuvieron que fugarse de Alemania, por el hecho de ser judíos. Desde los Estados Unidos e Inglaterra, respectivamente, trabajaron activamente en el aclarecimiento del proceso metabólie o en el hombre. Después de muchos años de intensiva labor, recibieron lo merecido: Premio Nobel de Medicina y Fisiología 1953. ba, aparecían lágrimas en sus ojos. El matrimonio tuvo hijos -un varón y una mujer. La niña no se asombró, no preguntó y se limitó a imitar a su madre. La madre colocaba piedras grandes, la hija, pequeñas; pero las piedritas crecían junto con ella. El inteligente hijo preguntó : —¿Qué significa? —Las piedras —contesto la madre, orgullosa de poder mostrar su sabiduría —dan suerte, fortuna. —¿Por qué? — preguntó sorprendido el niño —¿qué quiere decir suerte? ¿Acaso puede tenerse más de lo que se gana trabajando? La madre ya no comprendió esto. —Pregúntale a tu padre. —Cuando seas mayor comprenderás también esto _le dijo el padre. Y cuando fué grande le conto el secreto del brillante. Y lo mismo ocurrió con muchas generaciones. Cada una entregaba el secreto a la siguiente. En cada generación había uno que sabía lo del brillante y los demás creían que las piedras traían suerte, que cuando más había, mejor era y no cesaban de agregar piedras. Los vecinos miraban admirados. Algunos reían a carcajadas; otros, por el contrario, sentían respeto por viejas costumbres que ellos habían encontrado así al llegar al mundo. En la familia misma, el arrojar piedras se convirtió en un culto, un rito sagrado algo asi como servir a Dios. ’ Los jóvenes protestaban; los viejos, airados, amenazaban con sus puños huesudos. Los jovenes hacían discursos acerca de las piedras y los viejos decían: —Así como vivieron nuestros padres, viviremos también nosotros. Nuestros abuelos eran más inteligentes que potros y echaban piedras ¡Entonces tiene que ser así' Y otras sentencias por el estilo, sobre las que descansa el mundo; es decir, nuestro mundo humano. Y cuando un joven se oponía en algo, los viejos querían ‘‘romper los huevos, que quieren ser más inteligentes que las gallinas”. Y cada año se despedían los jóvenes con los ojos llenos de lágrimas del viejo hogar para buscar trabajo en lugares extraños: a comer pan de hornos extraños y a dormir bajo techos ajenos. ¡Porque en casa ya era imposible seguir viviendo! La montaña de piedras iba creciendo día a día. Con el tiempo, las piedras sagradas cubrieron las puertas y ventanas. —Dejen por lo menos —decían los jóvenes —agrupar las piedras; que crezcan hacía el cielo y ocupen menos lugar en la tierra. ¡Qué haya donde arar y sembrar! —¡Herejes! — gritaban los ancianos — ¡Llegarán a las piedras por sobre nuestros cadáveres! Reb Schloime quedó pensativo y luego sacó su tabaquera. Nosotros, que desde hacía un rato habíamos olvidado las rocas y casi no respirábamos, respiramos ahora aliviados. Alguien preguntó: —¿Y por qué calla el que sabe el secreto del brillante y no trata de conciliar a los jóvenes con los viejos? —La desgracia es, precisamente — dijo Reb Schloime— que con el tiempo olvidaron el brillante. Quizá alguien que murió repentinamente y no tuvo tiempo de dejar su testamento ... Quizá alguno no creyó a su propio padre y no quiso engañar a su hijo... Basta. Olvidaron al brillante y jóvenes y viejos pelean por piedras. Reb Schloime terminó. Nosotros preguntamos: —¿Quién es el brillante? Y quisimos adivinar: •—¿La esencia del judaismo? —¿Los Diez Mandamientos? —¿Ama a tu prójimo como a ti mismo? Pero Reb Schloime no respondió. Una sonrisa misteriosa vagaba por su rostro...