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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1972-02-01 · 2 (2.1972) · p. Seite 5

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXXIV (1972)
Issue
2 (2.1972)
Date
1972-02-01
Page
Seite 5 (sequence 5)
Language
German
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FEBRERO 1972 BOLETIN INFORMATIVO 5 Con motivo del 30? Aniversario de su trágica muerte (el 10 de Adar de 5702, 27 de; Febrero da 1942), reproducimos a continuación el extracto de un artículo sobre la vida y obra de Stefan Zweig, de la revista "Herencia Judía", publicación de la B'nai B'rith. LA TRAGEDIA DE STEFAN En un pacible atardecer estival, cuando el brillante sol de Brasil había aplacado un poco su fuego y sus rayos se hundían lentamente en los cerros circundantes caminaba por las calles de Petrópolis. Me dirigía al cementerio, donde Stefan Zweig, el errante sin hogar, y su mujer encontraron el tan anhelado descanso. Una suave brisa vespertina mecía las hojas caídas de una corona marchita, lanzándolas al aire, como símbolo trágico del fin de estos dos cansados vagabundos, cuyo destino judaico les trajo hasta aquí para que sus vidas fueran interrumpidas prematuramente. Sobre una gran piedra lisa, en caracteres hebreos y latinos, se leía: Stefan Zweig murió el décimo día de Adar, febrero de 1942”, y al lado: “Elizabeth Charlotte Zweig falleció...” En una villa blanca y resplandeciente, rodeada de palmas y un pequeño jardín, Zweig sintió la soledad y un ardiente anhelo de paz. Despertándose, en una tranquila noche brasileña como ésta, abrió la llave del gas y, junto con su mujer, dió fin a su encuentro con el desarraigo. La noche antes del suicidio escribió sus últimas palabras: “Me despido de la vida en plena conciencia y por mi propia voluntad. Doy gracias al país que me recibiera de modo tan cordial y me diera la oportunidad de continuar mi trabajo. El mundo del espíritu y el lenguaje, donde yo creciera y creara, yace destrozado y en cenizas. Llamas de odio consumen Europa. Mi hogar espiritual se ha destruido así mismo y está aniquilado. El errar por el mundo y el desarraigo han agotado mis fuerzas y a los sesenta años me siento demasiado cansado para comenzar de nuevo. Ha llegado a la conclusión de que éste es el mejor camino”. Frente a su lápida, en la penumbra del atardecer, recordé mi encuentro con el, en Nueva York, en febrero de 1939. Pocos meses después de la “Noche de Cristal”, aún flameaba el fuego de las sinagogas incendiadas, miles de judíos eran llevados a través de Europa, desesperadamente en busca de refugio. Los pobres y sin hogar asediaban los consulados. Comunidades enteras estaban siendo transportadas a los campos de concentración, las botas nacistas pronto marcharían sobre Polonia, Austria y Checoeslovaquia. En todas partes habría de oirse el grito: “Fuera los judíos! Juden Raus!”. Zweig, habiendo logrado llegar a Londres, fue invitado por el Theater Guild de Nueva York para el estreno de su drama “Jeremías”. Frente a una pregunta de la prensa sobre el contenido de su obra y el porque había sido elegida por el Guild para ser representada en ese preciso momento, contestó: Stefan Zweig PROFETICA PROTESTA “En 1917, cuando escribí el drama Jeremías, había guerra, como casi lo es ahora, y nos encontrábamos en medio de las tensiones y matanzas de la I Guerra Mundial. La locura se hábía apoderado de Europa. Era peligroso hablar contra la guerra y, por ello, elegí a Jeremías como figura principal de mi drama para expresar mi protesta contra la devastación y destrucción que sucedían ante mis ojos. Para mi, como para aquellos que lloraban la suerte de sus hijos caídos en el frente, las palabras del profeta constituían un consuelo en el sufrimiento”. Al preguntarle yo: “¿Herr Zweig, qué sucederá a los judíos ahora? ¿Cuál será su destino?, pareció sentirse incómodo y sus ojos se ensombrecieron: “Mucho temo”, respondió afligido, “que los miles de refugiados expatriados que se arrastran por ciudades y caminos, sean la vanguardia de millones de judíos... la historia nos enseña que en una catástrofe mundial son los judíos los primeros en ir a la hoguera”. Cuando los periodistas se pusieron de pié para despedirse, Zweig repentinamente se dirigió hacia mi y me pidió que me quedara. Siendo yo representante de un diario judío, deseaba interrogarme sobre los judíos americanos. “¿Qué están haciendo los judíos de América acerca de la catástrofe judía?”, preguntó. “La judería europea está en peligro de destrucción total y quien sabe hasta que punto está segura América”. “Si el perro rabioso de Hitler no es puesto en jaque, quién sabe lo que sobrevendrá”, continuó. “¿Sabe Ud. que miles de fugitivos están asediando los Consulados? Hombres que ayer fueron banqueros, profesores, industriales, hoy, arruinados y desamparados, en los países donde han logrado entrar con visas temporarias, buscan otro país donde huir, y encuentran selladas todas las puertas, herméticamente selladas...’ “¿Qué están haciendo los judíos de América?, repitió. “¿Y en qué forma está reaccionando América ante el proyecto de Hitler que contempla el asesinato de todos los judíos?”. Le di seguridades, informándole sobre una marcha de protesta frente a la Casa Blanca, en Washington, de la cual venía llegando yo y en la que habían participado quinientos rabinos. “¿Rabinos?”, preguntó. “¿Qué clase de rabinos?” “Rabinos ortodoxos”, respondí. “Sabe usted”, comentó, “envidio a los judíos ortodoxostienen esperanzas., ellos... y que les dijo el Presidente Roosevelt?” Me sentí embarazado. “El Presidente Roosevelt no les recibió. Algún diplomático estaba de visita en Washington. Por lo tanto, los rabinos dijeron sus oraciones en el Congreso...” “Pero los judíos de América no están callados”, continué, “están llevando a cabo un boicot masivo contra los productos alemanes. La señora Stephen Wise está a cargo de un piquete que monta guardia en los grandes almacenes”. Al oir mencionar a la esposa del líder sionista americano, recordó una conversación que sostuviera cierta vez con Stephen Wise en Suiza sobre el sionismo. Se le había invitado a visitar Palestina y escribir un libro sobre ella. “Pero no era el momento oportuno”, dijo, casi excusándose. “Y cuál es su posición frente al sionismo?”, le pregunté. Evitó darme una respuesta directa. Me informó, en vez, que el Dr. Theodoro Herzl había sido su primer editor. “Cuándo escribió el “Estado Judío”, se rieron de él aun en los círculos judaicos de Viena”, Zweig rememoró. “Karl Strauss escribió un libro titulado “Eine Krone für Zion” (Una Corona para Sión), en el que se burlaba del proyecto de Herzl. A este se le dió el nombre de “rey de Sión”. Luego se le iluminó el rostro con una sonrisa, como recordando una experiencia agradable. “Siendo un joven estudiante aún, escribí mi primera novelle y resolví mostrársela personalmente al Dr. Herzl, quien por entonces escribía ensayos para el “Neue Freie Presse” de Viena. Al entrar en su despacho, me sentí confundido, pero su suave y amistosa mirada me devolvió la confianza en mi mismo. Saqué el manuscrito de mi novelle, se lo alcancé y esperé, mientras el corazón me latía violentamente. Lo leyó en mi presencia, le hizo una marca con lápiz rojo y me dijo que lo aceptaba”. Días después leí mi' novelle en el “Neue Freie Presse”, con una nota del Editor Herzl: “Es un talento que promete”. Traté una vez mas de llevar nuestra conversación hacia el ZWEIG Por Jacob Heller sionismo y Palestina, pero Zweig nuevamente eludió la cuestión. Recobró su tono serio. “Como Ud, puede ver”, dijo, señalando Tos boletines informativos que en letras luminosas aparecían y desaparecían en el crepúsculo eminente desde la torre de Times Square. “Niños judíos alemanes mueren congelados en la frontera con Holanda... miles de judíos alemanes son enviados a los campos de concentración... estamos en el umbral de la destrucción de la humanidad... ahogan el alma del artista... es difícil crear en tiempos como éstos...” Días después, a pedido suyo, le llevé un paquete de diarios idish. Me pidió que se los leyera en voz alta en idish, asegurándome que lo comprendía. Durante la Primera Guerra Mundial había visitado la provincia de Galicia, donde hizo amistad con el pintor judío Efraín Moishe Lilien, sobre quien más tarde escribiera un libro en el que demuestra el agrado de encanto y sufrimiento judaico que expresan sus cuadros. También me manifestó que había sido invitado a una cena de Shabat en casa de Shalom Asch, en Londres, y que había asistido al teatro idish con él. BUSCANDO REFUGIO Zweig no permaneció mucho tiempo en Nueva York. La actividad febril de la ciudaddad no se avenía con su temperamento nervioso. Se trasladó a New Haven, Connecticut, esperando obtener un puesto en la Universidad de Yale, por intermedio de un amigo. No teniendo éxito, se fue a Ossining, en el interior del Estado de Nueva York, donde arrendó una casa y reasumió su trabajo literario. Pero en agosto de 1941, partió en la motonave “Uruguay”, con destino a Brasil, en busca de tranquilidad y descanso. Cuando joven habían influido fuertemente en él, las odas bucólicas del. poeta flamenco Emil Verhaeren. Siendo oriur do de Viena, centro metropolitano, siempre deseó encon - trar un lugar tranquilo, donde poder moverse con libertad, gozando de la naturaleza. En 1936, mientras asistía a ur; congreso del PEN en Buenos Aires, fue invitado a visitar Brasil. Le gustó aquel país exótico, con su colorido, sus ríos y montañas, y se hizo el propósito de visitarlo nuevamente y conocerlo mejor. Eligió Petrópolis, hermoso balneario, rodeado de maravillosos panoramas. Arrendó una villa en una calle tranquila, al pie de las montañas, y continuó escribiendo. Sin embargo, esta paz no duró mucho tiempo. La situación en Europa empeoraba. La máquina de guerra nacista marchaba victoriosa de un país a otro, las ciudades eran destruidas, miles de personas eran muertas en los crematorios. Comenzó a perder toda esperanza en la derrota final de los nazis y le acosó el espectro del nacismo. Cuando el Premio Nobel chileno, la poetisa Gabriela Mistral, le visitó, su primera pregunta fue si ella creía que los nazis llegarían alguna vez a Chile y Brasil. Estaba muy desilucionado del mundo que le había engañado y traicionado. Cansado de errar y del exilio, puso fin a su vida y a la de su esposa en la quietud de una noche brasileña. CIUDADANO DEL MUNDO Stefan Zweig había pertenecido a una élite de escritores y artistas judío-alemanes en Viena, quienes habían prestigiado a la ciudad constituyéndola en un centro artístico. Formaban parte de él, Arthur Schnitzler, Richard Beer-Hoffmann, Peter Altenburg, Franz Werfl, los músicos Goldmark, Gustav Mahler, Arnold Schonberg, el poeta Hugo von HofmannstahI, Sigmund Freud y los productores teatrales Max Reinhardt y Sonnenthal. Todos vivían alejados de los judíos y de la vida judaica, considerándose a sí mismos ciudadanos leales de Austria. Algunos aún habían sido bautizados como cristianos. En esa época Zweig era discípulo de Romain Rolland y había escrito un libro sobre él. Era firme adherente del pacifismo y se consideraba ciudadano del mundo. En su último libro, “El Mundo de Ayer”, autobiografía que apareciera después de su trágica muerte, Zweig dice que la tendencia de los judíos de adaptarse al ambiente del país y del pueblo en que viven, constituía algo más que una forma externa de protección. Era también la expresión de una apasionada y profunda nostalgia por la madre patria, donde pudiesen encontrar descanso, seguridad y amistad. Esto les impulsaba a crear un lazo, emocional y apasionadamente, con la cultura del mundo que les rodeaba, y en ninguna otra parte era este lazo más fuerte que en Austria. Este fue su credo. Lo antedicho pareciera indicar que Zweig creyó en la asimilación, aunque puede asegurarse que él fue el más judío de todos los miembros de aquella élite. Aún antes de la gran tragedia judía, mucho antes de que el “ciudadano del mundo” perdiera sus ilusiones sobre el mundo de la cultura y la civilización, en su obra trató temas judaicos y se refirió al destino judío. En “La Menorah Escondida” describe el martirio de los judíos bajo el cautiverio romano, quienes, habiendo escondido uno de sus candelabros, son torturados para que confiesen el lugar donde lo han ocultado. Pero ellos guardan silencio. Benjamín, el héroe, arguye: “¿Por qué mi pueblo no conoce descanso? ¿Quién ha ensombrecido el cielo de esta desdichada nación?” Vendrá el día cuando la esperanza de los judíos será colmada, la Menorah oculta volverá a ser encendida y el pueblo otra vez gozará de la paz en su tierra”. (Pasa a la pág. 6)

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