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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1967-11-01 · 11 (Noviembre, 1967) · p. Seite 23

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXIX (1967)
Issue
11 (Noviembre, 1967)
Date
1967-11-01
Page
Seite 23 (sequence 23)
Language
German
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NOVIEMBRE 1967 BOLETIN INFORMATIVO 23 “SOBRE LA TIERRA” Por SHAMAI GOLAN SHAMAI GOLAN es un escritor israelí nacido en Polonia en 1933. Emigró a Israel después de la Segunda Guerra Mundial. Se educó en un kibutz (comuna agrícola) y terminó sus estudios en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Sus cuentos y artículos de crítica literaria aparecen en los principales periódicos y revistas literarias del país. Su primera novela “La última vigilia”, recibió el premio “Asher Barash’’ en 1962. Su segunda novela “Los siete'’, obtuvo el premio del Sindicato de Escritores y Compositores de Israel. La traducción al español del cuento que se publica se debe a León Goldin. Jaim Najtomi despertó al escuchar un golpe sordo. Al parecer no estaba seguro de haber escuchado en realidad, un golpe. O tal vez estaba seguro, pero no tenía fuerzas para abrir los ojos y mirar en torno suyo. Sólo movió su cuerpo dejando escapar un suspiro entrecortado y quedó recostado sobre el lado derecho. Pero la presión del duro colchón sobre sus costillas, le obligó a apoyarse de nuevo sobre la espalda. Hace ya meses que está postrado y las piernas se niegan a sostener su cuerpo. El dolor en las ar- . ticulaciones aumenta de día en día. Janá, su mujer, arrastra los pies desde la cocina hasta la cama una y otra vez, llevando el caldo de pollo con que el doctor ordenó alimentarlo cada dos horas. “Envejeciste, compañero Najtomi”, ríe ella desde las arrugas de su rostro con su voz ronca y sus ojos tristes. Ni siquiera los sueños agradables acuden a él ya cuando duerme. Aunque sus ojos abiertos miran con insistencia a ese punto oculto de la ventana no pueden apartar de allí al muchacho de pantalón corto y sandalias y piernas bronceadas por el sol. ¿Tal vez el golpe se escuchó sólo en su sueño? ¿Acaso no recordaba que esa noche volvió a soñar con los golpes del pico sobre la tierra pedregosa de la monta¬ ña? ¿Cuántos años pasaron desde que golpeaba con placer de sus músculos sobre aquella tierra? Tal vez cuarenta ... cincuenta. Solía arrancar las rocas grises de las viejas montañas de Jerusalén, solo. Con cada roca que rodaba al barranco parecía que enterraba el pasado de su aldea ucraniana. Los rezos, al amanecer, en la sinagoga silenciosa. Los estudios del Talmud en las horas del atardecer. A veces era difícil. Trabajaba muchas horas en torno de la roca, como un amante con su amada: la acariciaba con sus manos callosas, la rodeaba con sus brazos musculosos, apoyaba su mejilla ardiente sobre su cuerpo frío, hasta que de pronto con un movimiento repentino la arrojaba al barranco y cuando, rugiente y colérica, rodaba hacia el precipicio la acompañaba con mirada triste, como si se separara de ella contra su voluntad. Los compa-* ñeros que trabajaban en lasJ cercanías, le ofrecían su ayuda pero él rechazaba el ofrecimiento con una tímida sonrisa que se reflejaba en sus negras pupilas: “Yo, para mi Janá preparo esta tierra. Solo..Ellos se apartaban con astutas sonrisas. Al atardecer, después de lavar su cuerpo con agua fría, solía salir con Janá a visitar su parcela. En sus paseos, su mano izquierda hablaba con el idioma de los dedos sobre el cuerpo de Janá; la derecha ayudaba a los labios: “¿Ves este campo, Jantcha? Pronto estará listo para la siembra y nosotros sembraremos en él, Janá, ¡y cómo sembraremos! Trataba de expresar en esas frases toda la profundidad de su amor por ella. Quería decirle: “Te amo, Janá, como a esta tierra antigua y fértil que con la primera lluvia hará brotar su fruto verde”. Pero temía que ella pudiera reirse de él, por eso sólo inclinaba su cuerpo sobre el suelo, tomaba con la derecha un puñado de tierra, la deshacía y dejaba que se escurriera entre sus dedos cual una corriente de agua. Janá reía con su voz ronca, acariciaba sus manos fuertes y cosquilleaba su oído con un susurro: ¿Qué sembraremos, Jaimque, qué sembraremos?. ..” Najtomi sonrió otra vez con la sonrisa traviesa de aquellos días, pero ahora no había quien se fijara en el reflejo de sus ojos. Sombras poblaban el cuarto. Silencio. Jamás se escuchó en él risa de niños. La tierra dio sus frutos, la tierra antigua volvió a renacer. Pero Janá no. Ahora duerme en la cama contigua. Con un movimiento repentino quitó el cobertor y con el cuidado de una hormiga que va tanteando su camino movió las delgadas piernas cubiertas de vello canoso sobre el suelo. Sentía necesidad de hablar con Janá. Quería sentirla ahora. En este instante. Con su izquierda. Sus pies desnudos se mueven sobre el suelo embaldosado como sobre las piedras sueltas del lecho de un turbulento río de montaña. A pesar de eso sigue a tientas a lo largo de la cama. Una vez se detiene a descansar. Cuando llega hasta la cama de Janá, no la encuentra en ella. Sólo las sábanas frías y relucientes en su blancura. —Janá —susurró— Janá. Un gemido sordo le respondió desde el otro lado. Comprendió que Janá había caído al suelo y que no podía levantarse. Quiso acudir en su ayuda, sabe que sus piernas no resistirán el esfuerzo de bordear la cama, arroja su cuerpo sobre las sábanas y lucha rodando con ellas hasta que cae al suelo cerca de su esposa. Un minuto largo estuvo acostado en silencio, palpando sus huesos doloridos, resoplando. —Jaim... escuchó. —Sí, Jane ha .. —contestó reposado—. Estoy aquí, a tu lado, sobre el suelo. Estamos bien. —¿Verdad que tenemos calor? —Yo... pedí... subir... arriba... --Sí... seguro... querida, en seguida. Trató de incorporarse sin lograrlo* sus piernas no le obedecieron. —Jaimque, ¿por qué no viniste en seguida cuando caí? —Claro que vine, Janá querida, sólo que el camino era muy largo... había rocas en el camino y las arranqué... El monte Jermón estaba en el camino y trepé sobre él... El mar nos separaba y lo atravesé... Calló. Sus piernas y brazos descansan cerca de su cuerpo, impotentes; su respiración entrecortada por el largo discurso. —Cuenta más Jaimque, cuenta... —pidió con voz que sólo su esposo oye. —El campo... —forzó los músculos de su rostro—. H1 campo está listo para la siembra, Janá. El silencio no fue interrumpido más durante toda esa noche. Aún cuando Janá movió lentamente los labios; “¿Qué sembraremos... Jaimque... qué... sembraremos?...”, porque su boca hablaba a la tierra y las frías baldosas se interponían y separaban. (“Israel y América Latina”) (182) nn^n njM *?:nn axt pa^a /xrnai «poi^s ,nsio rxiinr ,pn nns napttf ^s*? nitf ancana axi pana rrn ma - : t » t v t t * - : : v : I t: tt vt RINCON HEBREO lar rn*? naxi ,rrnn? nana *?» ^snn nan naa ^xnfer nfe» nxi ia*? ‘raa nxn - ma xin ."nnax it px isnn nxttI-í t: tt : - tt- :• x1? xin nx .nix'xa*? n\nn maxntf na ín^a# na *73 I - .... tt - t v »• : : t v - t Biniamin Zeev Herzi *?2nn nx ^ixrsa*? nm ni^nn .iaftn natfana nixn1? nai 1 ¡ v I - : T t - -i - t : - : : n Abogado, periodista, publicista, escritor, filósofo y estadista; así fue Biniamin Zeev Herzl. Unos cincuenta años antes de que adviniese el Estado de Israel, Herzl ya hablaba de un Estado Judío y le decía a sus connacionales: “Si lo queréis, no será una leyenda“. El lo quiso con vehemencia e hizo todo lo posible para que la leyenda se tornase realidad. Pero no logró ver materializado su sueño. El sueño se tornó una realidad, mas Herzl se volvió una leyenda: Herzl nació en Hungría en 1860. Estudió leyes en la Universidad de Viena. Pero después de doctorarse pasó al campo de la literatura, escribió folletines, relatos filosóficos y piezas teatrales sobre cuestiones de actualidad. Varias de sus obras fueron representadas en Austria y Alemania. En 1891-1895 Herzl era corresponsal del diario vienés “Neue Freie Presse“ en París. Entonces sucedió un hecho que cambió el curso de su vida: un oficial judío llamado Dreyfus fue procesado en París. El oficial era inocente, pero los jueces resolvieron condenarlo. Al mismo tiempo rondaban por París multitudes que vociferaban: “Mueran los Judíos“. Herzl lo vió, se estremeció mucho, las cavilaciones sobre el destino de sus connacionales no le daba tregua. Entendió que había una única solución real: concentrar a los judíos en una comarca en donde fuesen los amos. Herzl le escribió una extensa carta a la familia Rothschild. Intentó convencerla de que había un solo camino seguro para los judíos: ‘Un moderno Exodo de Egipto”. Antes de enviar la carta se la mostró a un amigo, médico y periodista. “Su plan es resultado de una conmoción nerviosa. Necesita reposo y atención médica“, le dijo el amigo después de leer la carta. Pero Herzl resolvió proseguir su camino y proclamó: “Si lo queréis, no será una leyenda”. Es verdad: lo quisimos y no es una leyenda. (Editado por Brith Ivrith Olamith y Fondo para perpetuar la cultura judía) .nmx1? rrn tt - : T T nD^ona^xa a'&Btía na1? ,i8 6o-a nninna n^ú *?snn t : v t * T : - t : v : - : : v .nnson nay niapin nxin *?ap$ nnx1? ijx .nri •?# nrya *?» nimai d^sioí^s aniso ^po^s ana xm .nnanni nnooixa imn níman p ñas .ni^xiopx rrir ■’xnn Tin»n ana rrn 1895-18:91 antfa V t - I T v t - : J V T t * T “ .onxsa *nons rrn? as?a ,Tirr px¡? :ipn ij'pna nx rnt? ntfx nan nn¡? txi *?aai ,yB)sa f]n rrn px¡?n onxsa nay oispn laainon jar inixa .tfiiy i1? nn1? apaitfn itr^nn nxt ."Dmn^ ma* ipyn a^JR ■’lían onxs niaima niatfnan ,nixa na »Tsntn ,nxi nxn *?2nn t “ “ t : - —; - t t s : v finas pn tzp# pan ^xnn .nniia 1*7 uní x'1? iay na *?# an latí ñipa ,nnx aipaa amnnn *73 Tan1? ¡nnx ^xn .n^an-^ya rrr noi xin .n^nwrin nnstfa1? ninx anaa ana *7xnn t : : - - : i s I t t : - t : : v nx^?" ¡ani.T1? nnx nmaa ijtt pn ónix snaBfr ítt*? inix nxnrj ,anaan nx n^efo? ns*? .*nTi*Tla ansa .□'asa aitai -pna rn^ii TjWn,2ann//,,xiinyixpn nni# xnptf “inxVT’Tn nax ,-wDn nnua1? pipi nnx .anaan nx px - «nn ax" rnani ia-na •ptfan'? o^nn *?inn Vax ’ .nnjx it pxi - irán ,|axi .nnnsx ii n’aViv unas rvna resina) ♦ ■ : j - t 1 Cr-nir rviann1: jnat p.¡?i

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