Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXIX (1967)
- Issue
- 10 (Octubre, 1967)
- Date
- 1967-10-01
- Page
- Seite 23 (sequence 23)
- Language
- German
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OCTUBRE 1967 BOLETIN INFORMATIVO 23 Por Primera Vez en la Historia Reproducimos a continuación, la versión taquigráfica completa, del discurso pronunciado por el General de Brigada Isacar Shardmi, con ocasión de la inauguración del 47? Congreso Sionista de Chile, el Domingo 24 de Septiembre. Una situación muy apremiante y difícil enfrentamos cuando a Israel, antes del 4 de Junio pasado, se le presentó no sólo el peligro de que miles de tanques, aviones y otras armas amenazaban con destruir nuestros límites y soberanía, sino que el hecho cierto de que la amenaza estaba dirigida directamente a la existencia física de nuestro pueblo. Pero, como ya se sabe, no existen ahora ejércitos árabes que amenacen la existencia y la soberanía del Estado de Israel. Las palabras de dirigentes árabes de una nueva oportunidad, de un nuevo round, no son sino palabras vanas. Aquellos soldados del enemigo que han tenido que atravesar las arenas del Sinaí; que han visto a sus compañeros a los costados de los caminos; que fueron testigos de la destrucción de cientos de tanques y cañones; aún cuando se les ordene hacerlo nuevamente, no osarán enfrentarse una segunda vez con Israel. Fue nuestro cometido, pero faltaríamos a la verdad y seríamos inexactos si decimos que ése fue el único objetivo. La guerra ha desencadenado un proceso para cuya apreciación hace falta todavía perspectiva de tiempo. Un proceso no se puede medir por la cantidad de tanques o de armamentos enfrentados o destruidos. Los procesos de la humanidad no se pueden medir solamente con estos patrones. Lo que ha ocurrido en esta guerra influye también en el ámbito internacional. Las grandes potencias han emprendido un juego de amenazas y de observación mutua por medio de armamentos atómicos. Y esos armamentos convencionales, que estas mismas potencias no han dejado desarrollar desde la Segunda Guerra Mundial, también han tenido influencia y proyecciones en los acontecimientos del mundo. Es así cómo aquellas armas que Rusia proporcionó en el desierto de Sinaí se esfumaron; fueron destruidas y quemadas y con ellas también se quemaron y esfumaron la ilusión, el misterio y el mito que envolvía al armamento de Rusia. Y ya se escuchan hoy día preguntas a Rusia, Polonia y Checoslovaquia, de los países que surtieron con esas armas. ¿Qué clase de armas nos han dado? Es cierto que no fuimos nosotros los que las recibimos. Pero demostramos que ese armamento no es más poderoso que otro, no es más efectivo que otro; nos medimos con él y lo hemos vencido. Pero por sobre todo nos hemos constituido en un símbolo. Y sabemos perfectamente qué importancia tiene él en la formación espiritual del pueblo judío. Somos el ejemplo y el símbolo de que no todo pueblo pequeño debe aceptar, forzosamente, las directivas y los dictados de las grandes potencias. Demostramos cómo un pueblo pequeño también puede defender con valentía, tenacidad y voluntad férrea sus legítimos derechos. Porque, previo a la guerra, Rusia, Francia e Inglaterra con su inactividad, y también Estados Unidos con palabras de estímulo pero sin aceptar la guerra ni el derecho que teníamos a defendernos, nos han dejado aislados. Sin embargo, repito, demostramos que un pueblo peque¬ ño también puede hacer valer sus derechos. Por primera vez se ha dado ese fenómeno desde Munich en 1938. Este hecho, sin duda, influye e influirá en sumo grado en las relaciones futuras entre pequeñas naciones y grandes potencias. Es por eso que el símbolo en que nos transformamos conciba la simpatía y el apoyo de todas las naciones pequeñas del mundo entero. ¿Y hasta ahora qué es lo que hemos hecho y qué procesos se han desencadenado? ¿Y cómo lo hemos logrado? Hoy acuden a nosotros grandes políticos e historiadores y, en especial, expertos militare,s de potencias tradicionales, con amplios conocimientos en ese terreno. Cuando ven qué es lo que ha ocurrido se muestran atónitos y asombrados. Hay una gran diferencia entre ver y escuchar. Y lo que con sus propios ojos han visto esos expertos militares no se había dado jamás en la historia militar. Pero la magnitud del triunfo es la que puede provocar interpretaciones equívocas y erróneas; puede pensarse que nos habíamos equivocado en nuestra apreciación de la fuerza enemiga; que posiblemente el peligro no era tan grande; que quizás alarmamos al mundo por una situación que no era tan apremiante como la describimos. Todo eso puede aparecer a primera vista cuando se considera la rapidez del triunfo. Pero en realidad en las experiencias históricas, es muy poco el trecho que separa a la gran desgracia del gran triunfo. Esa raya que separó la desgracia del éxito fue el ejército de Israel y su doctrina militar. Siempre tuvimos plena conciencia de que a ese gran enemigo, superior en número, debíamos avasallarlo y destruirlo en los primeros momentos de la guerra. Eso decidiría el resultado futuro. No podíamos permitirnos que las armas del enemigo fueran puestas totalmente en uso. Y siempre basamos nuestra concepción militar sobre la premisa que debíamos inclinar el fiel de la balanza en los primeros momentos de la batalla. ¿Y cómo lo hicimos? En esta guerra, un 50 por ciento del ejército egipcio no pudo ser puesto en actividad. Desde el primer momento de la batalla fue ahuyentado. Por otra parte, aprovechamos cada tanque, avión u hombre sacándole el máximo de provecho. Los recursos con que contábamos eran escasos. Durante los seis días de lucha una brigada alcanzó incluso a actuar en tres frentes distintos. Y varias brigadas de tanques en más de uno. Todo esto se logró gracias a una planificación exacta y a un criterio de prioridades que funcionó perfectamente. Los egipcios no alcanzaron a hacer lo mismo. ¿Y por qué? El egipcio es un buen soldado y un buen combatiente. Por lo general está bien entrenado y dispuesto a luchar. El ejército egipcio ha tenido instructores otrora ingleses y alemanes y últimamente rusos, de los cuales ha recibido buena instrucción en el arte de la guerra. Pero sabíamos que esas cualidades se aplican siempre si el soldado está ocupando sus posiciones y siguiendo el plan trazado de antemano por sus oficiales. Y eso no lo aplicaron cuando debían afrontar situaciones nuevas, en las cuales debían improvisar y buscar nuevas soluciones. Allí radica la diferencia entre la mentalidad árabe y la judía. Nosotros conocíamos el valor de cada momento que pasa y nos dábamos cuenta que lo qpe se puede lograr en las primeras tres horas, no se puede lograr en las próximas treinta. La aviación israelí así lo demostró contundentemente. Obligamos al enemigo a luchar no sólo soldado contra soldado, cañón contra ca¬ ñón, tanque contra tanque (o mejor dicho dos tanques contra uno como fue la verdadera proporción), sino que lo obligamos a medirse mente contra mente. Porque la guerra moderna con la movilidad que requiere, el desplazamiento de miles de tanques, de armas, cañones y aviones, no es un simple juego; no es simplemente levantar un hacha y golpear la cabeza del enemigo, sino que requiere perfección, disciplina, capacidad, ciencia, cualidades que está muy lejos de alcanzar el Árabe, acostumbrado y formado durante siglos y generaciones en el desierto. Son cualidades que no se adquieren en Cambridge ni en Oxford. Allí se adquieren sólo conocimientos académicos. Hasta aquí el planteamiento teórico. Pero ¿cómo se logró todo ello? En vísperas de la guerra estuve frente a mis oficiales y soldados. Todos coincidimos en que durante el primer día de la guerra debíamos lograr todos los objetivos y a cualquier precio. Esta última es una frase muy común entre todos los generales en todas las guerras. Pero nosotros sabíamos que lo decíamos teniendo plena conciencia de que el precio era cada uno de nosotros. Y pocas horas después, los resultados demostraron cuál fue ese precio y cómo se logró. Las tropas avanzaron con ímpetu, logrando todos los objetivos que nos habíamos propuesto y tratando —y también lográndolo— de romper las ventajas del enemigo para imponer la ventaja de la improvisación, de la capacidad de movilización y del sacrificio. Y ese sacrificio fue enorme. En las primeras diez o doce horas cayó el 80 por ciento de las víctimas de la guerra. En la oficialidad del ejército esa cifra alcanzó a un 4 por ciento de sus efectivos; los oficiales víctimas, en esas primeras horas, fueron 27 por ciento del total de los caídos. El porcentaje fue mayor entre los heridos. Como bien lo ha dicho el General Dayan, se ha derramado mucha sangre y no sólo la de los caídos y heridos, sino que se ha vertido también nuestra sangre. Viendo el horripilante espectáculo, viendo a nuestros compañeros caídos a los costados, a los tanques en llamas, seguimos avanzando a pesar de todo, sin cambiar un ápice los planes que nos habíamos propuesto de antemano. Puedo dar como ejemplo mi brigada, que llegó primera al ya famoso paso de Mitla, con apenas nueve tanques. El resto no había sido instruido. Tenía problemas de combustible, pero, aún así, seguimos marchando con los escasos nueve tanques. Se puede resumir diciendo que todo este éxito, este milagro, se ha constituido en tal luego del primer día de guerra y a costa de grandes sacrificios. No por algún encanto, sino que fue la consecuencia de las víctimas caídas en el primer día y gracias a tres factores fundamentales: el espíritu del heroismo; el conocimiento técnico y la capacidad profesional que no se forma en un solo día, sino que es consecuencia de desvelos de muchos años; y la capacidad de adaptarse con rapidez a las circunstancias dei momento. Pero si no hubiésemos logrado todos nuestros objetivos en las primeras tres horas, si no hubiésemos destruido en el primer día todos los bastiones enemigos, también habríamos vencido en esta guerra. Pero el precio hubiera sido mucho más elevado y se habría traducido en mujeres y niños víctimas en Tel-Aviv o Jerusalén. Y ese precio no podíamos permitirlo. ¿Y cuál es la situación presente? Nosotros la anunciamos a través de dos axiomas; Israel de después del 10 de junio no es similar al Israel de antes del 4 de junio; y, como lo declarara el General Dayan el segundo día después de terminada la guerra, nosotros estamos aquí; a quien no le guste, quien tenga otras propuestas y que no esté contento con la situación actual, conoce la dirección a donde dirigirse; nuestra dirección es Jerusalén. Cuando he dicho que Israel del 10 de junio es diferente al de antes del 4 de ese mes, ¿a qué me refiero? Pues a que, salvo un solo elemento, todo ha cambiado. Y ese elemento es que el objetivo de Israel ha sido y sigue siendo la paz, porque la necesitamos. Ahora la situación es diferente. El zapato aprieta en los pies de otros y no en los nuestros. La situación ha cambiado también porque Tel-aviv ya no está más a cinco minutos de vuelo del aeropuerto egipcio de El- Arish, sino que las capitales árabes, El Cairo, Aman o Damasco, se encuentran en las palmas de las manos de Israel; a cinco minutos de vuelo de nuestros aviones. Los árabes saben muy bien que nadie ni nada nos ha detenido a orillas del Canal de Suez. Nos detuvimos nosotros porque así quisimos hacerlo. Pero lleva y llevará tiempo, aún para los israelitas, entender y comprender la magnitud del cambio que se ha operado a raíz de esta guerra. Y seguramente tendremos que dar ese tiempo para que también otros puedan comprender la magnitud y naturaleza de los cambios operados. Y llevará también tiempo hasta que los árabes despierten de sus sueños de aniquilación de Israel, de sus declaraciones emitidas durante 20 años. Pudimos hacer la guerra en seis días. Pero nadie se ha comprometido a lograr la paz en el mismo término. Para lograrla hacen falta dos partes. Para la guerra alcanza sólo con una. Si los árabes no están dispuestos todavía a reconocer nuestra existencia, ¿con quién hemos de tratar la paz? ¿Cómo hemos de lograrla? Para comprender la naturaleza del cambio. Nasser hoy en Jartum, ya dice a media voz que está dispuesto a permitirnos el libre paso por Sharm El Sheik; que estaría dispuesto a algún arreglo para que naves conduzcan mercaderías a Israel a través del Canal de Suez. Al declarar eso no hace sino hacer el ridículo. ¿Nasser puede hoy día permitirnos algo a nosotros? ¿Esté en sus manos eso acaso? Sharm El Sheik y el Canal lo dominamos nosotros. ¡Y Nasser viene hoy a “permitirnos”! Si lo hubiese hecho antes del 4 de junio y la propuesta remitida a Eshkol, quizás se habría evitado la guerra; quizás la conflagración no se hubiera desencadenado. ¿Pero hoy se permite venir con propuestas semejantes? Y en general ¿desde cuándo se ha escuchado en la historia que luego que la espada ha decidido la situación, se trate de abordar la situación desde el punto que existió antes de la decisión de la espada? Nosotros no quisimos emplear la espada. Nos han obligado. Y en estos momentos no se puedb volver de ninguna manera a la situación anterior. ¿Es acaso Nasser quien puede devolvernos las 800 víctimas que han caído? ¿E§ acaso él quien puede devolver y restituir las horas de angustia y de tragedia que ha pasado el pueblo de Israel durante esta guerra? Necesitamos tiempo y fuerza. Enfrentamos hoy grandes problemas: el de la población árabe y de los refugiados árabes; el de los viejos y nuevos límites. Existen los problemas de los refugiados a quienes Israel acepta su retorno, pero para ello necesitamos, por cada uno, dos olim; de otro modo en corto plazo se perderá la mayoría judía de Israel. Existen los problemas de las potencias y de las presiones de Estados Unidos y Rusia. En resumen de cuentas, existe una gran cantidad de problemas, que debemos superar. ¿Pero es que acaso se puede vivir sin problemas? Vida significa problemas. Sólo quien está muerto ya no los tiene. Los egipcios en el desierto de Sinaí ya no tienen problemas. (Pasa a la Pag. 24)