Mannheim
Compact Memory

Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1967-09-01 · 9 (Septiembre, 1967) · p. Seite 22

Scan of the page
Image: UB Frankfurt, Visual Library (IIIF)
Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXIX (1967)
Issue
9 (Septiembre, 1967)
Date
1967-09-01
Page
Seite 22 (sequence 22)
Language
German
Belongs to
journal issue
OCR quality
72% known words query
IRI
…/8553624-8559960-9195082--5263-8560178
Visual Library
page viewer of the UB Frankfurt

No entity mentions on this page.

OCR text

20 BOLETIN INFORMATIVO SEPTIEMBRE 1967 TRES CUENTOS DE FIESTA DE PASCUA Muchos son los que han oído el cuento de Reb Méjel, el bedel, y la rica viuda Sara Lea. Aunque muchos hay también que no lo han oído, y para éstos vale la pena contarlo. Cuando Méjel, el bedel, salía de la Casa de Estudio la primera noche de Pascua, parecía estar alegre. “Bendito sea el Nombre del Se¬ ñor *-se dijo— en esta noche en que brilla la estrella de Pascua y quiera El que yo también pueda regocijarme hoy como otros mortales”. Pero cuando hubo cerrado las puertas y tomó el camino de su casa su expresión alegre y optimista se borró súbitamente. Se acordó de su vivienda, mísera y ruinosa. Pensó en que no se sentaría en un confortable canapé, sino en una silla desvencijada cubierta la esterilla con un viejo almohadón remendado por su hacendosa mujer. Recordó también que él mismo debía calentar su comida, pues desde hacía algún tiempo Méjel era viudo. No había en su casa ninguna mujer que le sirviese de comer, que le hiciera la cama ni cocinara. Cierto es que muchas familias habían querido invitarlo a que compartiese con ellas la fiesta de Pascua. Esta noche —dijeron— es una fecha jubilosa para que todos ¡y cada judío la celebre en compañía de los suyos. ¿Por qué, entonces usted, Reb Méjel, va a pasarla en la soledad de su casa? Siéntase alegre y no olvide que los demonios no tienen poder alguno esta noche. Existe, sin embargo, el peligro de que uno se sienta dominado por la tristeza, pero esto está prohibido durante la Pascua y quien cometa tal pecado se verá desamparado por el Dios Misericordioso. Sin embargo, Méjel no aceptó ninguna invitación de tan acogedoras familias por parecerle que causaría molestia sentado a una mesa ajena. Las calles estaban desiertas y todos los hogares aparecían profusamente iluminados con las luces de Pascua. La luna, enorme y redonda, tenía un brillo especial y una belleza fuera de lo común. Soplaba una tibia brisa primaveral. Méjel logró apartar de sí todo pensamiento triste y sintió el hondo goce de contemplar las maravillas de la Creación. Metió la mano en su bolsillo e hizo tintinear el manojo de llaves de la sinagoga. Ese tintineo le pareció el grato sonido de una campanilla. Pero de pronto, por lógica asociación de ideas, pensó en su humilde empleo, y entonces una expresión taciturna ensombreció su rostro. En la Casa de Estudio debía realizar toda clase de tareas, hasta las más ingratas y duras. Y cuando, al fin de la jornada, volvía a su vivienda sentía la angustia de la soledad, de estar solo entre las cuatro paredes de su cuarto. No conocía el sabor de la comida caliente ni de los platos bien cocinados, pues se quedaba dormido no bien ponía una olla o cacerola al fuego. Para no tener que esperar, satisfacía el hambre con unas rodajas de cebolla dulce, o unas rebanadas de pan con rabanitos o unas papas hervidas que una mujer solía traer a la Casa de Estudio y a quien recordaba con gratitud, diciendo mentalmente: "¡Bendita sea!”. Pero lo que hacía habitualmente todo el año no podía hacerlo aquel día en que era necesario estar alegre. Mientras iba camino de su domicilio vio una casa que tenía una ventana abierta. Acercóse y miró atentamente. Entonces comprobó que era la casa de Sara Lea, la viuda. La moradora se hallaba junto a la ventana, mirando hacia la calle. Méjel se inclinó cortésmente ante ella ¡y le dirigió el tradicional saludo: —Tenga alegre fiesta, Sara Lea. —Es un día señalado para que todos nos sintamos alegres —respondió la mujer—. ¿De dónde viene usted y adonde va, Reb Méjel? —Vengo de la Casa de Estudio —dijo Méjel—, y me dirijo a mi casa a preparar mi mesa y celebrar la fecha. Sara Lea Movió la cabeza y suspiró. “Me parece que quiere decirme algo”, pensó él y permaneció esperando. Al ver que Méjel estaba aguardando, la viuda añadió: —Abrí la ventana para ver si ya es hora de que salga, pues pasaré la Pascua en casa de un vecino. He preparado toda clase de cosas buenas y nada me falta para que pueda celebrar la festividad dignamente, pero no lo haré en mi propia casa, si no en la ajena. Todos los sábados me permito incomodar con mi visita a una familia de mi amistad; nada de extraño tendrá entonces que la incomode también en este día de Pascua. —A usted le parecerá que incomoda —objetó Méjel—, pero otros lo consideran el cumplimiento de un mandato. —¿Un mandato?... ¿Le parece, Reb Méjel? —dijo Sara Lea—. ¿Cree usted que tales mandatos son fáciles de cumplir? Conozco a un hombre que está ocupado todo el día y por la noche y casi nunca ve a su esposa e hijos. Viene Pascua, tiempo de reposo, ¡y él quiere disfrutar de un merecido descanso en compañía de su familia... No sé si Dios considerará un pecado lo que digo, pero creo que el mundo anda cada vez peor. La vida actual es incómoda. Antaño un judío podía invitar a muchos huéspedes a su casa, y había espacio suficiente. Hoy en cambio, no hay lugar ni siquiera para una viuda solitaria como yo. Recuerdo la celebración de la Pascua en casa de mi padre, que en paz descanse, donde siempre había diez o más invitados... ¿Y cree que mi difunto marido, que la tierra le sea leve, celebraba Pascua sin un huésped? Y ahora tengo que dejar yo mi casa, aunque verdad es que no me falta nada. Hay vino a pedir de boca y para beber más de lo acostumbrado; en cuanto a pan ácimo, tengo matzoth especial de la mejor clase, y en lo que toca a la carne de ave, hay aquí un pavo apetitoso cuyos alones no se ven por la gordura que los envuelve. Una vecina suele decirme: “Sara Lea, no vuelvas a casarte. Eso es atar a un hombre a los pies de tu cama y él te llevará a través del río Sabatión”. Pero yo creo que cuando una mujer está en la casa de su marido, todo adquiere para ella un gran valor, aún las cosas más insignificantes, y en cuanto se queda viuda, la vida pierde para ella todo su atractivo y todo su valor. Al principio pensé que si aceptaba la invitación, la gente diría: “Esa vieja, monstruo del infierno, sólo busca un hombre que la sirva bien”. Mejél sonrió, suspiró profundamente y citó una sentencia del Talmud: —“Es mejor llevar una vida llena de sobresaltos y sinsabores que vivir en la viudez”. Y aunque la cita fue expresada en arameo, lengua que Sara Lea no conocía, ella movió la cabeza como si hubiese comprendido y dijo: —Tiene usted mucha razón. Sus palabras encierran una gran verdad. Méjel, hombre probo y reflexivo, sintióse íntimamente halagado por el elogio. Sara Lea prosiguió: —En mi casa hay de todo, pero falta el dueño, o sea lo principal. Y muchas veces me pregunto: ¿qué haces y a quién tienes aquí, Sara Lea? He criado hijos hasta que adquirieron su pleno desarrollo y ellos me abandonaron, dejándome sola y desamparada, tan sola como queda la mesa bien puesta cuando se retiran los comensales después de un banquete. Pensé irme a la tierra de Israel para estar más cerca de los lugares sagrados y poder olvidarme de mi soledad, ¿pero cómo puede una mujer ir a un lugar donde nadie la conoce? Cierto es que todos los habitantes de Israel son hermanos; sin embargo, mi corazón se estremece cuando pienso en ir sola allá. Méjel se sintió profundamente apiadado de ella. Dio un tirón a su patilla derecha mientras buscaba palabras adecuadas para consolar a la viuda. Pero no pudo hallarlas al pronto y tartamudeó unos monosílabos. Al fin recordó su elocuencia y dijo: —¿Acaso mi suerte es mejor que la suya, señora? Usted, por lo menos, va bien vestida y hasta emperifollada y come de lo mejor, a Dios gracias, mientras que yo soy un infeliz viudo a quien cualquiera se permite calumniar e insultar. Pero en Israel nadie puede sentirse solo, pues todos gozan del amor del Ser Supremo, cuyo Santo Nombre sea bendito... Pero, ¿a qué lamentarse en este día? No hay que degradar la festividad que celebra nuestro pueblo. Aunque trataba de consolar a Sara Lea, Reb Méjel, sentíase aún más triste por la crueldad de su propio destino, y añadió: —¿Qué es un hombre como yo? Un ser solitario en medio de un desierto. Bendito sea el nombre del Señor por no haberme hecho mujer. Bendito sea porque sé cómo consagrar el vino y hacer los preparativos de Pascua según prescribe la leiy judía... Pero, ¿cómo puedo pensar que vivo como un rey si tengo que volver a una vivienda destartalada y calentar mi comida a medio cocinar y sentarme en una cama derrengada o en una silla rota cubierta con un viejo almohadón deshilacliado? Con mucha razón dice el Yalkut: “Todos los sufrimientos son difíciles de soportar, pero ninguno tan difícil como el de la pobreza; todos los sufrimientos vienen .y se van, dejando las cosas como estaban, pero la pobreza enturbia los ojos de quien la sufre”. Digo esto a propósito de su queja, Sara Lea, por su condición de mujer, para restablecer el equilibrio de la balanza. Y hay algo más: el Altísimo me ha mandado una mala tos, que ojalá no tenga usted nunca una igual, una tos que me corta la respiración y me está matando poco a poco hasta que me vaya al otro mundo, Y antes de que terminara de decir ésto, le acometió un violento acceso de tos. —Reb Méjel —le dijo Sara Lea—no se quede ahí, que hace frío; y aunque el invierno ya se fue, la temperatura sigue siendo bastante baja. Entre en la casa. ¿Por qué se queda afuera?. Méjel meneó la cabeza y se encogió de hombros. Luego entró. Encontróse entonces en una confortable habitación con almohadones bordados y una mesa sobre la que había vajilla de plata, candelabros cincelados y una botella de vino. Todo el aposento estaba limpio y reluciente en concordancia con la festividad que se celebraba. Las primeras palabras del recién llegado fueron de espontáneo elogio: —¡Qué agradable y hermoso es ésto —dijo—, y cómo se nota que se debe a unas diligentes manos de mujer! Sara Lea se apresuró a mostrarle todo lo que tenía preparado para la celebración de la Pascua. Sobre la mesa había matzoth, hierbas amargas, perejil, jaroset, huevos, trozos de carnero, pescado, borsht (sopa de tomates) y vino tinto. —¿Y quién necesita todos estos bocadillos y primores culinarios? -dijo Sara Lea-. Aunque estoy por irme y molestar con mi visita a una familia de mi relación, no podía olvidar que soy una dueña de casa y he hecho todos estos preparativos de Pascua para mí misma, como si mi finado marido estuviera aquí y celebráramos los dos la fiesta lo mismo que los demás. Méjel sintió un extraño ardor dentro del pecho y quiso decir algo, pero un repentino acceso de tos se lo impidió. Sara Lea, que lo miraba con gran fijeza, volvió a hablar: —No coma usted demasiadas hierbas amargas ni cosas picantes, Reb Méjel. Su tos es de cuidado. Lo que le haría bien es un vaso de té bien caliente. Pero, ¿quién puede prepararle en su casa una bebida caliente? Espere un momento. Voy a poner la tetera al fuego. De pronto la viuda se dio una palmada en la boca, exclamando: —¡Qué cabeza la mía! He olvidado que debemos antes santificar la fiesta de Pascua. ¿Quiere usted hacerlo conmigo? Viendo que su huésped permanecía callado, Sara le repitió la pregunta. Méjel sintióse gratamente impresionado por la bondad de la dueña de casa y se quedó inmóvil como si sus piernas estuvieran clavadas en el sitio donde se hallaba. Empezó a balbucear una respuesta que quedó inconclusa. Sara Lea, con ejemplar diligencia, comenzó a servir la mesa como en los venturosos tiempos en que su esposo estaba a su lado. Méjel sacó maquinalmente de su bolsillo las llaves de la Casa de Estudio y las puso en el sitio que tenía más a mano, mientras miraba los blancos almohadones que Sara Lea había preparado para reclinarse sobre ellos durante la celebración. Eran tan inmaculados que el huésped le pareció que reflejaban la Luz Divina llegada de lo alto. Pensó que dentro de unos instantes estaría reclinado sobre esos almohadones de blancura deslumbrante, pues seguramente, ella le pediría otra vez que festejara la Pascua en su compa¬ ñía. Cuando Sara Lea vio a su invitado en una postura bien cómoda y desembarazada, colocó ante él un vaso de vino. Méjel miraba alternativamente el vaso y cuanto había en la habitación mientras pensaba: ¡“Qué lugar encantador es éste donde unas hábiles y diligentes manos de mujer lo preparan todo!” Al instante apuró el contenido del vaso en tanto que con un movimiento apenas perceptible de los labios pronuncia las palabras rituales de consagración del vino. (Pasa a la Pág. 23)

Text as recognised by OCR (ABBYY FineReader), without corrections. Entity mentions: TagMe (2021); their positions were matched to this text again.