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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1965-12-01 · 12 (Diciembre, 1965) · p. Seite 13

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXVII (1965)
Issue
12 (Diciembre, 1965)
Date
1965-12-01
Page
Seite 13 (sequence 13)
Language
German
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DICIEMBRE 1965 BOLETIN INFORMATIVO 13 “UNA CONTRIBUCION PARA NOVAK...” Por Oscar Bronner Nota de la Redacción: ¡Hace algún tiempo, un jurado vienés condenó a Franz Novak, jefe de transportación de la máquina genocida de Adolf Eichmann, a una pena de 8 años de trabajo forzado por haberlo convicto de actividades que causaron la muerte a miles de judíos húngaros. Negando que tenía Viena (OJI).— Bien abrigado, me paseo por la céntrica Wollzeile de Viena, de ida y. vuelta, de un lado a otro. Llevó tres sweaters no sólo para protegerme del frío, sino también Ide una golpiza. Tengo en mis manos una caja roja, de las que se usaban en tiempos del nazismo para “socorro invernal” y qiue ostenta la inscripción “Gau Wien”. Llevo también dos letreros' en escritura gótica: “Ayuda de emergencia para Franz Novak” y “Regalos de cárcel, Contribuya para Franz Novak, por favor”. Empiezo esta colecta con emociones desagradables: ¿Qué haré si se arma una trifulca? No debo revelar quién soy, porque entonces fallaría .mi experimento. Y por otra parte, ¿acaso más amigos, que me vigilan desde una tienda cercana, acudirán a tiempo en mi auxilio si comienzan las bofetadas? Mas pronto veo que esos temores son todos suipér- íluos. El público reacciona exactamente como si recaudara para la Cruz Roja, por más que pronuncio muy claramente las palabras a todos los transeúntes: ¡Por favor, una contribución para Franz Novak!” Muchos pasan sin prestar atención ni a mí ni a mis letreros. Algunos se detienen para echar algunas monedas en la caja. Nadie da menos de un chelín. Atentamente les doy las gracias. Se detiene una mujer, busca un chelín en su portamoneda y se lo da su hijita para que ella lo meta en la caja. Luego, la madre lee los letreros y sin muestra alguna de expresión sigue el camino con su hijita. Mi experimento ha de tener algún defecto. ¿Será posible que ninguno de los contribuyentes sepa quién es Franz Novak, un solo mes después del juicio? Cuando contribuyen dos señoritas, de unos' 20 años de edad, me atrevo a inquirir: “¿Me permiten preguntarles por qué han contribuido?” Me contestan con un brusco “no” y desaparecen. Cambio entonces de táctica. De una manera más directa, le pregunto a un hombre como de 60 años, quien acaba de sacar su portamonedas, si sabe quién es Novak. Una breve pausa “¿Algo relacionado con Eichmann?’ ‘Sí’. Una seña de que ha comprendido y su chelín cae en la caja. Pido a un joven su contribución. Sonríe: “¿Para ese criminal de guerra?” y se va. Mas un hombre de baja conocimiento de que las víctimas eran transportadas a las cámaras de gas, Novak insistía que, para él, jio era más que tarea de transportación. Originalmente, este artículo se publicó en la revista “Forum”, de Viena. estatura, corpulento, con boina, velozmente se me acerca: “¿Tiene Ud. permiso?’ ‘Sí’. ‘Ud. ni siquiera había nacido cuando ese hombre mandaba gente a las cámaras de gas. Enséñeme su permiso o me acompaña a la policía. Las cosas tienen que hacerse en orden’. Veo que el hombre está pálido, pero se daría por satisfecho si el asunto estuviese “en orden”. Esos “modales austríacos” me disgustan. Y aunque aborrezco las peleas, preferiría que el de la boina comenzara a pelear conmigo después de que he visto las reacciones del público vienes. Pero él sólo objeta que lo que hago “no está en orden”. Yo continúo en forma desafiante y sigo pidiendo a los transeúntes: “Por favor, una contribución para Franz Novak”. El hombre de la boina vuelve a hablarme: “¿Colecta también para los supervivientes de la gente que éste asesinó?’ ‘No’. ‘Ud. acabará por ser encerrado allí donde nosotros estuvimos cinco años, en Workuta” (famoso campo de concentración). Es' lo último que me dice. Ya no se mete más. Pero mientras explico a un joven, probablemente un estudiante, quién es Franz Novak y por qué está en la cárcel, oigo detrás de mí otra voz, gruesa, indudablemente oficial: “¿Tiene Ud. permiso para recaudar dinero?”. Le contesto que la policía había aprobado de mi colecta. “¿Tiene permiso por escrito?” Su camarada no aguarda mi respuesta: “Vamos a aclararlo. ¡A la PoStgasse!” Cuando caminamos hacia la comisaría de la Postgasse comienza el alboroto. Una mujer grita a mis espaldas: “Es una vergüenza para Austria”. Y un hombre: “¡Pero esos son criminales y asesinos'!” Llégame la voz de un hombre alto, elegantemente vestido, que trata de calmar a los demás: ‘Pero yo les suplico ...” Desiste sólo cuando le pregunto con voz sonante: “¿No será Ud. un nazi?” “Vamos”, dice el policía. “Pronto sabremos si se le ha autorizado o no. Claro, entiendo muy bien, pero por favor, tenemos que ser notificados cuando se va a hacer una colecta pública”. En la comisaría el asunto se arregla. El oficial encargado nada sabía del permiso porque la noticia le había llegado con una demora de una hora... Se me permite continuar la colecta. Y ahora, dos policías se apostan cerca de mí, a fin de intervenir si se hace necesario. La siguiente contribución proviene de aquel caballero elegante a quien había preguntado si era un nazi. Me esperó cerca de una hora. “Quisiera contribuir para la causa”, dice y desliza en ia caja un billete cuidadosamente plegado de cien chelines. “¿Sabe Ud. de qué se trata?” “Claro que sí, y estoy contento de que todavía tengamos jóvenes rectos, nacionalmente conscientes y valientes. Es típico que s’e lo hayan llevado, pero después de todo nada pueden hacerle. ¿Se solicitó y se otorgó el permiso” “Sí”. “¿Y estos dos van a vigilar ahora la colecta?”, pregunta volviéndose hacia los dos policías. “Sí’. “A propósito, conozco al más bajo. Este está muy bien. Al otro no lo conozco”. Y antes de alejarse, me refiere el generoso contribuyen te que él es comerciante, dueño de una tienda próspera en la avenida de Jasomirgott. Una vez más le doy las gracias. Sigue una pausa algo prolongada. Nadie contribuye y nadie protesta. Tal vez algunos transeúntes se sienten cohibidos por la presencia de los dos policías apostados al otro lado de la calle. “¡Una contribución para Franz Novak, por favor!...” Un joven de espejuelos con marco dorado quiere saber quién es Novak. Le digo algo acerca de su prisión y de que “s'e dijo que había sido culpable al servicio del Tercer Reich”. Menciono el nuevo proceso para el que Novak necesita dinero. “¿Quisiera Ud. contribuir?” “Lo siento, no quiero”, me contesta sonriendo el joven. Un hombre de unos 50 años me da cinco chelines. “¿Sabe Ud. para lo que es? Es para seguir el juicio...” “Lo sé. Otros asesinos andan libres y orgullosos, pero a este hombre lo acusaron en falso, con mentiras y falsos testigos”. “¿Será mejor entonces dejarlos en paz?” A lo que el hombre da su propia receta para purgar el pasado, diciendo: “Hay que condenarlos, pero no hay que hacerles daño mientras los otros no empiezan a aprehender a sus asesinos, ¿no cree Ud.? Se acerca un hombre entrado en años. Inquiere acerca de Franz Novak y me pongo a explicárselo: “Prisión. .. jugado... el fallo fue sólo de cinco contra tres *apela... El hombre saca su cartera. “¿Ya entiende para lo que es?” “Sí, más o menos” Entonces procuro aclarar: “El fue el ayudante de Adolf Eichmann”. Su chelín cae decidido a la caja. “Gracias”. De improviso, el hombre se detiene: “Ah, ese Novak Ahora recuerdo ” ¿Acaso se arrepiente de su contribución? Insisto: “Es el ayudante de Eichmann, el que preparaba los trenes para transportar la gente”. “Sí, sí, ya lo entiendo”. ‘¿Pero está Ud. conforme en contribuir para esta colecta?” “Sí ¿cómo no? No tengo por qué oponerme”. Otra pausa. Varios transeúntes no quieren contribuir. Dos sonríen apenadamente: sienten que no tengan dinero en el bolsillo. Un hombre bien vestido se levanta de la banca frente a la cual estoy apostado, y sin prestarme atención, introduce en mi caja diez chelines. “¿Sabe Ud. para lo que es?” “Sí”, murmura, “es una buena causa, estoy contento de poder contribuir”. Se aleja rápidamente. Un joven con boina ostenta una moneda. “¿Sabe Ud. para lo que es” “Sí, lo sé”, me responde con un dialecto provinciano. “Y ahora le daré otra cosa. Favor de leerlo, pero ahora guárdelo, ¿entiende?”. Abre su raído portafolio, lleno de hojas escritas a máquina en papel delgado. Me da una hoja y con título me basta: “Instituto para la Investigación de la Verdad: los antecedentes reales de los campos de concentración para los judíos”. Interrumpo la lectura. Por fin se oye otra voz de protesta. Una señora de edad avanzada me contesta a mi instancia para que contribuya: “¡Ni soñarlo!. Y usted ¿para qué se mete en estas cosas?” Le explico del intento de hacer un nuevo proceso para averiguar la verdad. Mas la señora replica: “Yo no puedo estar de acuerdo en que haya sido demasiado severa la pena a la que Novak fue condenado”. Trato de apartarme de ella. Le hablo a otro transeúnte, quien con una soslayada mirada a la mujer que sigue protestando, pone su moneda en la caja. A mi pregunta por qué contribuye, me dice: “Porque quiero contribuir”. “Sabe Ud. quién es Franz Novak?” “Sí”. Y la mujer interviene: “Es el hombre condenado a ocho años de prisión”. “Sí, sí”. “El ayudante de Eichmann... ¿para él quiere usted contribuir” “Sí”. No me queda otra cosa que darle las gracias. La mujer que protestaba se aleja consternada diciendo: “Pero esto es verdaderamente increíble ...” Después de unos segundos se me acerca de nuevo: ‘Todavía tengo algo que decirle...” Pienso si por fin tratará de armar un escándalo en lugar de resignarse ante la realidad. “Para que usted no se quede con una impresión falsa, quiero decirle que yo no soy judía, ni nada que se le parezca ... ”. Se nos acerca un hombre modestamente vestido. Contribuye un chelín sin que se lo pida e interrumpe mi pregunta con estas palabras: “Yo sí lo sé... No se desanime”. Sus palabras suenan alentadoras. Me dirijo a un transeúnte de cabello blanco, pero la mujer sigue dando muestras de ira, y también el hombre a quien me había dirigido se rebela: “¿Para Novak? ¡Esto es en verdad repugnante!“. La mujer habla también: “Creo que es más que repugnante, aunque, como se lo dije antes, yo no soy...” Entretanto, otra mujer más, con abrigo de caracul, introduce en la caja un chelín sin que se lo hubiera pedido. Desafiada por la primera, contesta con voz cortante: “Yo sé lo que hago”. Aquéllos se van, pera la contribuyente permanece a mi lado- Me dice que ella también ha sufrido bastante y por ello se opone a la injusticia. “¿Cree usted que el juicio fue injusto?”. “¿Para qué hacen esas cosas? Todo lo que ha sucedido después de 1945... ¿No cree?” “Se trata de encontrar a los culpables”. “Pero mire usted, esto no se puede hacer después de veinte años. Si alguien dice que así fue, resultará que todos somos culpables. Pero ¿quién averigua cómo fueron realmente las cosas?” Y agrega gesticulando para imitar a la mujer que la había desafiado: “Ya ve cómo se han vuelto muchas gentes. La insultan a una porque da un donativo... De improviso, su faz Se ilumina con la luz del entendimiento: “Tal vez era judía...” Mi silencio lo considera como aprobación. Me refiere detalladamente todo lo que sufrió y perdió desde 1945. “Sabe, yo no me quejo. Ahora ya tengo otra vez todo lo que necesito. Es que me puse viva...” Hace un ademán de alejarse, pero se arrepiente porque me quiere confiar algo más: “Bien, no digo que en el Tercer Reich no se cometieron errores”. Y sonriendo, agrega: “¿No cree que donde hay mucha luz tiene que haber mucha sombra?”. Así termina mi experimento y llego a las siguientes conclusiones: En menos de veinte minutos reuní 160 chelines y un suelto de propaganda nazi. Alrededor de un 45 por ciento de los transeúntes contribuyeron sin saber para quién estaba yo colectando; otros 45 por ciento lo sabían y contribuyeron precisamente por saberlo; un diez por ciento se rehusó, pero su oposición no fue -ni prolongada ni enérgica. No obstante, en esos veinte minutos que estuve apostado en la calle de Wollzeile muchas gentes Sonrieron porque los los vieneses son tan amables. No hubo bofetadas y mis tres sweateres no fueron necesarios para cubrirme de una golpiza. Pero necesitaría hasta cuatro sweateres para prote germe de los escalofríos que atravesaban constantemente mi espina dorsal mucho tiempo después de mi experimento.— (De World Jewry” por OJI).

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