Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXVII (1965)
- Issue
- 3 (Marzo, 1965)
- Date
- 1965-03-01
- Page
- Seite 13 (sequence 13)
- Language
- German
- Belongs to
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BOLETIN INFORMATIVO 13 MARZO 1965 t-a % ínpaKnfL- PESAJ EN LA ALDEA A las diez de la mañana ya no había en casa nada ácimo y se nos permitía comer sólo los alimentos propios de Pésaj. Pero nos estaba prohibido lo principal, la matzá, que nosotros deseábamos con tanta ansiedad como el novio espera a su novia. Hasta pronunciar la palabra ‘‘pan” estaba prohibido, debíamos decir, en su reemplazo, ácimo. En consecuencia, nuestro alimento se reducía ese día a carne y papas en todas sus formas. Los muchachos de la ieshivá, que comían diariamente en nuestra casa, protestaban aduciendo que, para quedar satisfechos, les hacía falta pan. Me parece recordar que cenaban regularmente con nosotros, tres o cuatro muchachos de la ieshivá. En vísperas de Pésaj no se escabullían inmediatamente después de comer sino que se quedaban para efectuar algunas tareas domésticas. Esta costumbre nos había sido legada por el abuelo, quien la explicaba así: “Pésaj es la época de la libertad. Es una buena acción ayudar a otros a sentirse libres durante la fiesta. Los estudiantes cenan gratis aquí todos los días del año. ¿De qué manera pueden experimentar entonces esa sensación de libertad? Trabajando el día anterior a la fiesta; es preferible que sientan que la cena pascual es el producto de su trabajo y no que comen de balde”. En todo caso, las tareas que se les encargaban no eran difíciles. Consistían pn traer paquetes livianos de la tienda a la casa, hacer mandados, ir a lo de Hirshl, el sastre, e Isar, el zapatero, a apurar las ropas y calzados nuevos a fin de que estuvieran listos para el ¡próximo día, que no hubiera necesidad, ¡Dios no lo permita!, de usar prendas viejas durante la cena festiva, preocuparse de que hubiera un número suficiente de hagadot y menesteres por el estilo, necesarios para el buen desarrollo de la fiesta. Lentamente llega la tarde. El sol alumbra la aldea de Swislovitz, calles y edificios, con sus últimos resplandores. Las casas han sido purificadas, ¡ pareciera que arrojan una luz especial. En cada mesa reluce la blancura del mejor y más grande de los manteles. Los niños ya se pusieron sus ropas nuevas. Hasta las calles han sido bien barridas y en los umbrales de las casas hay amarilla y limpia arena. Caminamos por las silenciosas callejuelas hacia la sinagoga; también los árboles con sus botones y tiernos capullos se han vestido hoy de fiesta. Todas las casas resplandecen de serenidad y gracia. ¿Quién podrá compararse con ellos, con los habitantes de Swislovitz, tanto con el rico como con el pobre? ¿Quién podrá vanagloriarse de que tiene asegurado su sustento de una semana? Hasta aquél que sufre de hambre con frecuencia, durante las 51 semanas restantes, tiene preparada ahora su comida para los ocho días de la fiesta, pues eso exigen las leyes del pueblo judío y, ¿en qué otra época puede el hijo de Israel sacudir las preocupaciones de sus agobiados hombros y dejar penetrar en su espíritu los encantos y la palidez de la primavera? ¿Es asombroso, pues, que esta fiesta sea la más amada entre todas? En la tarde del séder cualquier judio de Swislovitz podía decir con toda sinceridad: “Todo el que tenga hambre venga y coma”. No debe haber nadie hambriento esta noche. Los picaros, los burlones y astutos comentan entre sí: ‘’El Todopoderoso no podía haber elegido para sacar a los judíos de Egipto una fiesta más agradable que la Pésaj”. Ya hemos regresado de la sinagoga y nos reunimos en la casa. Creo que no hay nada más querido para mí, firme, transparente y luminoso que estos recuerdos de mi ni¬ ñez. A ipesar del tiempo transcurrido y las pruebas afrontadas en la vida, no se han desvanecido de mi mente ni perdido su brillo. La noche del séder, nuestra casa no era de comerciantes sino un palacio real; mi padre, el rey, mi madre, la reina y todos los miembros de la familia, los descendientes del rey, príncipes y princesas y allegados al trono. Aunque alguno de nuestros huéspedes fuese el más pobre entre los pobres, esa noche era un embajador real. Mi alegría era demasiado grande para que mi corazón pudiera contenerla y ésta se desborda con fuerza, derramando su luz sobre la habitación y los rostros de los presentes. Una poderosa pasión se despertaba en mí al oir los hermosos relatos de los mayores. Mi alma se llenaba con las maravillas del destierro en Egipto y, a mi ¡manera, revivía los acontecimientos del más extraordinario drama de la historia: el éxodo de Egipto. Aquella noche alargaron nuestra mesa con ayuda de tablones guardados especialmente con objeto de acomodar a toda la familia y sus numerosos invitados. Mi padre se sentó a la cabecera, apoyado en cojines dispuestos a su derecha, símbolos de dominio, honor y libertad, a su lado, mi madre. Los sitios de honor a sus costados ,se reservaron para los invitados, a sus lados se colocó el resto de la familia. Copas de plata y vidrio, preciosas garrafas de vino relucían en nuestra mesa. Mi padre comenzó el séder con gracia real, digna, sin prisa ni miedo. Dado que mi ¡hermano menor era todavía muy pequeño, me tocó recitar nuevamente las cuatro preguntas. Debo confesar que eso no era muy de mi agrado; me avergonzaba decirlas, a pesar de saber casi todo el texto de Pésaj de memoria. Las hice a desgano, en su idioma original y en el nuestro. Finalmente terminé y mi padre comenzó a leer la hagadá. Mi alegría aumentó al llegar al capítulo de las plagas. Comprendí rápidamente las cuentas hechas por nuestros sabios y pensé en mi interior: así debe ser, eso les ocurrirá a los enemigos de Israel, sufrirán plagas y más plagas y no podrán hacernos daño. Es una muy vieja costumbre que los niños de la casa saquen a escondidas el afikoman de debajo de un cojín y exijan a sus padres un crecido rescate por su devolución. Mi hermano prometió ayudarme en la empresa a cambio de la mitad de la recompensa que pagaría mi padre. En ese momento se me ocurrió una idea fantástica, me acerqué a papá y le dije: “¿Cuánto me darás si no robo el afikoman?”. Esta oferta le causó gracia y me prometió más de lo podría producirme el rescate. Acepté y no sólo no lo robé sino que vigilé a mis hermanos concienzudamente, toda la noche, para que no se acercaran a su escondite. La copa de Elias había sido colocada, como de costumbre, en el centro de la mesa. Nadie puede beber de ella sino el invisible profeta que cuando llega pega sus labios a los bordes del cáliz. Observé la copa atentamente durante toda la noche, sin apartar los ojos, por temor de que disminuyese la cantidad de vino sin que yo me diera cuenta. Por supuesto, ninguno de nosotros dudaba de que Elias se hace presente la noche del séder en cada casa judía. Sabíamos, sin embargo, que él no puede beber todo el contenido de las miles y miles de copas ofrecidas en su honor, sino que prueba levemente cada una de ellas. Aunque paladeara sólo una gota yo me daría por contento; esperé con ansiedad que descendiera la cantidad de vino, pero ni lo más mínimo. Cuando llegó el momento, nos incorporamos, papá abrió la puerta y dijo las amenazadoras palabras: “Derrama tu ira sobre los gentiles que no te conocieron y sobre los reinos que no te llamaron por tu nombre”... Mi respiración se detuvo, contemplé y escuché. Sabía que el profeta Elias no es un ser común, que no es posible verlo ni oirlo, y descubrirlo no es encontrarse con un hombre corriente, con cuerpo e imagen de cuerpo. Pero confiaba en percibir una tenue sombra, un leve aliento, el sonido de livianos pasos. La oración concluyó. ¡Cerraron la puerta nuevamente; no había ocurrido nada. ¿Nada, no escuché nada? ¿Nada sentí? ¿No noté nada? Examiné con la vista la copa de Elias. A pesar de que había aguardado YO Y MI Mientras te diriges a la escuela, piensa: “Debo llegar antes, no después de la hora. Mi falta de puntualidad significaría desorden y también desconsideración hacia quienes me amparan y protegen. La puntualidad es un deber”. Ya en clase, piensa: “Necesito aprender cuanto en la vida me va a ser indispensable. Mi bondadosa maestra se empeña para ennoblecer mi alma y mi mente. Debo portarme correctamente, pues sólo atendiendo, podré captar este momento con toda mi alma, no ¡podía recordar, aunque traté por todos los medios, cuál había sido la altura del vino en la copa. Era posible sin embargo, que los labios del profeta lo hubiesen gustado sutilmente. Pasé el resto de la velada pensando en quimeras y los ensueños aumentaron y me confundieron. Se apoderó de mí un ligero sopor y dormía a medias cuando mi padre me pidió que leyera junto con los demás. Leí y canté “jad gadiá, jad gadiá...’’ y me adormecí nuevamente. No sólo los niños creíamos que vendría el profeta Elias y pegaría sus labios a la copa de vino dispuesta en su honor. Millones de judíos la habían preparado y demostrado su creencia en él y su misión. Había muchos entre los mayores, sobre todo entre los ancianos, que habían aguardado su llegada y no se hubieran asombrado sí hubiera aparecido de pronto por la puerta. No veían en eso nada de extraordinario y quizá hubieran dicho que él no tenía derecho a despreciar sus oraciones. Los apesadumbraba el que, después de abrir su puerta, año tras año, el profeta Elias no venía, Elias, el Tisbíta, no aparecía, y no hay ningún signo /de que sí lo hará', no hay ninguno, no hay ninguno... Shemarlahu Levin (Del libro “Jaguim Uzmanim”). ESCUELA Constancio Vigil. las saDías enseñanzas, atendiendo sabré demostrar mí educación y respeto a mis superiores, mi consideración a los compañeros de los bancos vecinos. Además, por mi comportamiento, todos verán cuan valioso es el ejemplo que mis buenos padres me dan en el hogar”. Al regresar de la escuela piensa: "Aprendí un poco más. Luego, valgo un Poco más que ayer”. (Enviado por Tamara Isaac) LA VUELTA AL COLEGID: