Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXIII (1961)
- Issue
- 12 (Diciembre 1961)
- Date
- 1961-12-01
- Page
- Seite 11 (sequence 9)
- Language
- German
- Belongs to
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Diciembre 1961 BOLETIN INFORMATIVO 11 EL MEDICO DE IOS BEDUINOS Tranquila e intrascendente había transcurrido lavida del doctor Ben-Assa, no distinguiéndose en nada de la existencia de los demás médicos de Haifa. En las mañanas 'acostumbraba tomar un autobús al Hospital Rambam, donde atendía a sus enfermos, para regresar a su casa, en las tardes, cansado y aburrido. A los 40 años, edad del doctor, un hombre a ha sentado cabeza o es, en definitivo, un vagabundo. En esta época de la vida ya ha desarrollado hábitos definitivos, se ha acostumbrado a su sillón, a su pipa y ha dejado de esperar transformaciones milagrosas de su tediosa rutina. Sólo de vez en cuando se acuerda de los buenos tiempos idos, llenos de entusiasmo y de idealismo, recuerdos que surgen a veces en rueda de amigos. Abruptamente una mañana, toda esta rutina cambió cuando el doctor Ben - Assa, mientras tomaba tranquilamente su desayuno, se fijó en un aviso en el periódico, en el cual se ofrecía una plaza de médico en el Neguev. Decididamente sacó su pluma, acercó una hoja de papel y se dirigió al Ministerio de Salubridad, solicitando el puesto. Después de esto, se sintió diez años más,joven. Su esposa Marta (ella también es médico), aunque no estaba entusiasmada ante la repentina decisión tomada por su marido, se cuidaba de hacérselo saber, pues hacía tiempo ya que-se había dado cuenta de su descontento con la vida que llevaba y cuando sus colegas y amigos, habiéndose enterado del paso dado por él, trataron de hacerle desistir de tal aventura, ella los observaba de lejos, sonriendo. Ellos no sabían tan bien como Marta, que Benyamín Ben-Assa siempre se había interesado por trabajos que nadie quería desempeñar. Así, enel pasado, se había apresurado a abandonar su país —Holanda— para servir como médico de gobierno en la Indochiná. Incluso había llegado a aprender el idioma milenario de Kon Fu Tze, que le había enseñado un paciente que no tenía cómo pagar sus honorarios. “Alguien tiene que hacerlo” —esto fue un argumento perrene—” y este alguien bien puedo serlo yo’’. Ahora, en Israel, usaba el mismo argumento: “Alguien tiene que ir al desierto y ayudar a esa gente, para que lleguen a considerarse Israelíes y a comprender de una vez que nosotros somos sus amigos”. El doctor Ben-Assa obtuvo el puesto. Había —cierto es— otros candidatos, pero el doctor les aventajaba a todos ellos, pues era el único que tenía nociones del árabe. Cuatro veces por semana sale ahora un jeep viejo y destartalado de la ciudad de Beersheba, para dirigirse a una de las cuatro clínicas existentes en el desierto. Viajan en el vehículo >el Dr. Ben- Assa, la enfermera Miriam Yaissh y Yoram Haddad, el que hace las veces de chofer, secretario, cajero y, en caso de apuro, enfermero. Los domingos, lunes, martes y miércoles, son. los días de atención en el desierto. Los jueves, día de feria, los beduinos llegan a la ciudad y pueden ser atendidos en el centro sanitario local y los viernes, el doctor está ocupado en dar cima al papeleo burocrático que nunca falta. Tres de las clínicas regionales están situadas en pleno desierto y la cuarta se encuentra en el camino entre Beersheva y Tel Aviv. No era fácil para el Dr. Ben-Assa acostumbrarse a las condiciones primitivas en que tuvo que desenvolverse, pero, sin dejarse amedrentar por las dificultades, se consoló con que llegaría el día en que sus clínicas estarían equipadas con los instrumentales más modernos. Desde las primeras horas de la mañana, los enfermos están haciendo cola en las dos “salas de espera”. Las mujeres se hallan reunidas en un estrecho corredor, mientras los hombres charlan y fuman bajo la sombra de unos acacios. La sala de espera de una cúnica para beduinos es algo peculiar. Las mujeres conversan en voz baja mientras alimentan a sus hijos. Casi nadie de ellas precisa efectivamente de atención médica. Para ellas, salir a visitar la clínica es más bien un acontecimiento social. Aquí, una niña puede encontrarse con amigas de otra tribu e intercambiar chismes sin que la estorbe la vigilancia de su familia o la mirada de un fesposo celoso. Muchas han llegado desde lejos, montando El Centro de Salud de Beersheba sobre burros y camellos, solamente para estar sentadas en el consultorio, conversar, y, finalmente recibir de Miriam o una receta o una inyección. Pues ningún beduino — hombre o mujer— consideraría oatlsíactorio un examen médico sin que se le haya hecho una revisión estetoscópica y se le haya colocado una inyección. Para ellos, el estetoscopio es un instrumento mágico que revela el lugar preciso y la causa exacta de cualquier mal y, para curarlo, no hay mejor remedio que una inyección. Así, al principio fueron tribus enteras que invadieron los consultorios para inspeccionar ai doctor y a mirar su instrumental. Imposibilitado de trabajar entre tanto curiosos, el doctor decidió tomar una medida desesperada. Instituyó una especie de “derecho de admisión” de una libra. Desde entonces, la concurrencia se ha visto reducida a aquellos que realmente precisan de cuidados médicos o que tienen la fortuna lo suficientemente grande como para permitirse el lujo de hacer una visita de inspección Un paciente realmente enfermo —y hay muchas enfermedades infecciosas y pulmonares— recibe desde luego, un tratamiento adecuado. Si el diagnóstico exige una confirmación radiológica o un tratamiento hospitalario, el doctor se encarga de ello. En caso que un enfermo no pueda ir a verle, acude a visitarlo en su carpa. Ben-Assa no está solo. Su ayudante más cercana es En varias clínicas se dispensa atención médica a los beduinos Miriam Yaish, enfermera pulcra, y eficiente que a su vez tiene otra ayudanta, Yida, una niña beduina, a la cual Miriam ha enseñado los rudimentos de primeros auxilios y <jue ahora trabaja en la clínica. Yida se presentó voluntariamente a ayudar. Le agradaría estudiar medicina, pero “... soy analfabeta... ” ¡ soy solamente una pobre ni-1 ña beduina”, sonríe triste-' mente. En otra clínica, Ben-Assa tiene otro “ayudante”. Es Halil, un joven beduino de un campamento cercano que viene a ayudarle, vestido con su mejor indumentaria europea. Incluso en los días más calurosos jamás se sacaría el saco. Al final del día, el jeep regresa. Largo es el ca. mino desde la clínica en el desierto hasta Beersheba. Tanto más, por cuanto cada beduino considera obligación ineludible parar al coche e invitar al doctor.y a sus ayudantes a una’taza de café en su carpa. Desde luego, aprovecha siempre para quejarse de algún dolor. Al parecer no hay ningún beduino en todo el Neguev que desconozca el jeep plomizo y desgarbado del Dr. Ibn-Issa como le llaman ellos. Y no importa cuán cansado esté —siempre tendrá una sonrisa en los labios y una palabra amable para cualquiera de sus miles de “conocidos”. LA RESISTENCIA EN EL ARTE Desde principios de la guerra y de la persecusión desencadenada por los nazis en los países ocupados, fueron los artistas que dieron rienda suelta a sus sentimientos por medio de dibujos —caricaturas y bocetos— que pronto comenzaron a circular de mano en mano. No pudieron ser los judíos una excepción a esta regla general y es así como nuestros artistas —actores, pintores, escritores, etc. — nos han legado un precioso tesoro, gracias al cual podemos evocar mejor el espíritu de aquellos tiempos que por medio de las disertaciones eruditas de los sabios e historiadores. Prácticamente no había Gheto alguno en que no se hallaban recluidos artistas de renombre los cuales —a través de los medios de expresión que les son propios— trataron de levantar el ánimo e infundir valor a los infelices que se encontraban junto a ellos. Así, ¡en el Gheto “modelo” de Theresienstadt, se organizaron conjuntos teatrales, se realizaron conciertos y se dictaron conferencias de la índole más variada. Tal actividad era tolerada —por los menos durante un tiempo— por los nazis. Incluso ellos se aprovechaban de los dones de los recluidos, vendiendo sus obras originales o empleando a pintores judíos para que copiasen cuadros famosos que más tarde fueron vendidos en el extranjero. Con el transcurrir Por Mordecair Ansbacher del tiempo sin embargo, los verdugos comprendieron que estos artistas dejarían un testimonio indeleble de las atrocidades presenciadas por ellos, por lo que comenzaron a asesinarlos, destruyendo a la vez todas las obras artísticas que pudieron hallar- Sin embargo, son muchas las obras que han podido sobrevivir, legándohos así el sabor amargo de las penurias y de la opresión. (“Yad Vaschem Bulletin”) i “REBELION” A. Drettler