Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXXIII (1971)
- Issue
- 7 (Julio, 1971)
- Date
- 1971-07-01
- Page
- Seite 10 (sequence 10)
- Language
- German
- Belongs to
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10 BOLETIN INFORMATIVO JULIO 1971 AI cumplirse un nuevo aniversario de la muerte del primer estadista judío, presentamos a nuestros lectores un episodio característico de los albores del sionismo. La Red. EL CEDRO DE HERZL PDR ELIEZER SMDLI Teodoro Herzl y el Emperador Guillermo II, Jerusalén 1898. ¡tüft * ' Hace más de medio siglo, el Kaiser Guillermo II, de Alemania, amigo del Sultán de Turquía, Abdul Hamid, vino a visitar la Tierra Santa. El cable telegráfico entre Jerusalén y Constantinopla zumbaba incesantemente, ya que se hacían minuciosos planes de mejorar el camino entre Jaffa, en el Litoral, y Jerusalén, en los Montes de Judea. Miles de “fellahs” (campesinos árabes) y sus mujeres y niños pavimentaban las carreteras y enderezaban los caminos de tierra. Miles de presos construían puentes y portales en honor del distinguido huésped del Sultán. Al mismo tiempo vino otro hombre a visitar Eretz Israel, uno a quien el Kaiser, sarcásticamente, había apodado “Rey de los Judíos”. El hombre entró al país sin pompa, sin ser aclamado. Ningún camino se había pavimentado en su honor; ninguna salva fue disparada para saludar su llegada. Era el doctor Teodoro Herzl. Cansado y descorazonado, Herzl vino a las costas de Jaffa. Su episodio en Alemania con el Kaiser había sido desalentador. El monarca germano había mirado al “Rey de los Judíos” sin paciencia ni simpatía. El Sultán de Turquía se había reído de él desde las alturas de su trono, le había dado obsequios, pero ninguna promesa.. . Herzl sabía que sólo un hombre podía influenciar a Abdul Hamid. Ese hombre era el Kaiser Guillermo II. Y el Kaiser estaba por visitar la Tierra Santa. Era la hora de venir a presionar nuevamente con su solicitud. Al sur de Jaffa, sobre el camino a Jerusalén, se encuentra la primera escuela agrícola judía, Mikvé Israel. Cuando el Kaiser y su comitiva fueron a orar en la Ciudad Santa, se detuvieron a visitar Mikvé Israel. Una multitud de judíos y árabes se reunió a ambos lados del camino para poder ver al César germano. Un arco de honor se había erigido en homenaje a los visitantes, y los escolares cantaron cánticos de bienvenida. —“¡Hedad!” —¡Viva el Kaiser! Silencio. Sólo el batir de cascos del caballo real. Miles de ojos están fijos en el monarca. Y él, alto sobre su blanco caballo, dirige a la multitud una altiva mirada. Pero súbitamente hace girar su caballo hacia la verja y extiende una mano amigable a alguien. La multitud se pone de puntillas para ver quién es. Se está acercando un hombre alto, hermoso, de negra barba y ardientes ojos. —¡Herzl...! —corre un murmullo por la multitud—. ¡El doctor Herzl...! —Buenos días, “Herr Doktor”. —Buenos días, Vuestra Majestad . Silencio en torno. Sólo se oye el susurro de las hojas en la arboleda que bordea la larga avenida, que tililan bajo los rayos del sol abrasador. —¿Ha encontrado la tierra de nuestros ensueños gracia a los ojos de Vuestra Majestad? —pregunta Herzl. —Es imposible soñar aquí. “Herr Doktor” —replica el Kaiser, secándose el sudor de la cara con su gran pañuelo—■ El calor no lo permite. —Nada puede hacerse —sonríe Herzl—. La tierra está desnuda. La tierra debe ser sombreada; debe ser cubierta de bosques —argüyó Guillermo, se¬ ñalando a Mikvé Israel y sus verdes campos y árboles. —No podemos, Majestad —suspiró Herzl—. La tierra no está en nuestras manos. —La tierra pertenecerá a quienes le den sombra y cubran su desnudez con árboles —continuó el Emperador. Espoleó a su caballo y se despidió—. Nos encontramos en la Ciudad Santa, “Herr Doktor”. Los acompañantes de Herzl quedaron intrigados. ¿Había prometido algo el Kaiser? Pero Herzl mismo estaba emocionado, su rostro resplandecía y sus ojos soñadores miraban al porvenir.. . “La tierra pertenecerá a quienes le den sombra y cubran su desnudez”, murmuraba, repitiendo las palabras del Kaiser una y otra vez. —¡Qué desnuda estaba la tierra! ¡Cuánto abandono! Por espacio de horas llevó a Herzl su carruaje a lo largo del camino a Jerusalén. El desierto enseñoreado por doquier. Aldehuelas de barro, rodeadas por muros de estiércol y basura, arbustos que daban más espinas que sombra; los Montes de Judea, calvos y chamuscados por el sol; vegetación de pobre crecimiento aquí y allá y despoblada tierra rocosa donde el calor era insoportable, sin ninguna sombra para refrescar al cansado viajero. Después de viajar muchas polvorientas y calurosas millas, Herzl se irguió súbitamente sorprendido. ¿Qué era esa verde mancha en el valle, al pie de las montañas? Motzá, una aldea judía. La única en los Montes de Judea. Pequeña, pero verde. Toda verde con olivares, datileros, viñas y albaricoqueros. ¿Habían creado manos judías ese oasis? Y he ahí campesinos tostados por el sol que le estrechan la mano, que le traen de la fruta*que han cultivado. Herzl está anonadado. Aguadamente toca con sus manos los árboles. Arboles umbríos plantados por campesinos judíos. El quiere plantar un árbol. Pero que sea sobre un monte pelado. Se debe empezar desde el principio en un monte pelado. Todos se dirigen a la cima del monte, al caer la tarde. En un hoyo que los campesinos han cavado, planta Herzl un joven cedro. Un cedro en lo alto de un monte de Judea. Los judíos que se dirigían a Jerusalén a llorar su destrucción se detenían a mirar el cedro de Herzl. Se sentaban a su sombra y oían la esperanza que llevaba el viento oeste. Porque Herzl y su sue¬ ño eran amados por los judíos, y el solitario ciprés que él había plantado con sus propias manos en una roca pelada era un cedro de esperanza. Cuando el cedro tenía seis años, Herzl murió del dolor de la nostalgia, roto su corazón por el ensueño no realizado. Todo Israel lloró, y el cedro también lloró. Año tras año, el 20 de Tamuz, la juventud de Israel que compartía el ensueño de Herzl, llevaba nuevos arbolillos a plantar junto al cedro. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Eretz Israel, aislada de los grandes centros del judaismo, fue profanada. El hambre y la enfermedad arrasaron a la gente que vino a reconstruir la tierra. El yugo del Sultán se iba haciendo más pesado y a medida que los turcos perdían batalla tras batalla, crecía su enojo contra los pocos judíos. Muchos fueron exiliados a Damasco. Otros fueron arrojados a las cárceles de Acre y Nazaret. Los turcos en retirada confiscaban la riqueza de la tierra y destruían lo que no podían llevar consigo. Pero el cedro seguía creciendo, y con él las esperanzas del Ishuv. El 20 de Tamuz la juventud se reunía clandestinamente junto al cedro de Herzl. Amargados y azorados, rodearon el árbol y juraron: “Aferrarse a la tierra, tener esperanza, sufrir, pero no desertar”. En el tercer año de la guerra, el 20 de Tamuz, volvieron, pero esta vez encontraron el árbol muerto. El día anterior soldados turcos lo habían derribado, por orden del Alto Comando. Un árbol puede ser talado por un hacha, pero la determinación de un pueblo es más difícil de destruir. Una noche algunos alumnos de la Escuela de Arte de Betzabel, de Jerusalén, arriesgaron sus vidas yendo a Motzá, a la montaña donde había crecido el ciprés de Herzl. Silenciosamente, en la oscuridad de la noche, siguieron las barrancas y hondonadas, esquivando los centinelas y las patrullas turcas. Así, lentamente, dejaron a Motzá atrás hasta llegar al muñón del árbol. Recogieron algunas piñas de las ramas caídas y se las pusieron en los bolsillos. Regresando de la misma manera, alcanzaron a Jerusalén al alba con su botín: simiente del cedro de Herzl, simiente del gran ensueño. Pusieron la simiente en un' vaso sagrado en Betzabel, a esperar el día. Finalmente, llegó el momento. Los soldados turcos fueron arrojados del país. Una vez más las canciones de la juventud se volvieron a oír por todo el país. Entonces, fueron sacadas las semillas de su escondite y plantadas. Fueron plantadas en Kiriat Anavim, en Atarot, en kibutzim de los Montes de Judea, y también en Julda y Ben Shemen, al pie de las monta¬ ñas. Porque la tierra estaba desnuda, y oraba por sombra, y ellos sabían que algún día la tierra pertenecería a aquellos que le dieran sombra y cubrieran su desnudez con árboles. PERFUMERIA ROSE LTDA. Monjitas 873 — Local 561 — Fono 381448 SUPERSTICION A NIVEL MINISTERIAL TEL AVIV (Aurora).— Tres de los ministros egipcios recientemente depuestos por el Presidente Sadat recurrieron anteriormente a un adivino a fin de obtener una respuesta al interrogante acerca de las posibilidades de éxito de la fracasada intentona contra el Presidente egipcio, según informa el vocero de Sadat. Hassanein Heikal en su columna semanal en el periódico “Al Ahram”. Se trata de los ministros del Interior, de Guerra y de la Presidencia. Con la ayuda de un profesor universitario que sirvió de médium consultaron con un espíritu, el que aseguró al ex-ministro de guerra que sus planes operativos contra Israel “son buenos a condición de que la ofensiva sea rápida”. Respecto a la federación tripartita (a la cual los tres ministros depuestos se opusieron) el espíritu les aconsejó “medir sus pasos con cuidado y que no hay razón alguna para el odio mutuo”. El espíritu aconsejó a Gumaa, el ex-ministro del Interior, aceptar la función de Jefe de Gobierno de ofrecérselo Sadat, advirtiéndole que Sadat “no tiene la intención de prolongar por mucho tiempo la paz con él”. Después de la renuncia del Vice-Presidente Sabri, los tres se dirigieron nuevamente a! espíritu, quién les aconsejó no actuar contra Sadal, agrega Heikal. Heikal escribe, finalmente, que el médium demostró una gran habilidad, por lo menos mayor que la de los tres que consultaron con él, al dar respuestas que podían ser interpretadas de diferentes maneras. Siglo XX en el Medio Oriente.