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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1970-01-01 · 1 (Enero, 1970) · p. Seite 17

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXXII (1970)
Issue
1 (Enero, 1970)
Date
1970-01-01
Page
Seite 17 (sequence 17)
Language
German
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ENERO 1970 BOLETIN INFORMATIVO 9 CDN LUPA Y TIJERAS Estampa del Neguev El Fracaso de Rabal Una vez más los árabes han visto explotar su sueño de unificación, ante la realidad de sus profundas divisiones. EL DESIERTO IRACUNDO Lo ocurrido en su conferencia cumbre de Marruecos, el fracaso total de los reyes y gobernantes árabes para configurar un frente unido de combate, representa una especie de seguro para Israel, rodeado por 100 millones de habitantes, la mayoría de ellos árabes. Los árabes parecen completamente imposibilitados de unirse. La unidad árabe es un lema sonoro de lo que inadecuadamente se llama “mundo árabe”. La “nación árabe” es un sueño que estimula la oratoria de dirigentes e intelectuales. Pero no existen cosas tales como la unidad árabe, ni como la nacionalidad árabe. La respuesta a todo esto se remonta en la historia, profundamente incrustada en la psicología del árabe, dentro de un fondo de numerosas frustraciones y humillaciones. , ("La difícil unidad árabe", cable AP, 25.12.69). Después del Dislanciamienío Washington - Jerusalén JUGANDO MIMICA ■...... ■ » ... ■ kâùm ... en Israel se recela de Nixon... pero los árabes lo ven así. (Julio Fernández, en "Interplay", Londres y Nueva York). Situación en Medio Oriente Aunque en las Naciones Unidas y otros medios internacionales se haya especulado mucho sobre posibilidades de paz entre árabes e israelíes, de hecho la situación no registra ninguna novedad de importancia. En las fronteras prosiguen las luchas locales, más persistentes y amplias en torno al Canal de Suez, y con mayor iniciativa ahora de los egipcios si son ciertos sus correspondientes partes, casi siempre contestados por Israel. En cuanto a los frentes internos menudean los atentados palestinos y las represalias israelíes, dentro del territorio de éstos, y se mantienen las tensas situaciones conocidas en el Líbano y Jordania con cierto decaimiento por parte de los comandos palestinos. Ateniéndonos al cuadro de las realidades momentáneas se diría, pues, que podría eternizarse la actual guerra estática árabe-israelí (llamada “de desgaste de Israel” por El Cairo), a pesar de los grandes sacrificios que impone a las dos partes. En refuerzo de la hipótesis, el vocero más autorizado del Presidente Nasser, al insistir de nuevo en la suposición de que la guerra de “los seis días” no fue más que una “primera vuelta”, ha afirmado que la RAU se prepara para una revancha en la que “se presentará en el campo de batalla con un millón de hombres bajo las armas”. Aunque demográficamente Egipto tiene base sobrada para ello, las anteriores confrontaciones bélicas han corroborado que lo decisivo en estas lides no es la cantidad sino la calidad del combatiente y del aparato técnico e industrial que lo mantiene. Y en el caso concreto a que nos referimos, en las tres fases bélicas anteriores (1948, 1956 y 1967) los árabes fueron muy suDeriores en cuanto a la masa combatiente alineada y al número de implementos bélicos, sin contar con el ruinoso costo de preparar durante largos años un ejército tan numeroso. Mientras tanto vuelve a discurrirse en torno al papel que pueden jugar los “grandes” para provocar la consecución de una efectiva paz. Al parecer (puesto que no se conocen los detalles) hay nuevos planes norteamericanos y soviéticos. Sin embargo, lo que se sabe de ellos no difiere mucho de los anteriores, rechazados por ambas partes en cuanto a los puntofc más críticos. Y, por ahora, nada hace creer, tampoco, que los principales beligerantes en cuestión —Israel y la RAU— podrían aceptar nada que no sea negociación directa. B. ("El Mercurio", 19.12.69). A la una de la tarde salí del aula y emprendí el regreso a mi casa. Percibí una extraña quietud en el contorno; como si el tiempo se hubiera detenido. El cielo, Siempre azul-brillante como una porcelana fina, estaba enturbiado por negros nubarrones. Enfundado el disco de fuego, las montañas en torno de la Midrashá Sdé Boker parecían respirar, aliviadas por fin del castigo solar. “¿Estará por llover?’.’, pensé. Pero en seguida me reí de mí mismo. ¿Llover a esta altura del año? ¿Y en el Néguev? Comenzó a soplar un viento fresco, en pleno mediodía. —¡Este es el Néguev que a mí me gusta! —comentó mi esposa.— ¿vamos a dar una vuelta? —Voy a abrir todas las ventanas para que las piezas se ventilen con el aire fresco — propuse yo. Y salimos... Minutos después la oscuridad se acentuó y, de pronto, nos encontramos envueltos en una tormenta de arena, rabiosa y aullante, que nos impidió dar un paso. Penetramos en la primera vivienda que hallamos cerca y esperamos que amainara el vendaval. Media hora después volvimos corriendo a nuestra casa. El departamento flamante parecía una casa recién excavada de las ruinas de Pompeya. El famoso polvillo lunar del Néguev cubría los muebles, los libros, las camas, los sillones, los utensilios de cocina. Hasta la una de la madrugada estuvimos limpiando el delicado presente del yermo. —¿A quién se le ocurrió esa estúpida idea de dejar abiertas las ventanas? — rezongué yo. A la mañana siguiente, al levantarme, presencié otro extraño fenómeno. Una densa neblina cubría la Midrashá. A lo lejos, las montañas flotaban en la niebla, como curiosos témpanos de roca. “Parece que se viene el invierno”, me dije. Y me encaminé a dar mi clase. ¡Vaya invierno! La neblina se levantó y dejó en su lugar un calor espeso y aplastante, tipo Tel-Aviv. Por primera vez desde que residía en la Midrashá comencé a transpirar. Mis alúmnos, los hijos de este desierto que empezaba a poner mala cara, también se mostraban torvos y agresivos, como las nubes ceñudas que anunciaban nuevas tormentas de arena. Mis alumnos son hijos de esta zona. Provienen de las llamadas “poblaciones de fomento”: Ierujam, Mitzpé Ramón, Dimona... Hogares pobres, problemáticos, cuyos días, muchas veces en el mes, anuncian lluvia pero descargan tormentas de arena. Trato de aplacarlos. Intento ganar su interés. En vano. Se por Samuel Pecar 1; ¿ IF ■ - ' ... a lo lejos, las montañas flotaban en la niebla.. . distraen, se agitan en sus asientos, miran a través de la ventana. Sigo su mirada. Los albañiles continúan levantando edificios para los nuevos maestros que han de arribar a la Midrashá. Los herreros y los carpinteros machacan la madera y el hierro de las aulas nuevas, del comedor, de las habitaciones del internado. La Midrashá hierve, como siempre. La pileta de natación estará concluida para Pésaj. El colegio para estudiantes inmigrantes de habla inglesa será anexado al instituto secundario. Las autoridades del lugar hablan de la “Universidad de la Midrashá”, para los próximos años... A lo lejos distingo al jardinero yemenita, de larga barba cana. Riega sus árboles, que crecen desganados, a movimiento lento. Y toda esa actividad confluye en un solo cauce: echar raíces en esta tierra resentida; domarla; afirmarse; crecer... “Pero todas estas obras apenas se notan en la inmensidad de este desierto”, pienso. La distancia parece tragarlas y convertirlas en insignificantes puntos de arena. Pero siguen construyendo, los tercos. También mi tarea, dentro del aula, parece perderse en el vacío de esta ma¬ ñana sofocante e irascible. No establezco comunicación con mis alumnos, y yo también me distraigo. Medito y recuerdo... Durante veinte años me dediqué a enseñar materias técnicas en la diáspora y siempre consideré que cumplía una elevada función. Pero durante ese largo desfile de años enseñé sin educar. Trasmití conocimientos en cursos rápidos, intensos, presionado por la urgencia de padres y alumnos. Aquí, en el seno de esta nueva sociedad enclavada en el desierto, no puedo separar ambos ingredientes. O enseño y educo, o me callo. Pero educar es reformar, alterar, modificar. Y el alumno se resiste a ser re-hecho, También elementos menos sensibles que el ser humano se resisten a perder su forma natural. Incluso una piedra se resiste a ello... Dejo de filosofar y miro otra vez hacia afuera. El cielo sigue ennegreciéndose cada vez más. Ya no espero milagros pluviales y me dispongo a recibir la segunda tormenta de arena. Las ventanas de mi casa están herméticamente cerradas... En el contorno no distingo cambio alguno. El viejo yemenita (¿será realmente viejo?) sigue acariciando sus retoños, trenzado en una lucha cuerpo a cuerpo con los pedruscos y el terreno arcilloso. La tierra reseca y flemática se resiste a recibirnos, pero el “viejo”, paciente y testarudo, insiste, insiste. Hay que ablandar el desierto. “Y hay que domar a los hijos de este desierto”, me digo mirando a mi tribu inquieta. Giro la vísta hacia el otro ventanal del aula y veo nutridas hileras de arbolitos de dos metros, sacudidos por el viento que ya comienza a soplar con fuerza. Allá afuera la tierra va siendo amansada, palmo a palmo, pacientemente. Aquí adentro, en el aula, la lucha sigue. Pero no desespero. Yo también los voy a ablandar, hasta que me dejen introducir en Su interior “mis plantas”, como hizo el yemenita con las suyas. Cierro las ventanas del aula. Que el Néguev iracundo se quede afuera. Para completar mi tarea, para rehacer la arcilla confiada a mis manos, para amasarlos, necesito paz, quietud y tiempo. Y aquí, en este lugar, el tiempo está almacenado a nuestro alrededor, durante milenios, esperando que lo usemos. No hay apuro... Nadie me exige cuentas del tiempo invertido en mis injertos. Y a mí me gusta perder tiempo en el ocio de educar. Sólo así siento que lo gano... "Aurora", Tel-Aviv

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