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Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel · 1967-06-01 · 6 (Junio, 1967) · p. Seite 19

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Journal
Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
Volume
XXIX (1967)
Issue
6 (Junio, 1967)
Date
1967-06-01
Page
Seite 19 (sequence 19)
Language
German
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JUNIO 1967 BOLETIN INFORMATIVO 19 MOTIVOS ISRAELITAS EN LA TRADICION BRASILEÑA LUIS DA CAMARA CASCUDO (Publicado en “Comentario”) La gente ve aún a los judíos con ojos del año mil quinientos. Ven una figura abstracta, individualizada mentalmente, en la que se suman los atributos negativos adjudicados por la antigüedad acusadora. No la personalizan en el ciudadano del Estado de Israel y menos aun la distinguen de entre los naturales del Oriente. En mis tiempos lo corriente era referirse a ellos como “los turcos". Al judío de estampa antigua, típica, asociaban las imágenes bárbaras presentes en la mentalidad de otrora, en los albores históricos del Brasil. Hostil a los judíos, el siglo XVI se caracterizó por su regresión sistemática y su crueldad en este aspecto. En 1547, conforme a los deseos de Don Juan III de Portugal se instaló el Tribunal del Santo Oficio, foro corrector de la heterodoxia militante, bajo la égida de la corona que nombraba los órganos encargados de hacer cumplir las sentencias de muerte en la pira. Brasil fue una esperanza de salvación. Hacia allá orientábanse las huidas, la fuga de los sospechosos de la Santa Inquisición, los perseguidos por los “familiares del implacable Tribunal, destinados a los atormentadores juicios en defensa de la fe. Dice Rodolfo Garcia: “Brasil seguía siendo, y lo fue por mucho tiempo, refugio y lugar de destierro de los cristianos nuevos: refugio para los que lograban escapar a las redes del temido tribunal de la metrópoli, destierro para los culpables de faltas leves que eran allá enviados. La vastedad de la enorme colonia, la escasez de personal de vigilancia del credo oficial, permitía a unos y otros cierta libertad de acción y sin temor a una represión inmediata, se volcaban natural e instintivamente a las creencias ancestrales”. En Brasil eran legión, formando parte de todas las clases sociales, de la administración y del sacerdocio, de las profesiones más humildes tanto domo de las más encumbradas, hombres de talento y fundamento de la aristocracia rural dominante. En 1617, el cristiano nuevo Diniz Bravo, rico y talentoso señor afincado en Bahía de Todos los Santos, le decía al licenciado Melchior de Braganca, “doctor hebreo”, desterrado allá por causa de la muerte de un hombre en la ciudad de Salvador y que otrora enseñara en las Universidades de Alcalá, Salamanca y Coímbra: “¿Pensáis que todos los que comen puerco son cristianos? Denunciaba así la clandestinidad y el incontable número de judíos en el Brasil naciente. Es sabido que en Brasil el Santo Oficio actuó entre 1591 y 1598 en Bahía; entre 1593 y 1595 en Pernambuco y entre 1618 y 1619 en Salvador, con los licenciados Heitor Furtado de Mendonca y Marcos Teixeira, como visitadores Apostólicos. De esa verificación de la pureza religiosa se publicaron cuatro volúmenes: Denuncias de Bahía, Sao Paulo, 1925. Confesiones de Bahía-Río de Janeiro 1925, ambos con estudios de J. Capistrano de Abreu; Denuncias de Pernambuco — Sao Paulo, 1929; y el Libro de las denuncias, relativo ai período 1618-1619, Río de Janeiro 1936, los dos últimos con una introducción de Rodolfo Garcia. En la “Admonicación del Inquisidor Genera” D. Diogo da Silva, fechada en Evora, el 18 de noviembre de 1536, se registran los usos y costumbres más característicos de los judíos. Era el código orientador de las denuncias y confesiones, índice de la falsa fe, formulario de las declaraciones purificaderas, peligroso ingreso a la red de la casuística inquisitorial. La Admonicación destaca las solemnidades religiosas indispensables del culto judío; el gran ayuno “en ei que se piden perdón unos a otros” es el Yom Kipur, día de expiación “fiesta del ayuno de Kipur" durante la cual Felipe Cavalcanti viera pasar en 1553 los carros de Olinda, repletos y ruidosos, rumbo a Camaragibe, donde había una “esnoga” (sinagoga) frecuentada; el ayuno de la Reina Ester (Taanit Ester); la Pascua del pan ázimo (Pesaj), cuando comen el pan ázimo y el carnero asado, como anticipo del Exodo. Salvador de Maia era acusado en 1591 de “empacharse con el carnero pascual”. Cita la fiesta de las cabañas o tabernáculos (Sucót) y la Pascua del Cuerno (Rosh Hashaná) cuando suena el shofar, trompeta de cuerno de carnero que anuncia la primera luna nueva del nuevo año israelita. Belchior Fernandes de Basro, al evocar el período 1610- 11, denunciaba al Santo Oficio en Bahía, que había “mucha fiesta y estruendo” en la casa del cristiano nuevo Simao Nunes de Matos, con motivo de la “toura” del salvado. Debía ser seguramente la celebración de Jamisha Asar B’Shvat o el año nuevo de los árboles. Toura es una vulgarización de Torá. En las denuncias bahianas o pernambucanas se pueden hallar menciones de las figuras de bueyes, toros, becerros, figuras humanas con cuernos o cabeza taurina, como expresiones de idolatría suprema de un pueblo que jamás ha representado materialmente a su divinidad. Las familias de la “nación” guardaban el sábado vistiendo sus mejores ropas, adornándose con joyas de los días de fiesta, utilizando candiles limpios con mecha nueva que ardían toda la noche, reuniéndose los hombres y las mujeres en plática amistosa cuando no podían concurrir a las Sinagogas de Matoim y Camaragibe, “sabadeando' como se decía entonces. Las residencias de los cristianos nuevos pudientes suplían simbólicamente a la Sinagoga con sus luces, la venerable Torá y la salmodia ritual de las oraciones, pronunciadas con exaltación devota. A este respecto el sábado correspondía un desprecio al domingo durante el cual se trabajaba despreocupadamente, pecado aludido en las denuncias. Obviamente, las “gentes de la nación” cumplían las restricciones alimenticias, no comían cerdo ni tocino, prescindían de la gordura de la carne, consumían peces de escamas tan sólo y rechazaban liebres, conejos y demas animales vetados por la “Ley Antigua”. Las oraciones se recitaban con un acentuado balanceo del torso y un ligero movimiento oscilante de ia cabeza. Esta posición denunciaba a la “raza de ia nación" y se la consideraba contraria a la observancia. Las oraciones tradicionales de las familias católicas, los tercios, rosarios y letanias susurradas ante los oratorios de jacarandá, provocaban debido a la insistencia monótona y somnolienta, ese cabeceo prohibido por la Admonición de 1536. Surgían entonces, inevitables, las advertencias de las mujeres mas viejas: “Endereza la cabeza, pequeña, pareces un judío'. Nunca habían visto orar a un judío, pero la fama secular atravezaba las edades. Los hebreos eran contrarios a la exhumación, a la que consideraban una herejía. Dondequiera residieran ios judíos, el insistente pedido de los moribundos, era fielmente cumplido. Conforme a la documentación del Santo Oficio, los ejemplos de este tipo fueron numerosos en Brasil. Las familias oponían resistencia a los traslados de quienes había sido inhumados en tierra virgen. Sepulcro era sinónimo de eternidad. Ana Roiz, viuda de Heitor Antunes, no consintió que se retiraran los huesos de su marido de las ruinas de la ermita donde fueron enterrados. Transferíase el culto religioso, mas no los restos mortales del cristiano nuevo, de la “raza de los macabeos”. La tradición no se perdió en Brasil. Siempre tienen lugar los entierros de marido y mujer en tumbas vecinas. La tierra virgen goza aún de preferencias en los aforos fúnebres, conforme a los cuales cada miembro de la familia tendrá su lugar reservado, reposo inalterable a través de los tiempos. La tumba propia significaba otrora una garantía de descanso eterno. Los judíos admitían que la noche de San Juan y en Navidad las aguas tenían misteriosos poderes. Las fechas son católicas, mas deben coincidir con tradiciones antiquísimas de Egipto o Babilonia. En época lejanas se lanzaba pan o vino a las aguas, con la pretensión de que éstas se trocarían en sangre, como una especie do ofrenda. La superstición de que esas aguas son reveladoras del futuro, una suerte de adivinación de San Juan, persiste aún tal como se la recibió de Portugal y ha sido estudiada en “Anubis y otros ensayos” (XXVI Rio de Janeiro, 1951). La bendición patriarcal con las manos puestas sobre la cabeza del bendecido era considerada ofensiva para la ortodoxia católica por el Admonitorio. En 1591, Antonio de Oliveira denunció a su tía Violante Roiz, quien “le puso una mano en la cabeza, nombrando a Abraham”. La vieja Ana Roiz, que sena quemada por el Santo Oficio en Lisboa confesó: “Cuando bendice a sus nietos pronunciando la bendición de Dios, les pone la mano extendida sobre la cabeza”. No se hacía la señal de la cruz. Una forma que ha permanecido inmutable en la familia israelita. Reminiscente de esa bendición judía es la frase todavía contemporánea e n Brasil: “pasar la mano por la cabeza”, que significa disculpar, perdonar, relevar, coincidir, bendecir, en suma, absolviendo los pecados y culpas. Entre la gente del pueblo vemos comúnmente el gesto de besarse la propia mano como homenaje al interlocutor. Hasta en mayo de 1965, un mozo del bar Potengi de Natal, me saludó de esta manera. En las capillas del noreste brasileño he visto a las mujeres humildes extender el brazo en dis rección al altar y besarse luego el dorso de la mano en actitud reverente. Todo viajero recordará haber visto esa curiosa venia en el litoral africano del Mediterráneo, desde Marruecos hasta Egipto. No lo he visto ni en Portugal, ni España, ni aparecer en el Antiguo Testamento. Sin embargo sería lógico que existiera en la península ibérica. Hacia 1616, Luis Alvares, de la ciudad de Salvador, rerefía a sus comensales Meichior de Braganca y Manuel Roiz Sánchez sus impresiones después de visitar una Sinagoga de Flandes: “Al entrar a la sinagoga se lavaban las manos y luego ponían la diestra en la cabeza y se la besaban!.. “El doctor Melchior de Braganca, que era marroquí, informó que los judíos de Berbería practicaban las mismas ceremonias. Me parece que queda así establecido el origen de esta forma de saludo traído a Brasil. En el vocabulario brasile¬ ño hay una frase vulgar: “lámete las uñas” vale decir, confórmate con lo que tienes, da las gracias por no tener nada que ver, alégrate de no estar implicado, considérate feliz. Isabel Davilla daba cuenta en una denuncia de noviembre de 1591: “Vi que la dicha Mecía Roiz tiene por costumbre, cuando oye decir a alguna persona que una mujer está de parto, lamer con la boca las unas de los dedos de ambas manos, y esto le vi hacer muchas veces, y preguntándole la razón por que lo hacía, no contestó nada”. Es un gesto de exorcismo popular judio. Ya nadie repite el acto, pero la frase ha quedado, como muestra la intención preventiva. El judío no separado de las juderías, casado normalmente con una cristiana vieja, no se distinguía de la masa de población en Brasil. Era vicario, oidor, miembro de gobernación, oficial, mercader, maestro de escuela, dueño de ingenio, participante y relacionado con todas las clases. La expresión “Con Judeos, livre-nos Deus” se aplicaba a otro tipo de hombres, adversarios históricos y diferenciados de las demás criaturas humanas y normales. No se trataba del cristiano nuevo acusado o acusador en la mesa confidencial del Santo Oficio sin mengua de afecto en la vida cotidiana, ni de los penitenciados públicamente en los atrios de las Iglesias que no sufrían perturbaciones en la continuidad cordial de amigos, vecinos o compadres. El vocabulario feroz y agresivo se dirigía a otro judío, existente en las citas retóricas, evasión natural de odios sordos e inconfesables. “Judío” era el usurero, el agiotista, el impío, el insensible, el sádico, el perverso, el cruel. “Judiada” equivalía a maldad, sadismo, perversidad, “Judiar” sinónimo de maltratar hacer sufrir, mutilar, seviciar, torturar. Moraes dice que el Portugal “judiar” es escarnecer; “judería” cobardía: “Judieria” mofa, escarnio, malicia, burla. En España, “judiada” es acción inhumana, lucro excesivo, “judío” voz de desprecio y cólera. Estas últimas acepciones no son corrientes en la sinonimia brasileña, como en Portugal y España. En Brasil aparecían en las hermandades y cofradías como jueces de las fiestas patronales. Belchior Luis, dueño del ingenio Jaboatao, al ver pasar las angarillas de Nuestra Señora sin que nadie ayudara a llevarlas exclamó “que los mayordomos eran unos judíos que crucificaron al hijo y ahora quieren festejar a la madre”. Pero este cristiano viejo afirmaba que la “imagen de la Señora era un madero que él no podía cargar” y creía que “las misas del padre Antonio Andró y del padre Francisco Pinto Doutel eran las de un par de amancebados”. Así era la ortodoxia popular del siglo XVI. (Continuará)

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