Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXV (1963)
- Issue
- 9 (Noviembre, 1963)
- Date
- 1963-09-01
- Page
- Seite 19 (sequence 19)
- Language
- German
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SEPTIEMBRE 1963 BOLETIN INFORMATIVO 19 IB DE SEPTIEMBRE: CHILE a través de sus Letras Dos son las tendencias principales que se distinguen con claridad meridiana en la literatura nacional. Una, que vuelve la espalda a las ciudades, para buscar en el campo, en las minas o entre los pescadores el alma popular, y la otra que trata de plasmar lo que sucede en los conglomerados proletarios y de clase media de los centros urbanos. Ambas son combativas, ya sea que luchen por la vuelta a la tierra, al viejo estado patriarcal de las cosas, o que llamen a la rebelión, protestando contra la vida sin rumbos ni esperanzas de las masas flotantes y desarraigadas. Mas, tales obras por dignas de encomio que sean y sin querer desconocer sus méritos literarios, no son de por sí representativos de Chile. Enfocan la vida sólo desde un ángulo, nos dan solamente una manera de mirar las cosas, se limitan por lo general a una clase social, ‘pero no ofrecen al lector un panorama integral de lo que es Chile. Quizás sean los poetas los que mejor han captado la savia de nuestra idiosincracia. Gabriela Mistral, que impregnaba sus poemas con tristeza y melancolía que asoman tras la máscara alegre y bonachona de nuestro hombre del pueblo y Pablo Neruda, quien, guiado por su corazón generoso se da lleno y entusiastamente a aquellas causas que él considera justas. No es mera coincidencia que él haya sido autor de la letra de las tonadas de Manuel Rodríguez, personaje al cual le une una notable afinidad espiritual. Otro indicio que podrá decirnos algo sobre Chile, es la ausencia casi total de obras festivas de valor literario. Hay piezas satíricas, eso sí, hay escritos irónicos, quién lo dudaría, pero siempre son amargas, combativas y duras. No conocemos ninguna que sea sencillamente bucólica, llena de esa “alegría de vivir", privilegio de los pueblos felices. No es en vano que se nos llama “pueblo de juristas y de historiadores”. Desde la conquista, aquella época en que Alonso de Ercilla canto su inmortal “Araucana”, hasta los historiógrafos de nuestros días, la mejor literatura chilena la encontramos en los textos históricos o en los que digan relación con asuntos que conciernen a la ley. Por extraño que parezca, es en ellos donde vemos perfilarse con mayor claridad la personalidad del chileno, a través de autores que, tras explorar y de tomar conocimiento de las materias, ocupan posiciones, atacan o defienden, pero jamás se doblegan. Así, gran parte de nuestra literatura está escrita por historiadores y hombres de la ley, Ercilla, Alonso de Ovalle en la época colonial, Andrés Bello, chileno de corazón, Barros Arana y José Toribio Medina durante el siglo pasado y en nuestros días Edwards Vives, Jaime Eyzaguirre y la gran historia de Chile de Encina, tan magistralmente resumida por Leopoldo Castedo. No son los novelistas ni los poetas como en otros países, los que han forjado nuestra nacionalidad, sino ella ha sido fruto de la labor de los legisladores y de los investigadores de la historia. Hoy nuevamente podemos señalar a un hombre, en él que la disposición hacia la investigación histórica, el entrañable amor a esta tierra y un gran talento se han unido para darnos un escritor que finalmente ha obtenido el Premio Nacional de Literatura, galardón que en derecho desde hace años debería haberle sido otorgado Benjamín Subercaseaux, figura controvertida, loada, vi-' lipendiada pero jamás ignorada, es digno de figurar en esta pléyade de hombres brillantes que recién nombráramos. Para él, Chile es el chileno y el chileno es a su vez fruto de la “loca geografía” de esta “tierra de océano”, que da forma y contenido a nuestras vidas. “Jemmy- Button”, cuadro sobrecogedor del extremo sur. de impacto dramático pocas veces igualado, “El niño de lluvia”, obra de juventud en que ya se perfila todo lo que después va a ser grande en él, son obras que viven. No son mera literatura para adornar los estantes de libros de los salones, sino son leídas; vibramos con ellas y nos identificamos con sus héroes y con sus villanos. ¿Quién de nosotros no aprendió geografía con los libros de Subercaseaux? ¿Quién no convivió las horas más gloriosas de nuestra marina, al sumirse en las páginas de “Tierra del Océano”? Los aue buscamos a Chile, lo encontramos en las páginas de sus obras ,las cuales nos traen la brisa salobre del mar, la visión de amplitud y de libertad, la noción del orden y de la disciplina y el sentimiento de amora una causa, aunque ella sea impopular. Conocer la literatura de un país equivale a adentrarse en él. Conozcamos nuestros poetas y sentiremos con ellos la tristeza y la melancolía del alma chilena, pero también oiremos a lo lejos el galopar de los caballos del guerrillero. Conozcamos a nuestros prosistas y junto a ellos entremos al mundo ignorado del campo, a la amarga existencia del minero, a la desolación sin expectativas del proletariado urbano, a la vacuidad de la clase media. Conozcamos a nuestros juristas e historiadores y aprendamos como pudimos sobreponernos a todos las factores adversos, encaminándonos hacia un porvenir que se perfila nítida y luminosamente por una senda de orden, de disciplina y de sacrificios. Soy enemigo de trazar paralelos, pero no puedo dejar de pensar en que existe un parecido notable entre las literaturas Chilenas y judías A los judíos, se nos ha conferido el apodo de “el pueblo del libro”. También en nuestro caso, lo han sido los legisladores y los historiadores, los que han forjado nuestra fisonomía. Tampoco en el caso de Israel los poetas fueron los que crearon el alma colectivo y el destino nos negó una literatura pastoril, que diera expresión a la simple alegría de vivir Mas, ahora que resucita el Hemos entrevistado a un hombre de edad. A un hombre que, como muchos miembros de nuestra comunidad, no está enfocado por la publicidad que confiere —quiérase o no— la actuación pública, pero quién, no obstante, ha sembrado el bien, en Alemania y en Chile, contribuyendo así al progreso de la comunidad general y al prestigio de nuestra comunidad. Le hemos ido a visitar en su casita acogedora, allá, donde comienza Nuñoa. Chica, sin pretensiones, no es ese precisamente un ambiente en el cual creeríamos encontrar a un mecenas de las artes, a uno de estos personajes que la imaginación popular suele ubicar por lo general en mansiones lujosas, rodeado de servidumbre. Sin embargo, he aquí a Max Roesberg, octagenario, retirado ya de la lucha por el diario vivir, dedicándose a hilvanar recuerdos de los tiempos en que él ayudaba a que surgiese en Alemania el movimiento secesionista, rama del arte pictórico que recién ahora ha comenzado a ser apreciado internacionalmente en todo su valor. Charlar con él es una experiencia singular, pues van surgiendo con la mayor familiaridad nombres célebres en el mundo de las artes, apellidos que para nosotros son encarnación de conceptos y de ideas y que para él constituyen individuos de carne y huesos. "La cosa comenzó en forma bastante inocente”, relata. “Vino a verme un artista, me dijo que necesitaba dinero y me mostró algunas cositas. Me gustaron, las compré”. Parece, que la voz se corrió bien pronto, ipués, según los testimonios —cartas, tarjetas, bocetos y tantas otras cosas más— que están acumulados en la casa, su hogar jbien pronto llegó a convertirse en un punto de reunión obligado de los artistas de Dresden, gente joven, que en aquélla época luchaban tanto por el sus tento diario como por el reconocimiento de la crítica y que encontraron en Max Roesberg y en su esposa amigos comprensivos y generosos. Testimonio de gratitud son el sinnúmero de obras, que pueblo judío en su tierra ancestral. cuando el desierto resuena con las voces alegres de los niños que tanto amara Gabriela Mistral, cuando en los horizontes de Chile y de Israel comienza a perfilarse el amanecer de un nuevo día, ha sonado la hora en que podamos abrigar la esperanza de ver florecer en los frondosos árboles de nuestras letras aquella flor de alegría, que tanta falta nos había hecho. le fueron obsequiados por sus amigos y ¡que él, milagrosamente, logró traer a Chile, burlando la estricta vigilancia de las autoridades nacistas, obras' que ostentan las firmas de Dix, Macke, Beckmann o Meyboden, para sólo nombrar a algunos. Muchas de ellas son retratos del mecenas o de su esposa, escenas de su hogar en Alemania, dibujos de objetos de adorno que se hallaban en esta casa, ya que el señor Roesberg, coleccionista afanoso, poseía una interesante colección de esculturas africanas. Y no hay prácticamente ninguna hoja, que no ostente alguna dedicatoria cariñosa y agradecida. Todas tienen su historia. “Aquí tiene —me dice— unos bocetos que hizo Meyboden, mientras almorzábamos juntos en un restaurante”. Me muestra unos cartones con tipos burgueses, admirablemente logrados, que parecen haber sido hechos ayer, pues son tan vivos como hace 40 años atrás. “Acá, este otro, corresponde a dibujos hechos durante una fiesta de disfraces en mi casa”, y me alarga una serie de dibujos de danzantes, bocetos de cabezas y de escenas que para nuestro anfitrión recobran repentinamente vida y contenido. “Este cartón, lo hicieron entre varios. Comenzó Dix, continuó Meyboden y no me acuerdo quién lo terminó. Estaban ¡jugando como niños chicos”. Veo una figura que efectivamente me recuerda aquel juego que todos jugábamos cuando niños, ,en el que uno comenzaba el dibujo y el otro tenía que prose- Por Hans Engel Asi, en este dieciocho de septiembre de 1963, día en que conmemoramos la fecha en que nació a la vida independiente la República de Chile y en el que comienza un nuevo año judío, nos encaminamos erguidos hacia el futuro, guiados por las enseñanzas de nuestros historiadores y legisladores, imbuidos de los anhelos de nuestros poetas, para encontrar la alegría de la paz y de la comprensión. guir, sin saber, que era lo que el otro había hecho. Llegado a Chile y a pesar de que ya no era precisamente un jovenzuelo, el se¬ ñor Roesberg trató de continuar con esta hermosa labor, que había comenzado en Alemania. Si bien las condiciones económicas adversas por las que pasaba, no le permitían continuar apoyando económicamente a artistas jóvenes y prometedores, conservaba aún gran parte de su colección de la cual se desprendió en forma generosa, retribuyendo de este modo la hospitalidad que Chile le brindó. Así, en su primer lugar de residencia en Temuco, obsequió a la biblioteca municipal una serie de dibujos y de grabados de gran valor e hizo otro tanto con el Museo de Bellas Artes en Santiago, al cual entregó 125 obras, los que en su conjunto constituyen una muestra representativa de lo ¡que era aquel movimiento artístico que tan gran auge tuvo en Alemania. Continúa el señor Roesberg manteniendo contacto con “sus” artistas. Se cartea con ellos, recibe noticias de su labor y, aunque todos ya han pasado con creces los 60 o los 70, le continúan considederando como un amigo mayor, paternal, al cual acuden para contarle lo que Ies sucede, lo que les preocupa y lo que les da satisfacción. Cartas van, cartas vienen. Y entre este hombre aquí en Santiago y sus amigos de allende los mares continúa el diálogo, prosigue la conversación que la barbarie pudo interrumpir, pero no hacer enmudecer. H. E. Fábrica de Tejidos “Nobleza” Freiwirlh y Cía. Llda. Santo Domingo 834 local 584 (Pasaje Capri) Tel. 35896 Grosse Auswahl in Strickkleidern und allen anderen Strickwaren fuer Gross und Klein. UN EJEMPLO ENALTECEDOR: MAX ROESBERG