Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XXII (1960)
- Issue
- 8 (Agosto, 1960)
- Date
- 1960-08-01
- Page
- Seite 15 (sequence 15)
- Language
- German
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Agosto 1960 BOLETIN INFORMATIVO 15 los míos...? leche y segura: IDEAL’ ir » ¡ ’I I» I No necesita refrigeración mientras no se abra el tarro. ft ^Of,Ada *>eai £°*ated Leche evaporada Sana - Pura - Segura Sólo Leche fresca de óptima calidad se utiliza en la elaboración de la Jp Leche Evaporada Ideal. Leche Ideal es leche concentrada, sin azúcar; es leche natural y pura, de la cual una parte del agua ha sido evaporada. Tan sana y tan cómoda para todos los usos de la leche fresca: para repostería, café con leche, para preparar helados, para los niños, etc. Siempre fresca Pídala en su almacén. Tapicería Plástic - Auto Toda clase de Tapizados de Autos FUNDAS DE NYLON TRANSPARENTE, TOLDOS PARA CAMIONETAS, ETC. ARREGLOS DE CHAPAS Y CREMALLERAS EVA UNIKOWER DE CHASKEL Av. Irarrázaval 551 (Frente a Condell) ¡SHALOM, ISRAEL! por Andrés Townsend Ezcurra Cuando mi avión levanta el vuelo, amanece en Israel. Desde el kibutz Dan, en el extremó septentrional de Galilea, hasta Eilat, sobre el Mar Rojo. Desde la bulliciosa Tel Aviv hasta la severa y monástica Jerusalem, amanece en Israel. Sobre el Lago Tiberíades y sobre el Mar Muerto, sobre las minas del Rey Salomón y sobre Nazareth, sobre Beersheba, en el desierto y sobre Ascalón, junto a los naranjales, sobre el Monte Tabor y sobre el Instituto Weizmann, sobre Cafarnaum y sus recuerdos de Cristo y Pedro y sobre el ultramoderno “Tecnión”, de Jaffa, amanece en Israel. Tras de las colinas desconfiadas de Jordania, se levanta el sol, ilumina la cuenca del Jordán, recuerda acaso que allí lo detuvo alguna vez Josué, hace rebotar su dorada saeta en el Mediterráneo, y despojándose de la parda visión de los desiertos, aprende el valor de la palabra azul en las aguas predilectas de Odiseo. Entre las arenas y el mar, pululante de una humanidad afanosa e intrépida, allí queda, corredor y confluencia de naciones ayer como hoy, el Estado de Israel. Convoco a mis recuerdos para extraer de ellos el zumo interpretativo que me ayude a entender a este país singular. Creo, ante todo, que Israel resulta interesante por ser el primer país deliberadamente creado por voluntad del hombre. Los países nacen como los seres vivos: por gestación silenciosa (hijos de un tranquilo matrimonio entre el hombre y la tierra, como Australia, como Canadá, como Suiza); como resultado de una conquista (tal los países latinoamericanos nacidos en el seno violentado de la madre india); como obra orgánica de sedimentación racial, económica y lingüística, como la mayoría de los países europeos. En Israel no. Allí, como en el Génesis, el verbo precedió a la acción e Israel es el sue¬ ño de un profeta del siglo XIX, de largas barbas y copiosa levita, encarnado en dos millones de hombres y mujeres que resolvieron hacer verdad una larga esperanza de la raza. Hay países que se han ido haciendo y esos son todos los conocidos. Sólo hay uno que se decidiera hacer y ese es Israel. Por eso, Israel es una haza¬ ña del siglo XX tan llamativa como los proyectiles interespaciales, la ley de la relatividad o la vacuna contra la poliomielitis. Un nuevo Génesis israelí podría iniciarse relatando concisamente: “Dijo Teodoro Herzl: ¡Hágase Israel. E Israel se hizo!”. Pero ¡cuántas penas y fatigas tras aquella enunciación sentenciosa! Para existir Israel debió, primero, forjar entre los judíos de la dispersión o diáspora el sentido militante de la cruzada. La barbarie antisemita, renacida en este siglo, cooperó involuntariamente a favorecer los sueños del idealista y por millares acudieron los judíos a Palestina, y fundaron allí sus comunidades, retomaron el contacto con la tierra y empezaron a hacer de esas regiones —desoladas desde la conquista de los nómades para quienes el verde carece de valor— aquella tierra de “leche y miel” de que hablan con regusto y paladeo las Sagradas Escrituras. Luego vino la promesa Balfour e Inglaterra quedó obligada a crear el Hogar Nacional para los judíos. La promesa tuvo innúmeros recortes y prevaricaciones, y al cabo fueron los propios judíos, erguidos como nuevos Macabeos, los que lograron su independencia y el reconocimiento internacional. Singular también en esto, Israel es el primer país recibido, desde la cuna, por las Naciones Unidas. Ha tenido el padrinazgo de más de treinta países. Entre los más entusiastas, estuvo el Perú. Los vecinos árabes intentaron suprimir a Israel desde el momento mismo de su nacimiento y aquel esfuerzo provocó luto y sangre en el suelo sagrado para tres religiones. Acaso a los orgullosos ismaelitas les pareciera fácil, con su empuje de nietos de Saladino, deshacer este empeño, aparentemente loco, de antiguos tenderos, profesionales, sastres y buhoneros de los ghettos de Europa oriental y central. Pero no contaban con que el judío israelí, amamantado a los pechos de una patria reencontrada, o el arrogante sabra nacido ya en Israel, eran rivales formidables, soldados corajudos y fanáticos, con valor de orientales y ciencia de europeos. Israel salió triunfante, pero recortado, de la quíntuple invasión de 1948. A la hazaña del nacimiento se agregaba ahora la de la supervivencia. Los llegados a Israel, en sus primeras horas, eran no sólo militantes del Sionismo, sino también hombres profundamente tocados por el espíritu revolucionario y social de la época. En su gran mayoría, de formación social-demócrata. En Israel, donde el país se hacía desde abajo y donde la reforma agraria comenzaba comprando a los terratenientes árabes los pedazos de tierra al parecer inútil que éstos enajenaban, fue posible planificar con las virginales virtudes de la utopía, pero también con sentido moderno y científico. Así nacieron esas comunidades, los kibutzim y los moshav ovdim, donde desaparece la propiedad privada y un nuevo espíritu profundamente solidario, cooperativista y. desinteresado es capaz de producir hazañas de producción que enorgullecerían a la más emprendedora empresa capitalista. En virtud de este tipo de establecimientos agrícolas, de la vastedad de la red cooperativista y, sobre todo, de la forma cómo la Histadrut (Confederación de Trabajadores) interviene en todos los aspectos de la vida económica de Israel, éste es el país más cerca a la realización práctica de la justicia social que exista ahora en el mundo. Un solo dato será revelador: el 60% de la riqueza pertenece al sector público, es decir a la Histadrut, al Estado, a las cooperativas. Y ello sin que se excluya a la empresa privada, ni a la inversión extranjera (que es bienvenida), ni sea preciso asegurar el pan con la supresión de la libertad mediante los métodos desniadados del Estado policial y totalitario. Experimento profundo en materia social, Israel lo es también en el de cultura. Este país se ha reconstruido sobre un material inasible, -el de la tradición y los. recuerdos, y sobre otro concreto, dolorido y castigado de un grupo humano. Los judíos han elegido la que fuera tierra de sus antepasados para erigir en ella el nuevo hogar nacional. Pero la empresa, si bien se motiva en textos religiosos, y tuvo un carácter apostólico y de cruzada, la llevaron a cabo hombres esencialmente laicos y, a veces, contra la voluntad de los observantes de la Vieja Ley, para quienes esta creación humana de los perseguidos se aproxima a un sacrilegio, porque aparece sin los requisitos mesiánicos de las profecías. Estos hombres, venidos de todos los rumbos de la rosa —de Polonia y de Persia, de Yugoeslavia y del Yemén, de Alemania y Sudáfrica, de Estados Unidos y de Rusia, de Latinoamérica y de Hungría—, no tenían en común, a veces sino el fuerte yugo de la persecución común y la reverencia por las comunes Escrituras. Para fusionar tan variados aportes Israel ha debido acudir al expediente de revivir el lenguaje de la Biblia, ya olvidado en tiempos de Cristo, en que los substituía el arameo, para crear un lazo verbal de unión. Y al milagro político del renacimiento de Israel se equipara este prodigio de voluntad, iniciado por Ben Yehuda, de restaurar el hebreo y revivir la lengua muerta del ceremonial judío transformándola en el vivo y plástico idioma de un pueblo moderno. Sólo el caso de un país de cristianos venidos de todas partes que decidieran revivir el latín, y lo lograran, podría equipararse a éste del renacimiento del hebreo. Es el Anti-Babel, el milagro de Pentecostés en sentido contrario: la abjuración de las viejas lenguas para unificarse en torno al arcaico idioma semítico en que David entonó sus Salmos, Salomón sus endechas y fulminaron los profetas sus requisitorias. Hoy, un adolescente puede entender sin dificultades lo que está escrito en los Rollos del Mar Muerto, papiro esenio de los años de Cristo que un nómada encontró en una vetusta cueva y que hoy se exhibe einterpreta en la Universidad de Jerusalem. Ya no se divisan las costas de Israel. El sol brilla ahora, con placidez clásica sobre Creta, hiere a Italia en el talón de la bota y enciende los reflejos leoninos de las paredes Roma. Pienso: ¿Tienen los países un rostro? ¿Cuál es el rostro de Israel? Las imágenes se agolpan en incoherente desfile. Barbudos ortodoxos en Jerusalem, “rubios Rubenes de largas guedejas”, que cantó Darío, sabras talludos y herméticos en los kibutzim, morenos yemenitas de languidez oriental, vivísimos safardíes de parla “ladina” o de arcaizante español; pelirrojos egresados de los ghettos rusos y polacos, graduados de persecuciones y pogroms; el pelo blanco y el gesto malicioso de Ben Gurión; la mirada resuelta del único ojo de Moshé Dayán; el insinuante poliglotismo de Abba Eban; el rostro tallado a hachazos de José Luz, Presidente de la Knesset; la bella muchacha de Tel Aviv, el juez, cristiano y árabe, de Ñazaret, el pescador de Eilat, el barredor de Jaffa, el médico de Rejovot... Todos son Israel y ninguno lo es por entero. Si acaso escogiera, entre todas las imágenes, una para decirle mis reconocidos adioses, evocaría aquella adolescente del campamento de Beer Orá que, sentada al sol del desierto, acariciaba con maternal ternura al fusil que esta Patria cercada debe poner en manos de todos sus hijos. Y le diría: “El Se¬ ñor, el Señor de Abraham, de Isaac y de Jacob, que es también el de Jesús, te guarde y te proteja Israel, para testimonio de las generaciones. El Señor proteja tus rebaños y tus campos, tus kibutzim y tus moshavim, tus cooperativas y tu central obrera, tu democracia de bíblicos descreídos y tus desiertos reganados, pulgada a pulgada, por el esfuerzo sin tregua de tus conciudadanos. El Señor te proteja y te guarde, porque eres una empresa humana sin igual y documento y presencia indispensables de la propia tradición cristiana. El Señor, sobre todo, te dé paz, te libre de rencores y asechanzas, te acuerde tranquilidad y sosiego. Que te dé paz, Israel. Shalom, Israel, Shalom”. (JADLA)