Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Journal
- Boletín informativo de la Sociedad Cultural Israelita B'ne Jisroel
- Volume
- XVI (1954)
- Issue
- 3 (Marzo, 1954)
- Date
- 1954-03-01
- Page
- Seite 9 (sequence 14)
- Language
- German
- Belongs to
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BOLETIN INFORMATIVO Año III — N? 2 S. C. I. B’NE ISROEL, SANTIAGO DE CHILE ADAR I. 5714 QUERIDOS NIÑOS La época de vacaciones terminó y ahora hay que volver al colegio. Para que esto no se les haga pesado he dedicado la segunda página de este numero exclusivamente a la fiesta de Purim que se celebra en este mes. Con esto empiezan nuevamente los concursos cuyas soluciones me deben enviar. Esta vez contaremos por cupones. Cada cupón equivale a 10 puntos, y se puede obtener de la siguiente manera: contestando a los concursos o enviando colaboraciones. Cada vez que uno de Uds. entere 5 cupones, o sea 50 puntos, aparecerá en la “Voz Infantil”, un pequeño aviso, en el que dirá: Vale por 5 cupones para “Juan Pérez”. Este cupón lo deben recortar Uds. y guardarlo y cuando yo les avise deben enviarme todos los cupones que tengan para determinar quiénes se llevan los premios. ¿Entendieron? Si tienen alguna duda escríbanmelo y yo se los vuelvo a explicar la próxima vez. Esta vez daré tres puntos por cada error que logren encontrar en la página dedicada a Purim. Por cada chiste que envíen y que sea publicado tendrán 5 puntos y por cada resumen de libro, artículo, biografía, o poesía que sea publicada recibirán 10 puntos, o sea el equivalente a un cupón. Así que a trabajar firmes! ¡SHALOM! BAT SHEVA i Les deseamos UN PURIM ALEGRE La página de bromas en el dorso LA MALDICION DE JALIL En el número anterior leimos de una aldea en la cual vivía gente malísima. Un viajero llega allá... Jalil era un campesino pobre; vieja era su ropa y su busto encorvado. Aparejó Jalil su burra, la cargó con las provisiones que pudo procurarse para el camino, sin olvidar el botijo de agua, y emprendió viaje. Para desgracia suya, el cielo se nubló, restalló el relámpago y resonó el trueno; un viento otoñal, recio y huracanado, sopló con fuerza y para colmo de desventura, una lluvia torrencial se precipitó sobre la región. Se embozó Jalil en su albornoz, descalzóse las babuchas y apresuró el paso hacia la aldea enclavada en la frontera. “Ojalá no me vea precisado a pernoctar en esta aldea” —pensaba Jalil, mientras avanzaba—. Pero su deseo no se cumplió, pues ni el viento ni la lluvia cesaron. A la entrada de la aldea, le salió al encuentro una turba de niños que le recibieron con gritos de burla y palabras de desprecio. “Tal árbol, tal fruto” — pensaba Jalil—. Apretó el paso y golpeó a la puerta de la primera casa que halló En vano. La puerta permaneció cerrada y la gente de la casa parecía sorda al llamado del hombre que esperaba empapado y aterido de irlo bajo la lluvia penetrante Probó Jalil su suerte con una segunda casa, con otra y otra: ninguna puerta se abrió ante él para resguardo del frío, de la lluvia y de la tempestad. De nronto vió ante sí una chiquilla de .peinada y con la cara sucia. Su aspecto era tan triste como el de Jalil. —Shalom, abuelo— dijo la niña,.muy quedo. —Dios esté contigo, niña mía —contestó el anciano—. ¿Quién eres? —Ramá— replicó la niña y tendióle la mano para llenárselo consigo. Arreó el anciano a su burra y con apresurado paso .legaron ante una choza de adobes, en el extremo de la aldea. Penetraron ambos, caminando a tientas en la obscuridad. La luz mortecina de un candil, alumbraba el cuartucho que parecía una cuadra. En el fondo, sentaba, estaba una mujer joven, toda vestida de negro. —Un huésped —musitó la chiquilla. —Bienvenido sea, huésped —dijo la mujer—. Pobre y triste es nuestra casa; deseo que la halle agradable. —No hay hombre en la caca? —interrogó el anciano. —Mi marido ha muerto— ■eplicó la dueña—. Era un buen hombre, caritativo y su casa estaba siempre abierta r los viandantes Por eso lo mataron, los crueles. Jalil (enmudeció. Extendió >u albornoz scbre la paja que cubría el piso de la morada 7 se durmió. Antes del alaba, abrió los cjos. Se levantó aprisa, y muy 4uedo abandonó la vivienda, cara no despertar a los duelos. —¡Qué Dios os bendiga!— murmuró el hombre y se apartó presuroso para no toparse con Jos moradores de la aldea Le sintieron los perros y le ladraron; a los ladridos, despertaron los riel lugar. Cuando vieron al extranjero que trataba de huir, soltaron a los animales azuzándolos contra él. LA FUERZA DE Hace sesenita años una rueda de chiquillos jugaba en cierta calleja de Londres cuando de improviso sobrevino un accidente: uno de los muchachos más crecidos tomó a un compañerlto llamado Bertie Wells, y, alzándolo en vilo, lo arrojó al espacio, pero por un mal cálculo, en vez de recibirlo en sus brazos, fué el chico a dar de bruces contra el suelo fracturándose una pierna. Curante meses enteros estuvo Bertie postrado en cama con la pierna enyesada. Pero como los fragmentos del hueso roto no se habían vuelto a unir como Dios manda, se hizo necesario romper, los de nuevo. Aquello hizo sufrir al desventurado chico como e3 de suponer. El pobrecito Bertie aullaba de dolor. Lo que entonces pareció una tragedia es hoy reconocido por Bertie como una bendición, ya que aquel chiquillo es actualmente uno de los escritores más cotizados del mundo. Desde luego que nadie lo conoce por Bertie, sino por Herfoert George Wells, o abreviando, H. G. Wells. Todo el mando lm leído sus 1-bros. Lleva escritos arriba de 75 volúmenes y es el primero en reconocer que aqueila fractura fué el episodio más afortunado de su vida. ¿Cómo así? Pues porque lo tuvo recluido en su casa por más de un año. En dicho lapso, el enfermo devoró cuanto libro se le puso a tiro, porque leer era todo lo que podía hacer. Como resultado de tan intensa lectura, despertóse en él unía verdadera pasión por las buenas letras. Se sintió inspirado y estimulado. Y allí mismo se mormuló a si propio la firme -resoluc ón de elevarse por sobre el ambiente sórdido en que había nacido. Aquella fractura de pierna marcó la etapa decisiva de su vida. Hoy en día, es H. G. Wells uno de los escritores que más dinero gama con su pluma .Muy posible es que haya acumulado un millón —¡Malditos seáis! — prorrumpió Jalil —. ¡Qué os arrastren las aguas de todos los ríos, a vo.-otros y a todo lo que es vuestro! Estas fueron sus últimas palabras; uno de los perros le saltó al cuello y lo ahogó. De repente, llegó a los oídos de los habitantes de la aldea, un estruendo espantoso; cemo avalancha que no respeta nada a su paso, las aguas del Banias, desbordadas, habían salido de su cauce arrollándolo todo, dueños y haciendas. Se extendieron espumantes, furiosas* cubriendo toda la vega; árboles, campos, todas esas tierras otra tan fértiles, se tornaron en laguna. Tan sólo!a chocita de Ramá y su makVre, que, como condenada, se hallaba al extremo de la aldea, tan sólo ella, se salvó milagrosamente. La región que ocupaba la aldea convirtióse en lago azul, y se llama Ein Ramá, hasta hoy. Junto al lago se ve aún una casucha de adobes, medio derruida; es la casa de la madre y su niña. Los viadantes apagan su sed en las aguas cristalinas de la laguna, y bendicen la memoria de la heroína con estas palabras: Que Dios te guarde, Ramá; ¡Bendita sea tu memoria, eternamente! LA VOLUNTAD de dólares con sus libros y, sin embargo, su infaniaia transcurrió en me-dio de una espantosa miseria. Su padre era jugador profesional de "crike.t” y poseía una tienda de cacharros que siempre andaba al borde de la quiebra En una modesta alcoba del piso alto de aquella tienda vino a) mundo H, G. Wells. E<n el sótano de la misma funcionaba la cocina, sitio obscuro y lúgubre, aperáis iluminado por los escasos rayos de sol que filtraban a través de una claraboya con rejilla que daba a la acera. Entre les recuerdos que Wells guarda de su lejana infancia, figura en primer tér mino el haberse pasado horas enteras en aquella cocina tisbande el paso de los transeúntes por la calle y de quienes' apenas si alcanzaba a ver los pies. Años adelante, escribiría sobre la impreeíónf que le causaba aquel constante trajinar de extremidades: 'nferiores para decir d'e que modo aprendió a conocer a la gente por la clase de calzado que llevara. Al final, la tienda de cacharros desembocó ep la quiebra. Ant* situación de tanto apremio, la madre de Wells hubo de emplearse como ama de llaves en una espaciosa mansión de campo en Sussex. Como es lógico, la buena mujer vivía con) la servidumbre v allí solia ir a visitarla con frecuencia H. G. Wells. Y fué en *>) curso de aquellas periódicas visitas que el futuro novelista adquirió su primer contacto con 1» alta sociedad, contacto adquirido, desde lluego, a través del círculo de la servidumbre. El autor de "Breve Historia d<»i Mundo" comenzó a ganarse la vida a la edad de trece años come dependiente en un almacén. Eran sus obligaciones levantaras « ’a» clrjeo de la mañana, ‘hacer la 1:m pieza del local de arriba abajo encender la lumbre y trabajar co mo un negro catorce horas diarias. Era labor extenuante aque Ha, y H. G, Wells le tomó tirria al trabajo que le había tocado er suerte o en desgracia. Al fin de1 mes, lo despidió el patrón con ce jas destempladas por desaliñado pendenciero y remolón. Luego consiguió otro empleo en •uia farmacia. Y otra vez fui puesto en la cálle al verqrer «* primer mes de labor. Por último, volvió a emplear«» en otro almacén de comestible»» Allí le daban de comer, de suerte que soportó el nuevo empleo poun período algo más prolongado que los anteriores, más a escondí, das d:l patrón escabullíase cor frecuencia al sótano para entrar canse en la lectura de las obra; de Herbert Spencer. Transcurridos des años, aquello se le volvió intolerable. As' fué que un do-mirigo, y sin espiar a que le sirvieran el desavn, no, se echó a andar treinta kilómetros con el estómago vaci» ■para ii a ver a su madre. Ya «r prccer.cia de ella, se puso a Implorar y derramar copiosas lágrimas-, advirtiendo a eu proeenitora que es-taba -dispuesto a darse muerte antes que volver a. «u empleo en el almacén. Seguidamente se puso a escribir largay sentimental misiva a su viejo maestro de escuela diciéndole que tan abatido y triste se serbia que ya la vida »r. tenía para él ningún halago. Cir»n ai-cm-tcc/ del 'jovenzuelo aquel viejo maestro contestó sicarta ofreciéndole una plaza «n la docencia. ¡Y con ella marcóse otra de laetapas decisivas en la vida de' futuro escritor! No obstante tales y tantos contratiempos, H, G. Wells afirme hoy, con ésa su melodiosa tona da de voz, que aquellos largos y dures años -pasados como empleado fueron!, en realidad, una bendición del cielo. Indolente y perezoso como era por temperamento, aquellas vida de dependiente de almacén le enseñó a hacerse traba jador. Pocos años después de haberse iniciado como maestro de esoue. la, la desgracia abatió sobre 6) sus negras alas con la celeridad de un rayo. Las cosas pasaron así: estaba jugando al fútbol cuando en medio del entusiasmo propio de tal deporte, se vió volteado en tierra y pisoteado por lo-s demás jugadores. -Por poco pierda la vida; salió del trance con| un riñón estropeado y el pulmón derecho lesionado. Casi jw va en sangre. Los -médicos d'.Jeroa que era un -caso perdido y por «» pació de varios meses estuvo Wells a un paso de la muerto Doce años de relativa invalide» le costó aquel lamentable acol dente y, sin embargo, fué durante aque-11 lapso que se desperta ron en él las aptitudes -llamada« a hacerlo famoso en el mundo «*- vilizado. Cinco años se pasó escribiendo sin' respiro. Los libros, artículo» y novelas que componía eran er extremo insulsos, delatando a 1» legua al aficionado. El propio Wells tuvo el buen sentido d* caer en el-lo, pues procedió a arro jar a las llamas casi todo lo qu» de su pluma había salido pn* aquella época. Pasaron ¡os días, y, no obstante ser un inválido a medias, con. siguió una nueva colocación como -maestro de escuela. Emtre lo» estudiantes de ciencias natural«« había una chica muy bonita, d» r-tavtt'e C-atherine -Kübbins. No tardó Wells en apercibirse qu» más interés sentía por Cath-ermr que por todas las ciencias naturales puestas juntas. Debilucha v enfermiza era la niña, igual qu» Wells. Y amibos soñaban con gozar de irymediato de la felicidad que añoraban. Y por ahí ee casaron. Cuarenta años han transcurrido -de entonces acá y Wells no murió, sino que recobrando bu» fuerzas, ha probado ser una dinamo humana pictórica de energías que ha estado trabajando sin cesar para dar a publicidad dos libros de importancia por ano. libros cuyas repercusiones alcanzan a todos los confines del mundo. Wells anda siempre con la cabeza atiborrada de ideas originales. Suele hasta interrumpir el ,sueño a altas horas de la no-ene para saltar de la -cama y anotar :-n su libreta de apuntes los pensamientos fugaces que se le ocurren entre soñando y despierto Y aquel jovenzuelo holgazán desdedido una vez por incompetencia -de un almacén) de comestibles, afirma hoy poseeT suficiente material de -trabajo en su libreta do apuntes como para seguir escribiendo libros por ciento cincuenta años más. Wells escri-be en cualquier sitio-, en su escritorio de Londres, en el -tren, a -la sombra -de un quitasol de playa a orillas de) azullno mar Mediterráneo, o donde le venga en gañías y se sienta inspirado. Alquila dos magnificas resid-n-cias en la -Costa Azul de Francia; en una de ellas trabaja v en la otra aloja a sus invitados. Escribe todo el santo día y sólo por la noche se reúne con sus huéspedes. Y si no puede acudir a -la estación para dar en persona la bier^’snida a sus invitados, envía su lujoso automóvil a esperarlos y junto con e! coche, la llave de su bodega espléndidamente surtida. He ahí la razón del porqué los invitados de H. O. Wells siempre gozan de buen humor, y el dueño de casa los encuentra con cara de pascuas al reunirse con ellos.